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¿Por qué la rinoplastia es tan codiciada en Ecuador?

En la intersección entre genética, redes sociales y aspiración, la rinoplastia revela cómo construimos —y negociamos— nuestra idea de belleza e identidad.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR — Ecuador

¿Has realizado un viaje al pasado a través de tu cara? En las fotos, en esas facciones que son parte de tu familia, de tu comunidad, de tu país. En mi caso, cuando me veo en el espejo, veo la nariz de mi madre y los ojos pequeños de mi padre. Nadie me ha dicho a la cara que mi nariz es fea o demasiado grande, que tengo una giba pequeñamente prominente o que la punta no es respingada. Tampoco considero que lo harían. Creo que yo nunca lo pensé así. Pero, como centennial bombardeada a diario por videos en TikTok, publicaciones en Instagram, filtros que afinan y alargan, gente que comparte sus “antes y después”, la duda se cuela casi sin pedir permiso: ¿está bien mi nariz? ¿Qué le falta? ¿Podría ser más pequeña? ¿Más respingada? ¿Quiero borrar algo que me hace ser quien soy? ¿Sería la misma después?

La rinoplastia existe como cirugía reconstructiva desde hace más de 2.000 años. 

El tratado de Sushruta en la India antigua describía cómo reconstruir narices amputadas con colgajos de piel. A finales del siglo XIX, cirujanos como el estadounidense John Orlando Roe y el alemán Jacques Joseph empezaron a operar narices sanas por motivos de apariencia, lo que dio origen a la rinoplastia estética moderna. Según la International Society of Aesthetic Plastic Surgery (ISAPS), en 2023, se practicaron cerca de 1,1 millones de rinoplastias en el mundo, un 21,6 % más que el año anterior. Este procedimiento se mantiene entre las tres cirugías estéticas más solicitadas del planeta y alrededor del 80 % de quienes se operan son mujeres.

Ese fenómeno global también se siente en nuestro país. Holman Galarza, cirujano plástico ecuatoriano, ha visto un aumento marcado de rinoplastias en los últimos tres o cuatro años. Más del 70 % de las cirugías que practica son de nariz, sobre todo en personas entre 20 y 31 años. “Lo que más se critica es la giba, la punta caída y el tamaño. La mayoría busca una nariz bonita que se asemeje a lo que se ve en televisión o en redes sociales, pero que no parezca operada. Quieren un poco de esa nariz europea o americana, pero les da miedo pedirla y que el resultado sea exagerado”. 

El costo, en un consultorio certificado, es mínimo de US$ 3.000.

Pero la forma de nuestra nariz no es aleatoria. Las variaciones, de acuerdo con las investigaciones médicas y antropológicas, son “transformaciones morfológicas adaptativas presionadas por la evolución y la selección natural”. Revisiones internacionales han visto que las narices más estrechas y altas predominan en climas fríos y secos, donde el aire necesita calentarse y humidificarse más, mientras que las más anchas y bajas son más frecuentes en regiones cálidas y húmedas, donde ese “acondicionamiento” es menos crítico. Con el tiempo, esas formas adaptativas se convirtieron en estilos, en estética, en “narices bonitas”.

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Para entender esta tensión, Luis Merlo, decano de la Facultad de Medicina de la Universidad de Las Américas, propone pensar en el concepto de tribu. “No nacemos pensando que somos altos o bajos, no nacemos pensando que somos bonitos o feos. Esto es algo que se adquiere mediante lo que llamamos comparación social. La adolescencia —explica— siempre ha sido el momento en que dejamos de mirarnos solo en el espejo de nuestros padres y empezamos a compararnos con nuestros pares. Antes, esa tribu era relativamente pequeña y homogénea”.

Hoy, en cambio, se expandió artificialmente. El algoritmo presenta como “iguales” a creadores de contenido y celebridades con rasgos europeos o asiáticos, de otros climas y genealogías. El “yo ideal” deja de ser alguien cercano y se convierte en… (I)

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