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¿Es posible regular nuestras hormonas sin anticonceptivos?

Hace más de 60 años que se inventó la píldora anticonceptiva en Estados Unidos. Su llegada transformó la planificación familiar y permitió a millones de mujeres postergar la maternidad. Hoy, un número creciente parece alejarse de esta opción y buscar otras salidas para manejar los desbalances hormonales.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR — Ecuador

Aunque yo nunca he tomado una pastilla anticonceptiva, aquel blister siempre ha estado presente. El ejemplo más cercano es mi hermana. Ella empezó a tomarla a los 14 años, no como método anticonceptivo, sino porque un médico le diagnosticó síndrome de ovario poliquístico (SOP) y le dio esa opción como única salida. Este es un trastorno hormonal y metabólico frecuente, marcado por niveles elevados de andrógenos, menstruaciones irregulares y múltiples folículos pequeños en los ovarios. A tan corta edad, mi hermana tenía que tomar todos los días una pastilla diminuta. Al principio los síntomas mejoraron, pero casi sin darse cuenta subió de peso de forma drástica y empezó a sentirse más triste. 

Estos efectos secundarios —alteraciones del estado de ánimo, disminución de la libido, aumento de peso— están descritos en la literatura, aunque no todas las mujeres los viven igual. Cuando pacientes como mi hermana plantean estas preocupaciones, muchas veces sienten que son desestimadas o atribuidas al “estrés”. Durante siete años vivió así, entre cajas y recetas; incluso pasó por una cirugía para remover quistes. A los 24 años decidió dejar las hormonas por completo y empezar a tomar suplementos. 

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Así como ella, muchas mujeres perdieron la confianza en la píldora como respuesta automática a cualquier diagnóstico relacionado con las hormonas. En internet, ocurre lo mismo. El ginecólogo e investigador David Bartz participó en un análisis de más de 600.000 tuits sobre anticonceptivos publicados entre 2006 y 2019 y encontró que, entre los mensajes, alrededor del 40 % eran negativos, con un foco recurrente en los efectos secundarios. Otro análisis alemán de videos de YouTube publicados entre 2019 y 2021 mostró que el 74 % hablaba de abandonar métodos hormonales por efectos adversos. El Pharmaceutical Journal reportó, en Inglaterra, una caída del 63 % en el uso de anticonceptivos orales suministrados por servicios públicos en la última década, mientras crecían los dispositivos sin hormonas y las aplicaciones de “métodos naturales”.

¿Y en Ecuador? 

Según la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2018, el 78,2 % de las mujeres entre 15 y 49 años casadas o en unión declaró usar algún método anticonceptivo, la mayoría modernos (píldora, inyección, DIU o ligadura). Al mismo tiempo, los trastornos hormonales siguen siendo frecuentes. En un estudio en Cuenca, la prevalencia del SOP fue del 12 % en mujeres adultas, especialmente entre los 20 y 24 años. En su consultorio en Quito, la ginecóloga Saskia Mendoza calcula que ocho de cada 10 mujeres que la visitan llegan por desbalances hormonales. Para ella, los anticonceptivos fueron una herramienta clave para la autonomía femenina, pero también se volvieron la “primera línea” casi automática para acné, sangrados o ciclos caóticos sin indagar en la raíz. “El anticonceptivo es como una curita, cuando la retiras, la herida sigue ahí si no has trabajado la causa. Cada vez más chicas entran al consultorio diciendo: ‘doctora, yo no quiero hormonas’”. Eso que ella ve en Quito es lo que, en otros contextos médicos internacionales, ya se empieza a conocer como hormone hesitancy o resistencia a las hormonas.

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Pasar de la píldora al mundo de los suplementos puede ser caótico. Basta abrir TikTok o Instagram para encontrarse con protocolos caseros, centenares de píldoras y promesas de equilibrio en 30 días. Actualmente el “menú” de suplementos es amplio. Hay inositol, para SOP y ciclos irregulares; magnesio y ashwagandha, para estrés y sueño; vitamina D y omega‑3, para inflamación y metabolismo; además de mezclas herbales para cólicos más llevaderos y mejoras en el estado de ánimo. Pero lo que parecía lejano al contexto ecuatoriano, hoy ya tiene marcas locales que buscan ofrecer alternativas.

Eli Ormaza, nutrióloga ecuatoriana de 33 años, lo vivió desde su propia experiencia. Pasó casi una década lidiando con acné severo hasta que, durante una maestría en España, una profesora le recomendó probar inositol. Este es un compuesto estudiado sobre todo en SOP por sus posibles efectos sobre la resistencia a la insulina y la regularidad del ciclo. El cambio fue visible y, cuando volvió a Ecuador, empezó a recomendarlo a sus pacientes. 

