Nunca has conocido a un personaje como Waldo. En su primera novela de ficción, Half his age, Jennette McCurdy nos presenta a una adolescente de Alaska que desarrolla una obsesión con su profesor de inglés en la preparatoria. Se trata de una lectura explícita, provocadora y, por momentos, incómoda, firmada por la exestrella de Nickelodeon, que encabezó las listas de ventas con su memoria I'm glad my mom died, una reflexión refrescantemente franca sobre la compleja relación con su difunta madre.
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Half his age es un retrato descarnado e íntimo de la psique de una chica al borde de la adultez y una meditación sobre los ciclos generacionales que nos moldean. Waldo, de diecisiete años, resulta a la vez fascinante y frustrante: ingenua pero matizada. Tal vez te avergüence o te incomode, quizás estés deseando que logre salir airosa. Aunque los temas del poder, el deseo y la ira femenina atraviesan las páginas de la novela, el libro también funciona como una declaración sobre el consumismo, la clase social, la epidemia de la soledad y las, en ocasiones, asfixiantes limitaciones de la vida suburbana.
Harper’s BAZAAR presenta el primer fragmento de la novela:
“Soy un fracaso” es lo primero que nos dice. “Un fracaso absoluto”.
Es dramático, sí, pero logra que deje de hacer scroll, cosa que no puedo decir de ninguno de mis otros profesores: todos intentando forzar una complicidad, haciéndose los colegas con algún chiste de “tú entiendes” sobre el director Sanders; el pánico por su creciente obsolescencia filtrándose en cada palabra, como si la aprobación de un puñado de Gen Z hormonados significara que todavía son relevantes. Que siguen en el juego. Que siguen siendo seres humanos valiosos.
“Este no era mi sueño”, dice el señor Korgy mientras camina de un lado a otro entre las filas, sus mocasines golpeando el piso con un ritmo suave y constante. “Yo quería ser escritor. Novelista. Pero no pude con la falta de seguridad que exige serlo. No toleré las fluctuaciones, las cadenas inconsecuentes de ingresos. El rechazo constante. El escrutinio de los amigos de mis padres. ¿Cómo va esa novela, campeón? La incertidumbre. Elegí poder pagar comida para llevar del restaurante tailandés de la esquina en lugar de aguantarla comiendo ramen. Elegí ir al partido con los chicos en lugar de enviar mis cuentos a publicaciones. Elegí ponerme al día con mi serie favorita en vez de terminar un borrador. Elegí la comodidad en lugar de apostar por mí”.
Mi atracción por el señor Korgy es inmediata. Tan repentina que alarma. Tan palpable que confunde. No es que sea descaradamente poco atractivo. Claramente fue, alguna vez, un boxeador de premio. Alguna vez. Pero su apariencia se ha desvanecido. Atrofiada. Marchita por la grosera decadencia de una evidente mediana edad. Y ahora lo único que queda son sus ojos profundos y su sonrisa encantadora, los últimos restos de un rostro que alguna vez fue bueno.
Los chicos con los que me he acostado son todos agradables a la vista. Quizá no mariscales de campo de mandíbula cincelada y abdominales recién estrenados, pero sí del tipo que ha logrado humedecer la ropa interior de más de una chica gracias a su rasgo distintivo: labios carnosos, piel bronceada o cabello despeinado. Y aun así, lo que siento por el señor Korgy es más intenso que cualquier cosa que haya sentido por cualquiera de ellos.
Supongo entonces que atractivo y atracción no son lo mismo. Tal vez lo que sentí antes fue… apreciación: por un buen físico, un rostro bonito o un corte de pelo. Y quizá esto sea atracción. Algo más primitivo, que tiene menos sentido.
“¿Por qué les estoy contando todo esto?”, pregunta el señor Korgy al acercarse a su escritorio. “Porque en esta clase no quiero que su escritura sea vistosa, ni cool, ni pulida. Quiero que sea honesta. Y si les pido honestidad, me parece justo hacer lo mismo”.
Se sube los bajos del pantalón y se apoya en el borde del escritorio.
“Así que aquí está. Mi verdad. La verdad de cómo llegué hasta aquí, a donde estoy hoy: un hombre de cuarenta años enseñando escritura creativa a estudiantes de último año en East High, en Anchorage, Alaska. La verdad de por qué soy un fracaso”.
Mi vagina palpita. No tiene que ver con que sea un fracaso. No sé de quién palpitara una vagina por eso. Tiene que ver con que pueda llamarse así. Con que pueda ser honesto respecto de sus arrepentimientos, su estatus, sus carencias. Con no enmascararlas como hace todo el mundo, fingiendo sentirse realizado con su trabajo de nueve a cinco y sus vacaciones anuales a donde sea que hubiera descuento en Kayak. Con el orgullo de pagar impuestos a tiempo o de tener siempre una planilla de estampillas en un cajón de “por si acaso”, junto a un tubo de Neosporin y un cargador extra para el teléfono. Este es alguien que ha enfrentado de frente la decepcionante realidad de dónde aterrizó su vida y está dispuesto a ser directo y vulnerable al respecto.
Estudio el cabello ralo del señor Korgy y los poros de su nariz. Los vasos sanguíneos rotos que florecen a los lados de sus fosas nasales. Su mandíbula blanda y las líneas alrededor de los ojos. Sus supuestos rasgos poco atractivos que a mí me atraen tanto. Es extenuante. Intoxicante. Inevitable. Este tipo de atracción. La que ya sabe que voy a estar con él; lo único que no sabe es cómo.
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.