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En una ecografía apareció un tumor de cinco centímetros en uno de los ovarios de Paola Cabrera. Tres médicos revisaron los resultados y coincidieron en el diagnóstico. Cabrera, que vive en Doha, Qatar, había viajado a Ecuador y ya tenía fecha para una cirugía. Para entonces, ella llevaba un tiempo investigando sobre la biodescodificación (una práctica complementaria y no sustituta de la atención médica). Unos días antes de entrar al quirófano decidió probar una sesión.

Durante la misma, Cabrera habló de una situación que había ocurrido años atrás. Su hermano perdió su empleo y, al no poder continuar en Qatar, tuvo que regresar a Quito. Para ella, esa separación significó volver a sentir la ausencia de una parte de su familia y, en el mismo espacio, se refirió a la muerte de su madre. Según su versión, se usan técnicas de desahogo y, a veces solo hablar, puede cambiar el panorama de un episodio.

Dentro de la interpretación de esta metodología, los ovarios (y el aparato reproductor femenino) se relacionan con conflictos vinculados a pérdidas familiares. Ella dice que, durante la intervención, pudo identificar lo que estaba viviendo y cambiar la manera en que estaba afrontando ese duelo.

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Días después entró al hospital. Según cuenta, los médicos no encontraron el tumor que vieron en las ecografías anteriores. ¿Qué había ocurrido? Para ella, no fue un milagro, pero esta experiencia marcó un antes y un después en su vida. Sin embargo, s relato no demuestra que esta propuesta haya eliminado el tumor. La desaparición o modificación de un hallazgo médico puede tener distintas explicaciones y requiere una evaluación clínica. Hoy, Cabrera es terapeuta y se formó en el Instituto Americano de Descodificación Biológica y, luego, en coaching de vida, bioenergética, emoción y coaching somático.

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“Lo que se busca es comprender el origen emocional de un malestar físico”, explica a Harper’s BAZAAR Ecuador. Para esta experta, la diferencia entre una terapia alternativa y una complementaria es importante. La primera podría entenderse como un reemplazo; la segunda acompaña otros tratamientos. 

“No nos vamos en contra de pastillas, de diagnósticos, de nada de eso”.

Personalmente, había escuchado que las emociones tienen mucho que ver con lo que nos duele, con el estrés y con algunos hechos que atravesamos en la vida. Una preocupación puede quitarnos el sueño, una ruptura puede dejarnos sin apetito o una etapa de tensión puede sentirse en el cuerpo. Lo que no tenía tan claro era hasta dónde llega esa relación.

Conversé con personas más vinculadas a esta disciplina: Neiva García, Agustín Monzo y Esmeralda Vega. Sus historias son distintas, pero todas parten de la idea de que lo que vivimos emocionalmente puede dejar una huella en cómo sentimos el cuerpo. 

Para Agustín Monzo, director del Instituto Americano de Descodificación Biológica, la primera recomendación es contar con un diagnóstico médico y seguir el tratamiento indicado por un profesional de la salud. El proceso comienza con una pregunta sencilla: ¿cuándo apareció el síntoma?

Con esa información, los terapeutas reconstruyen qué estaba ocurriendo en la vida en ese momento. Puede tratarse de una situación familiar, laboral, afectiva o de cualquier otra naturaleza que generó un nivel importante de estrés. Por lo tanto, no basta con que se identifique el hecho; es necesario saber cómo fue vivido. En ese acompañamiento aparecen recuerdos de la infancia, relaciones familiares e historias difíciles. Lo cierto es que no toda condición tiene un aspecto emocional. Cabrera pone un ejemplo sencillo. Si alguien se expone al sol y su piel se enrojece, existe una explicación biológica evidente.

Una sesión puede durar alrededor de una hora y, según los entrevistados, no implica un proceso de meses o años. Monzo señala que, para atender un síntoma, muchas veces un primer encuentro permite identificar el conflicto, aunque pueden ser necesarias más citas. Condiciones como ansiedad, depresión o adicciones pueden requerir un acompañamiento más prolongado.

“Gestionar puede ser llorar, cambiar de perspectiva, darte cuenta de que ya no eres esa niña que necesitaba esto y que eres un adulto”, enfatiza Cabrera. 

La idea no sería que el terapeuta “sane” a la persona, sino que esta encuentre herramientas para comprender y resolver lo que está viviendo. Otro testimonio es el de Neiva García. Es ecuatoriana y vive en Utah, Estados Unidos. Llevaba cerca de dos meses con dolor en el hombro izquierdo. Era zurda y no podía levantar el brazo por sí misma.

Una tía que vivía en España le habló del tema. Así comenzó a investigar por su cuenta y encontró explicaciones sobre posibles emociones asociadas al dolor de hombro. Una de ellas tenía relación con la sensación de carga y responsabilidad. En ese momento, ella trabajaba en ventas de automóviles y sentía que su rutina laboral le impedía disfrutar de su vida como quería. Al día siguiente, cuenta, el dolor había desaparecido. Luego de esto, se formó como acompañante en biodescodificación y aprendió otras estrategias, entre ellas la hipnosis.

