Gustavo Moscoso viste un traje cruzado de denim, una de sus propias reinterpretaciones de la sastrería. La misma tela, icónica en la fabricación de jeans, se prolonga en un cinturón que sobresale en la parte posterior, como un gesto deliberado de ruptura. El cabello está impecablemente peinado; el bigote, igual de preciso. La escena transcurre en su tienda de Plaza Lagos, en Samborondón.
En la oficina, una paleta sobria de negro y gris se ve interrumpida por una franja roja que cruza entre la puerta y las cortinas del cambiador, como un acento calculado. Allí, Moscoso brinda la entrevista a Harper’s BAZAAR Ecuador. Acaba de regresar de Londres. Le pregunto cómo le fue. “¡Maravilloso!”, responde. Se trataba de uno de sus viajes de inspiración, justamente para el proceso de crear. “Es importantísimo ver lo que pasa afuera. En el país donde uno vive te acostumbras a una misma dinámica. Afuera eres un número más. Nadie sabe quién eres. Es un baño de realidad”, comenta. Y eso es, precisamente, lo que busca.

Pasar de incógnito resulta complejo. Su nombre se ha posicionado entre los más influyentes de la industria en el país debido a sus hitos: es el único diseñador latinoamericano que obtuvo una licencia para colaborar con Disney, fue embajador de marca de Mercedes-Benz durante tres años, y ha participado en las semanas de la moda de Nueva York y París.
En cada viaje siempre tiene una agenda que conecta con su tienda. “Me gusta vincularlos con la compra de telas, con la visita a proveedores… Yo no recuerdo cuándo fue la última vez que me fui a un viaje y no trabajé”, dice el diseñador de 47 años. Habla con coherencia entre palabra, tono y gesto. Su mano derecha va al mentón cuando expone ideas decantadas con los años. Hay memoria en su discurso, pero también estructura, que conecta el pasado con el presente.
En la infancia de Moscoso, el movimiento era constante. A los cinco años desarmaba carritos de batería, les añadía hisopos y creaba artefactos improbables, como un limpiador de oídos automático. Sin embargo, su verdadera aventura ocurría fuera de la casa, en Cuenca. En el jardín, una yegua café que le regaló su papá marcaba el límite entre el intento y la caída. Acercaba una silla, trepaba como podía y se lanzaba a montarla. Venían los raspones, el golpe seco contra el suelo y luego el impulso de volver a intentar.

Es el menor de cuatro hermanos y tiene seis años de diferencia con la hermana que lo antecede, por lo que se veía casi obligado a jugar solo. “Nunca me aburría. Construía casitas de lodo, jugaba con mis caballos en el jardín. Nunca estuve en la televisión. Desarrollé mucho mi cerebro para mantenerme entretenido y mi mayor aliada fue la creatividad”. Un año después llegó Frutilla. Con esa yegua, por primera vez, pudo sostenerse. Luego vino Antares, blanca y elegante. Y a los 14, Cebruno, un caballo difícil, impredecible, que no se dejaba dominar y que podía desbocarse sin aviso. Ahí aparece una primera clave: Moscoso creció domando, enfrentando lo indomable.
“Cuando era pequeño quería ser domador de caballos. Nunca pensé en la moda como algo a lo que me iba a dedicar”, recuerda. Y, sin embargo, la elegancia ya estaba instalada en su vida como una disciplina silenciosa. Ese cruce, entre el instinto de lo indómito y la precisión, es el que hoy define su mirada.
En casa, vestirse era un ejercicio de sobriedad y buen gusto. Veía a su padre de traje impecable de lunes a sábado. Su madre y abuela cosían prendas con telas finas para él y sus hermanas, como si el detalle fuera una forma de respeto. “Mi papá y mi mamá lucían siempre elegantísimos en casa, y así los reconocieron en la ciudad. La moda era un tema de todos los días, no era algo para una ocasión especial”.
Pero, un poco más atrás, la historia familiar de Gustavo Moscoso comienza en el mar, con su abuelo Ernesto Gustavo Iturralde: ambateño y marino, parte de los fundadores de la Escuela Naval en Salinas, a quien el destino lo convirtió en empresario textil. “Los dueños de Briz Sánchez (tienda de telas) lo formaron desde cero, con disciplina y ganas de aprender”. Antes, como marino, había conocido a quien sería su esposa —la abuela de Gustavo—, con quien se estableció en Ecuador. Fue así como terminó en Cuenca, al frente de una de las casas de telas más reconocidas de la época. Con el tiempo, entendió el oficio y lo hizo suyo. “En algún punto, mi abuelo decidió comprar el negocio”. Y así, entre los años treinta y cuarenta, inició un legado que evoluciona en su tercera generación, con Gustavo al frente.

Desde niño, la tela fue parte de su paisaje. Acompañaba a su padre a la oficina y convertía las bodegas en territorio de juego, entre rollos que, sin saberlo, ya le enseñaban a mirar y a tocar. El oficio se filtraba de forma silenciosa: el raso, la brusela, la carola, nombres que escuchaba sin intención de recordarlos, pero que quedaban. También estaban las telas rescatadas por su padre, como la Macana Moscoso. Su mirada se volcó de lleno al negocio familiar a los 19 años, tras el fallecimiento de su padre. Regresó al país y dejó sus estudios en el exterior. Desde entonces, su trayectoria ha estado marcada por el ensayo y el error con quiebras, la formación de distinguir la lealtad y la capacidad de levantarse con madurez y gratitud.
“Yo tengo tres quiebras a mi haber. La primera y la segunda fueron en Almacenes Ernesto Moscoso, el negocio de mi papá. La tercera, ya en mi propia marca. Llegar a perderlo todo y tener que empezar de cero, eso me tocó vivir”. Entre 2002 y 2007, reconoce, el error fue claro al no entender…
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