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Mi mamá siempre cuenta que vio la primera temporada de Survivor cuando se estrenó en el año 2000. En ese entonces yo tenía apenas dos años y, pese a la extraordinaria popularidad de aquella temporada inaugural (el primer episodio reunió a 15 millones de espectadores y la audiencia superó los 51 millones para la final), jamás habría imaginado que, 25 años después, su hija, ahora de 28 años, estaría viendo la temporada 50 como una auténtica fan. Ella me ayudó a organizar una fiesta de cumpleaños temática de Survivor cuando cumplí ocho años, y hoy soy yo quien organiza cada año, reuniones inspiradas en el programa para nuestros amigos junto a mi prometido.

Survivor es uno de esos fenómenos televisivos excepcionales que ha superado y perdurado estratégicamente más que muchas otras series de reality, resistiendo el paso del tiempo y manteniendo cifras récord de audiencia. Podría haber caído fácilmente en una fórmula repetitiva, perdiendo el interés de los espectadores debido a la reiteración de su formato (los concursantes construyen refugios, hacen fogatas, compiten en desafíos y se eliminan entre sí; una y otra vez), pero Survivor ha logrado evolucionar. A lo largo de los años, los productores incorporaron nuevos giros y dinámicas para mantener cautiva a la audiencia. La temporada 10 introdujo Exile Island, un campamento separado al que determinados participantes eran enviados temporalmente, quedando “exiliados” de conversaciones clave con sus compañeros de tribu, mientras que la temporada 22 ofreció a los jugadores eliminados una oportunidad de redención para regresar a la competencia.

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Sin embargo, algunas de las temporadas más memorables fueron aquellas impulsadas por giros mucho más personales. En la temporada 16, acertadamente titulada Survivor: Fans vs. Favorites, los seguidores más apasionados del programa compitieron contra participantes icónicos que regresaban al juego; en la temporada 20 (Survivor: Heroes vs. Villains), los concursantes más queridos se enfrentaron a los llamados “villanos”; y en la temporada 27 (Survivor: Blood vs. Water), jugadores <antiguos> compitieron junto a sus seres queridos (y también contra ellos). ¿Quién podría olvidar el momento en que Ciera votó para eliminar a su propia madre con tal de avanzar en la competencia?

Como homenaje a la comunidad de seguidores que ha mantenido a Survivor vigente y próspero durante todos estos años, el gran giro de esta temporada 50 fue otorgar a los fans un nivel de acceso e influencia sin precedentes. En Survivor: In the Hands of the Fans, los espectadores pudieron votar sobre distintos elementos del programa, desde los colores de las tribus y los ídolos de inmunidad hasta los tipos de desafíos que formarían parte de la competencia. Algunos seguidores célebres del reality también participaron en la experiencia, como Jimmy Fallon, cuya maquiavélica propuesta provocó que la antorcha del querido Christian Hubicki fuera extinguida después de verse obligado a escribir su propio nombre durante el Consejo Tribal.

El último aspecto de la temporada sobre el que los fans pudieron decidir fue el regreso de la histórica final en vivo, una opción que, para sorpresa de nadie, terminó imponiéndose en la votación. Y la final en vivo ciertamente aseguró su lugar en la historia del programa: ¿quién podrá olvidar el momento en que el presentador Jeff Probst reveló el resultado del desafío de hacer fogatas incluso antes de que fuera transmitido?

Aunque la evolución de las dinámicas del juego, las temáticas de temporada cada vez más interesantes e impredecibles han contribuido a la longevidad de Survivor, tras esta temporada queda más claro que nunca que son los propios participantes quienes le dan al programa su magia. La edición estadounidense de Survivor ha visto a más de 750 concursantes competir por el título de “Sole survivor” y el premio de un millón de dólares, otorgado a quien logre superar estratégica, social y físicamente al resto de náufragos. 

A lo largo de los años, hemos observado cómo personas reales, despojadas de su estatus, de sus círculos sociales e incluso de las comodidades más básicas, son capaces de colaborar entre sí o enfrentarse unas a otras. ¿Se hará amigo el jugador de la NFL del criador de gallinas? ¿Intentará la terapeuta sexual traicionar al científico especializado en cohetes durante un Consejo Tribal? ¿Se formarán alianzas que trasciendan el género, la edad u otras divisiones culturalmente significativas?

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Las relaciones que construyen los concursantes influyen no solo en sus posibilidades de permanecer un día más en la competencia, sino también en sus opciones de alcanzar el premio final. Una jugada despiadada contra un aliado de confianza puede ser la clave para llegar hasta el final, pero ¿estará ese compañero traicionado dispuesto a votar por ti para que te lleves el millón? Survivor es mucho más que un reality show, es un estudio sobre el comportamiento humano. 

Por estas razones, podríamos debatir que nunca existe un ganador inmerecido en el programa; quien recibe los votos necesarios para convertirse en “Sole Survivor” hizo de una u otra forma los movimientos correctos para convencer al jurado al final del juego. Hemos visto jurados premiar al concursante que realizó las jugadas más audaces y también a aquel que simplemente generó mayor simpatía. Y aunque los espectadores puedan debatir sobre quién merecía quedarse con el premio mayor, en Survivor el poder recae en quienes estuvieron allí cuando todo ocurrió: las personas que presenciaron y participaron en cada segundo, sin edición alguna, de la experiencia en la isla. 

Serie Survival

Esa dinámica quedó en evidencia cuando se anunció a Aubry Bracco como la ganadora de esta temporada. La especialista en marketing digital de 39 años es una participante recurrente de Survivor y ha competido en el programa en cuatro ocasiones. En su primera participación, durante la temporada 32, obtuvo el segundo lugar. Esta vez, llegó decidida a alcanzar la victoria, una determinación que no siempre la convirtió en la favorita de sus compañeros ni del público.

Aubry se hizo conocida por jugar desde una posición intermedia, alternando entre alianzas y compartiendo información de manera estratégica para avanzar en la competencia. Los miembros del jurado destacaron precisamente esa capacidad táctica, reconociendo su habilidad para desviar la atención cuando su nombre estaba en riesgo de eliminación y para aliarse selectivamente con quienes podían mantener viva su permanencia en el juego. Finalmente, obtuvo ocho de los once votos del jurado final y se llevó el histórico premio de dos millones de dólares. Su victoria fue una demostración de su capacidad para adaptar sus estrategias al grupo específico de concursantes con el que le tocó competir.

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En mayo también se presentó el adelanto de Survivor 51: The Open Era, una temporada que se promociona bajo la premisa de que “todo puede pasar”. Cualquier giro del juego, cualquier ventaja y cualquier desafío vistos en temporadas anteriores podrán volver a entrar en escena. Resulta difícil anticipar cómo continuará evolucionando el programa después de una temporada tan trascendental como esta, pero precisamente ahí radica la fuerza que impulsa a Survivor. Las posibilidades son prácticamente infinitas, el número de aspirantes dispuestos a participar sigue siendo enorme y existe una promesa inquebrantable: sin importar lo que ocurra, cada temporada será completamente distinta. (I)

Nota publicada originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.