Después quiso atender sus alergias, que había sufrido toda su vida en Ecuador y que prácticamente desaparecían cuando estaba en Utah. En consulta, recordó que cuando tenía tres o cuatro años veía a su padre alejarse desde una ventana cubierta de polvo. Según la interpretación, esa separación quedó asociada con este material y, con el tiempo, a su cuadro alérgico. Luego de tratar ese recuerdo, asegura que pudo volver al país sin tener rinitis ni asma.

Y, en este punto, el tema generó en mí más curiosidad. Mi hija tiene alergia y, al escuchar cómo este método da lectura a estos casos, me pregunté: ¿cómo se trabaja con un niño que todavía no puede decir con claridad lo que siente o recuerda? En esos casos, García señala que, en su práctica, el abordaje varía según la edad. Hasta los siete años, sostiene, se trabaja con los padres. A partir de los ocho, se puede comenzar con el infante mediante juegos y otras herramientas.

Es un argumento dentro de la lógica de la biodescodificación, pero también es uno de los puntos donde conviene mantener distancia entre una hipótesis terapéutica y un hecho médico. Por ejemplo, las alergias infantiles tienen causas biológicas conocidas y deben ser evaluadas por pediatras o especialistas. Una interpretación emocional no debería reemplazar ese diagnóstico.

Esta corriente tiene antecedentes vinculados a las llamadas “cinco leyes biológicas” del médico alemán Ryke Geerd Hamer y, posteriormente, a conceptos desarrollados por Claude Sabbah en la denominada Biología Total.

De acuerdo con el relato de sus seguidores, Hamer comenzó a desarrollar sus teorías luego de la muerte de su hijo y de su propio diagnóstico de cáncer. A partir de allí planteó una relación entre determinados conflictos emocionales y enfermedades. Cabe decir que Hamer fue expulsado de la profesión médica en Alemania y sus teorías no forman parte de la medicina basada en evidencia.

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El registro científico disponible, sin embargo, no respalda estas explicaciones como causas demostradas de enfermedades. Una búsqueda de términos como biodescodificación, bioneuroemoción y Nueva Medicina Germánica en bases bibliográficas médicas como PubMed permite dimensionar, además, que no existe un cuerpo amplio de ensayos clínicos que haya demostrado su eficacia como tratamiento médico. La ausencia de evidencia suficiente no demuestra por sí sola que una práctica sea dañina, pero sí impide presentarla como un tratamiento cuya eficacia esté comprobada.

En España, además, distintas instituciones sanitarias y profesionales han advertido sobre las llamadas pseudoterapias y sobre prácticas que atribuyen enfermedades a conflictos emocionales sin respaldo científico. El principal riesgo aparece cuando estas interpretaciones desplazan la atención médica, retrasan un diagnóstico o llevan a una persona a abandonar un tratamiento indicado por un profesional.

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Aun así, una investigación publicada (2024) en la revista científica Arrancada estudió un tratamiento integral-holístico para lesiones de columna en 40 practicantes y atletas de artes marciales. El programa combinó la disciplina con otras terapias. De los participantes, 31 —el 77,5 %— se rehabilitaron por completo después de tres sesiones y nueve —el 22,5 %— mostraron mejoría. El estudio concluyó que el abordaje obtuvo resultados positivos.

Otro trabajo (2013), publicado por investigadores vinculados a la Sociedad Cubana de Cardiología y al Centro de Investigaciones del Órgano de Integración para la Salud, estudió a 108 pacientes con hipertensión arterial esencial. Los participantes se dividieron en dos grupos: 50 pacientes de control y 58 que recibieron biodescodificación, sin suspender su atención médica. Después de seis meses, el grupo que recibió biodescodificación presentó cifras de presión arterial menores y un mayor porcentaje de pacientes controlados.

Esmeralda Vega llegó a la biodescodificación en 2021. Su formación incluye reflexología clínica, psicología de constelaciones, ciencias y saberes ancestrales, psicoterapia y tanatología. En sus sesiones, asegura, primero conoce la historia de la persona y utiliza distintas técnicas para reducir tensiones. También realiza un test para identificar a personas sensibles y, a partir de allí, establece un plan. Sus pacientes son principalmente mujeres de entre 18 y 55 años. No atiende niños y recalca la importancia de que ellos sean tratados por pediatras.

Vega cuenta experiencias de pacientes con enfermedades crónicas que, después de terminar sus procesos terapéuticos, percibieron una disminución de síntomas. También menciona mujeres con dificultades para concebir que quedaron embarazadas y el caso de una paciente con un deterioro sistémico de órganos a quien acompañó durante nueve meses, incluso en cuidados paliativos. Para ella, la biodescodificación aborda aspectos de la psique y también puede incorporar elementos espirituales y de saberes ancestrales. Una consulta inicial dura alrededor de una hora y tiene un costo de US$ 50.

Este enfoque puede resultar atractivo porque propone hacer preguntas que muchas veces no hacemos. Las respuestas pueden ser útiles para iniciar una conversación con uno mismo. Las emociones sí pueden influir en cómo se siente y responde nuestro cuerpo, pero la evidencia disponible no permite afirmar que un conflicto emocional sea, por sí solo, la causa de una enfermedad. Explorar lo que sentimos puede formar parte del bienestar; sustituir con ello un diagnóstico o tratamiento médico es otra cosa. (I)