Aún tengo la garganta un poco ronca mientras escribo esta reseña. Sebastián Yatra llenó el Coliseo Rumañahui en Quito. Durante, aproximadamente, dos horas escuchamos sus canciones más conocidas, revivimos algunos de los éxitos del pasado y sobre todo suspiramos con su sonrisa. Este colombiano regresó a nuestro país con un despliegue artístico que no decepcionó. Seis músicos en un escenario que replicaba la apariencia de unos andamios de construcción. El sonido, las luces y las pantallas hicieron lo suyo, el coliseo retumbaba con aquellas letras que te invitan a bailar y al mismo tiempo a derramar una lágrima.

No tuve que realizar filas, pasé los chequeos de control y me acompañaron a mi silla, justo cerca del escenario. Con su tour “Entre tanta gente” ha logrado sold outs en Argentina, Chile, Perú, Colombia y nuestro país no podía ser la excepción. Pude gritar, a todo pulmón, temas como Tacones rojos, Traicionera, Robarte un beso y Sutra, que fueron coreados por cientas de fans, de todas las edades.
Nacido en 1994, este artista pasó gran parte de su vida en Estados Unidos, lo que impulsó su amor por la música, según medios especializados. Debutó en 2014, con su canción El psicólogo, y ha ganado una lista robusta de seguidoras. Casi a la mitad del show le dio el micrófono a una de ellas. Con tan solo 12 años, expresó que desde los tres lo escucha y que es su artista favorito. Se presenta cercano, conversa con el público, saluda, se toma fotos, regala autógrafos y genera una dinámica que no es muy común en este tipo de eventos.


Debo destacar que un momento especial fue cuando invitó a la ecuatoriana Shalom Mendieta para interpretar En guerra. Un detalle inesperado que lo acercó mucho más a los asistentes. Yatra se caracteriza por crear una química que se roba cientos de suspiros. Esa sensualidad que transmite con su voz y sus movimientos hacen que el show sea único y él lo sabe. Lo pude ver hace algunos años, en el mismo escenario, y vale la pena.

Abrió esta noche con un look que mezcló estética utilitaria con actitud: un buzo blanco, de la marca Carrer, como base limpia. Una chaqueta corta de la misma marca que aportó estructura. Y unos pantalones cargo, en tono arena con bolsillos amplios que refuerzan el aire funcional. La paleta —negro, blanco y tierra— mantuvo el equilibrio entre contraste y sobriedad, mientras el fit relajado, ligeramente oversize, se alineó con el lenguaje actual del streetwear. Es una propuesta directa, sin artificios, donde lo urbano se adapta al performance con naturalidad.

A medida que avanzaba el show, se desprendió de la chaqueta. Después, detrás de una pantalla blanca observamos parte de su cambio de look. Optó por una camiseta azul más ceñida a su silueta y unos pantalones denim oversize, que completó —más tarde— con la camiseta ecuatoriana de la selección de fútbol.
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Los accesorios sumaron un toque chic a su atuendo, donde se incluyeron aretes, dos cadenas y dos anillos, uno en cada mano. Las luces reflejaron un reloj de alta joyería ovalado con pavé de diamantes, muy en la línea de Boucheron o Chopard, que usó en su mano izquierda.

Con un “Quito, te adoro”, escrito con su puño y letra, se despidió del escenario. Agradeció a su equipo y a esa hinchada que lo ovacionó con gritos y aplausos. Miles de confetis volaron y las luces se apagaron. Fue el final de un repertorio que nos enamoró un poco más. (I)