“No lo vas a creer, pero Aranjuez se ha cambiado de local unas nueve veces en estos 40 años”. Amelia Martínez lo cuenta con naturalidad, como si fuera un relato de la cotidianidad. En esa frase cabe buena parte de su historia. Nueve mudanzas dentro de un mismo centro comercial hablan de una marca que aprendió a moverse con la comunidad y no perdió su identidad. Martínez es de esas personas con las que se puede hablar durante horas. Es alegre, tiene buen sentido del humor, pero —en la conversación— transmite rectitud y orden.
Nacida en Barcelona, España, Amelia llegó a Quito para acompañar los negocios de su padre en 1981. Ella tenía apenas 21 años. Estudió Biología en la Universidad Central de Barcelona. La moda, hasta entonces, era un gusto personal. Venía de un país donde se podía acceder a las grandes casas europeas fácilmente. En Quito, en cambio, descubrió una industria que todavía tenía mucho por explorar, así que su interés por involucrarse en el rubro le hizo, ocho años después, fundar Aranjuez.
Su proyecto tomó forma en el barrio de La Mariscal. Este sector concentraba gran parte de la vida social y cultural de la ciudad. Por ahí pasaban artistas, empresarios y diplomáticos. Recuerda que a su primera boutique entraron figuras como Azúcar Moreno, Joan Manuel Serrat y Armando Manzanero, todos artistas internacionales. Fue un espacio en donde había respuesta, interés, curiosidad y una necesidad latente de acceder a una moda distinta. Desde el principio, Aranjuez se pensó como un puente entre Europa y Ecuador. No se trataba simplemente de importar prendas, Martínez buscaba construir una propuesta con una curaduría cuidadosa para diferenciarse.
“Nosotros no nos esclavizamos a la moda”.
En cuatro décadas, la casa tuvo cambios de moneda, ciclos económicos complejos, transformaciones políticas, nuevas dinámicas de consumo e incluso crisis globales. “Lo que se mantiene es la fidelidad por la simplicidad, la limpieza, la buena calidad y una diferencia perceptible”. Su fundadora dice que la marca mantiene una sofisticación europea difícil de explicar, pero que se percibe cuando se entra a las tiendas.
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Aunque esa identidad permanece, la firma también evolucionó junto a la mujer ecuatoriana. Cuando esta española arribó al país, el vestir respondía a códigos mucho más rígidos, la ropa tenía funciones muy limitadas y había menos espacio para la libertad y para las combinaciones diferentes. Hoy, esta experta observa un perfil más abierto, más flexible y más dispuesto a construir un estilo propio.
En la actualidad, Aranjuez cuenta con tres locales: Quicentro Shopping, Scala Shopping y Mall El Jardín; en todos estos sitios estuvo desde sus aperturas. “De las boutiques fundadoras que acompañaron el nacimiento de estos centros comerciales, quedan pocas”.
Amelia llama a sus clientas “mujeres Aranjuez”. Son aquellas que regresan siempre y que, en muchos casos, tienen una relación con la marca que se transformó en una herencia familiar. “Hemos vestido a generaciones enteras: la abuela, la madre, la hija y la nieta”. Aquello se ve todos los días, clientas que todavía usan una chaqueta comprada hace 15 años y que encuentran en este lugar una forma de expresar su personalidad.
Sus hijas, Amelia y Silvia Sandoval, crecieron viendo el negocio de su madre. La recuerdan colgando ropa, etiquetando, atendiendo y construyendo la boutique prácticamente desde cero. Su hija mayor tiene 38 años. Estudió Administración de Alimentos y Bebidas en la Universidad San Francisco de Quito y, por mucho tiempo, pensó que su camino estaría en el mundo de la gastronomía y los vinos. Sin embargo, hace ocho años se involucró de lleno en la empresa. Participa en el desarrollo de nuevas ideas, servicios y dinámicas de tienda. Silvia, de 35 años, lidera la parte de marketing, comunicación y redes sociales. El menor de los hermanos es Antoni, de 23 años, formado en Administración de Empresas, quien aporta desde la parte financiera, comercial y de análisis.
Amelia Martínez dice que sus hijos le abrieron la puerta hacia la modernidad.
La curaduría sigue siendo uno de sus núcleos, por lo que viaja alrededor de cuatro veces al año a Europa para seleccionar colecciones. Recorre ciudades de España, Francia e Italia, en busca de diseñadores, nuevas propuestas y piezas que dialoguen con la mujer ecuatoriana. El criterio es riguroso y parte del trabajo consiste en ajustar los lanzamientos. Muchas veces las piezas se modifican en conversación con artistas europeos para adaptarlas al clima, a la luz y a las particularidades del mercado local. “En Ecuador descubrí la luz”. La intensidad del cielo quiteño, sus colores y sus cambios de temperatura influyen en la selección. Por eso, evita los tonos apagados y prefiere el color, la textura y las fibras que funcionen en días donde hay varias estaciones.
Cada año, y de cada viaje, llegan miles de prendas como vestidos de cóctel, vestidos casuales, conjuntos, blusas, faldas, jeans bordados, chaquetas, abrigos, pañuelos de seda, bisutería hecha por artesanos españoles y accesorios que amplían el enfoque. También mantienen una alianza con Carla Ruiz, firma andaluza de la que tienen la franquicia para Ecuador.
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Mientras conversaba con esta amante de la moda, pensaba que quizás el concepto que mejor define esa exclusividad es uno que Amelia repite varias veces durante la entrevista: “el lujo de la escasez”. Y aquello significa comprar un diseño sabiendo que no habrá otros iguales circulando. Muchas veces escogen una sola pieza por modelo y esta es la manera de alejarse de la industria masiva y del fast fashion.
En 1989, cuando la línea nació, la visión de traer un universo europeo era una novedad. Hoy, el contexto es otro. Hay más competencia, más acceso, más referencias visuales y una velocidad mucho mayor. La familia estudia una expansión hacia otros puntos del país, especialmente en Guayaquil. La intención es crecer, pero hacerlo con calma, sin perder el cuidado y la atención que define el negocio. (I)