Joel Silva creaba momentos a través de su arte. Era el fotógrafo de presidentes, de políticos, de amigos... Parte de su legado, el estudio Luminofoto Silva, con más de 60 años de historia, se esconde como un secreto bien guardado en el pasaje Amador, en el Centro Histórico de Quito. Es un lugar donde parece que el tiempo se detiene. Desde la fachada, un cartel de color amarillo lavado, letras retro y amplios ventanales dejan ver la historia de la familia.
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Basta con acercarse un poco para encontrar reliquias como cámaras, rollos, lentes y retratos. Lo mismo pasa en el interior: un teléfono viejo, una caja registradora que ya no se utiliza pero mantiene una presencia fuerte, unos asientos rojos que nos remiten a décadas pasadas, y fotos, muchísimas fotos que ocupan cada rincón. Sería imposible contar todas las personas que han pasado por este lugar para inmortalizar su imagen.
Si te detienes a mirar, puedes encontrar desde retratos a presidentes y personajes como Rodrigo Borja Cevallos, Otto Arosemena Gómez y Clemente Yerovi Indaburu. Pero también, hay bautizos de quiteños, primeras comuniones, las fotos de casamiento y recuerdos de familias.
Nacido en Puéllaro, una parroquia rural del Distrito Metropolitano de Quito, Silva llegó a la Capital a los 12 años para trabajar en un estudio fotográfico, ubicado en la esquina de las calles Rocafuerte y Venezuela. Pasó por varios mentores hasta crear, en 1952, su propio negocio frente a la Iglesia de la Compañía que luego llegó al conocido pasaje. En 1954 hizo su primera exposición en la Casa de la Cultura Ecuatoriana y viajó a México y Hollywood, Estados Unidos, donde perfeccionó su técnica. Dos décadas después fundó el Circulo de Fotógrafos del Ecuador.
Ese arte lo compartió con sus hermanos, quienes abrieron negocios propios en Cuenca, Ambato, Loja y Riobamba, por lo que la marca se hizo conocida en el país. Silva también transmitió su conocimiento a sus siete hijos, quienes —en su mayoría— se relacionaron estrechamente con la cámara.
Fue un personaje conocido por ser corredor de autos, un “amante del volante y la adrenalina”, como lo recuerda su nieta, Denisse Herrera, con quien conversamos a la distancia. Hoy ella reside en Nueva Zelanda, lejos de ese pasaje donde vivió sus primeros años.
“Yo nací en medio de la fotografía. Para mí, no es una pasión, es parte de mí”.
Herrera rememora los viajes en trole para llegar al Centro Histórico, los sonidos de la Plaza Grande y las conversaciones con su abuela, quien le daba 5.000 sucres para comprar dulces mientras pasaban el día en ese lugar. “Yo crecí entre la técnica antigua, el blanco y negro, el revelado… Aprendí a usar cámaras manuales con mi tío Lucho (el primer hijo de Joel en tomar las riendas del establecimiento)”.
Para ella el legado de su abuelo, que falleció de cáncer décadas atrás, no pertenece únicamente a Quito. Está latente en un linaje que sigue encontrándose alrededor de la cámara y en la decisión de sus tíos de conservar el local como él lo creó. Esteban Silva —uno de ellos— está al frente del negocio y se aferró a esa manera de hacer las cosas, sin transformar por completo el espacio para adaptarlo a lo digital. Es un hombre callado, como nos había adelantado Herrera y que nos recibe un lunes en la mañana mientras atiende a más clientes. Lo curioso es que, entre tantos fotógrafos en la familia, a ninguno le gusta demasiado que le tomen fotos.
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El sonido fuerte de los flashes puede sorprender a quien entra por primera vez, pero es imposible estar ahí sin recordar cuando, por pedido de la escuela o el colegio, veníamos con el uniforme para las tan conocidas fotos tamaño carnet. Aunque las redes sociales han despertado el interés de generaciones más jóvenes por este arte, Herrera reconoce que, la mayoría de sus clientes, son aquellos con los que el estudio creció durante años, aquellos que llegan con su peinilla y su perfume.
Dentro de la familia, al estudio también se lo llama, simplemente, “la foto”. No hace falta explicar mucho más. Es el punto de encuentro de ellos, el sitio al que se vuelve para visitar al tío Esteban, coincidir con los hermanos, y saludar a las personas de los locales vecinos. Herrera habla de esas rutinas con el cariño de quien creció entre los locales del Centro Histórico y todavía encuentra allí una parte de su vida.
Mantener el estudio durante tantos años no nació de una estrategia para atraer visitantes; ella lo entiende como un compromiso con su abuelo: conservar el negocio tal como lo pensó y lo desarrolló. Por eso defiende la decisión de sus tíos de conservarlo tradicional y local. “Para mí, Luminofoto Silva es un puente de conexión cultural en Quito”.
“Si algo heredamos de nuestro abuelo —además de la fotografía— es la transparencia. Él creó un proyecto honesto y siempre fue justo, buscando ayudar al resto”. Herrera reconoce esos valores, así como la presencia de su antepasado en las cámaras, los retratos y las costumbres que siguen latentes. A la distancia, hablar sobre Luminofoto Silva es una manera de volver al pasaje, a las fotos en blanco y negro, a los dulces, a ese lugar donde la fotografía no era solo un oficio, sino parte de la vida. “Para mí es reconocer tu identidad y tu propia historia. Si no la cuentas tú, ¿quién la va a contar?” (I).