“En nuestro país no había inositol ni suplementos limpios; nuestras pacientes tenían que esperar a que la tía viajara para traer su frasco”.

El problema era que muchas de las opciones que veía en Europa no existían en el país con dosis y estándares similares. De ahí nació su proyecto Laboratorios Blanes, una marca enfocada en suplementos asociados a metabolismo, estrés y salud hormonal. Las fórmulas se desarrollaron inicialmente en España, junto a ingenieros químicos y colegas que cursaban doctorados, pensando siempre en la fisiología del cuerpo. Hoy producen en Manabí con materia prima importada de grado farmacéutico, cada lote se tamiza y se analiza en busca de metales pesados; y sus productos se distribuyen en más de 250 puntos de venta, desde cadenas de suplementos hasta consultorios médicos.

Ormaza insiste en algo: vivimos rodeadas de disruptores hormonales —aromatizantes, detergentes, productos de limpieza, cosméticos, envases— que ayudan a explicar por qué, de pronto, “todas hablamos de eso”. En sus consultas, raramente ella se queda en la recomendación de comer mejor y tomar un suplemento. Siempre pregunta por sueño, estrés, ritmo circadiano y exposición a químicos.

Apelando a lo natural nace Aphlora

Camila Uribe creó la marca junto a su hermana después de convivir durante años con diagnósticos como endometriosis y SOP. La respuesta médica, recuerda, terminaba siendo la misma: anticonceptivos. “Sí nos sentíamos mejor, pero era como poner una curita encima de todas nuestras dolencias”. Aphlora desarrolla suplementos e infusiones pensadas para acompañar síntomas hormonales, estrés y ciclos menstruales. Su objetivo es crear productos que ellas mismas habrían querido tener. Es decir, 100 % naturales, con ingredientes trazables a su origen y formulados por un mix de herbolarios, médicos ayurvédicos, naturistas, bioingenieros y médicos convencionales; todos con testeo médico y registro sanitario. 

Para ellas, el equilibrio hormonal depende también de digestión, microbiota, hígado, sueño y estrés. 

Su primer producto —y el más vendido— se llama Full Moon Balance. Son cápsulas con tres ingredientes: maca (que actúa como adaptógeno sobre el eje hipotálamo, hipófisis y gónadas), damiana (dirigida al sistema nervioso y emocional) y mortiño, una berry andina con alta concentración de antioxidantes y compuestos antiinflamatorios. Uribe insiste en que no existen pastillas milagrosas. Atribuye su mejoría a una mezcla entre suplementos, cambios de alimentación, mejor sueño y menos estrés. “Nuestros productos no son medicamentos ni remedios milagrosos. Son una herramienta más dentro de un estilo de vida que busca ir a la raíz”.

Tanto Ormaza como Uribe se apoyan en estudios que muestran beneficios potenciales de ciertos suplementos. Una investigación en 2025, “Efficacy of dietary supplements as an adjunctive therapy for PCOS”, encontró 46 ensayos (más de 30.000 mujeres) y concluyó que nutracéuticos como mio‑inositol, probióticos, omega‑3 o curcumina mejoran los marcadores de resistencia a la insulina, lípidos e inflamación, pero siempre como terapia adjunta, no como cura en sí. Mendoza integra parte de estos suplementos en su consulta, siempre acompañados de exámenes y seguimiento médico. Para ella, es ideal que contribuyan con una vida con menos estrés, mejor sueño y con una alimentación menos ultraprocesada.

También existen riesgos

Saskia advierte que muchas mujeres están tomando ashwagandha, magnesio o mezclas herbales guiadas por lo que ven en redes o por recomendaciones de amigas, sin saber dosis, tiempos de uso o estándares de calidad. Recuerda que no todos los suplementos son “buenos” y que, en el caso de muchos, ni siquiera hay una dosificación clara o estudios que respalden lo que prometen. Desde el lado de la industria, Ormaza señala el problema de suplementos mal formulados o contaminados. Asimismo, la literatura médica ha descrito casos de daño hepático asociados a ciertas formulaciones de ashwagandha, sobre todo cuando se usan extractos no estandarizados o en cantidades excesivas. 

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Para las tres, la clave está en la calidad, la evidencia y el contexto en que se usa. Mendoza indica que, desde hace más de 15 años, existe un cambio de enfoque en la medicina. “Ya no busca ser curativa, sino funcional. Regresar al origen de la enfermedad donde varias áreas se apoyan para entender las causas”. Hoy, tanto en consultorios como en marcas, se ve con más claridad ese giro. Como casi siempre, los extremos no funcionan: ni la píldora como solución para todo ni el suplemento convertido en una cura milagrosa. (I)