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Mi mamá frecuentaba el sauna y el turco. Me pedía que la acompañara y me hablaba de sus beneficios para la piel y la salud, pero yo no disfrutaba esa actividad. El vapor del turco me hacía sentir incómoda y, durante mi adolescencia, prefería dedicar mi tiempo a otras distracciones. Ahora, ya adulta, busco rutinas que aporten a mi salud física y mental. Entre tantos hábitos asociados a la belleza y al bienestar encontré los saunas infrarrojos. Me llamó la atención que celebridades como Lady Gaga, Selena Gomez y Jennifer Aniston los utilicen de manera regular.

Gaga recurre a ellos para aliviar los dolores asociados a la fibromialgia, mientras que Gomez busca relajarse y favorecer la eliminación de toxinas. Aniston ha declarado en varias ocasiones que es una de sus prácticas favoritas para mantener un estilo de vida saludable. Todas cuentan con este tipo de instalaciones en sus hogares. En nuestro país existen centros especializados que ofrecen esta terapia.

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¿Qué es, cómo funciona y cuáles son sus beneficios? 

El sauna infrarrojo es similar a los saunas tradicionales, pero utiliza luz para generar calor radiante. A diferencia de los convencionales, que calientan el aire, este calor penetra directamente en el cuerpo mediante luz infrarroja a temperaturas más bajas y tolerables, entre 45 °C y 60 °C. Una de sus principales ventajas es que el ambiente no se calienta de la misma manera. Para personas que, como yo, encuentran incómodo el aire caliente, esto representa un beneficio importante. Adriana Cruz, fundadora de California Infrared Sauna, asegura que esta característica permite que adultos mayores puedan utilizarlo con mayor comodidad.

El primer antecedente de esta tecnología se remonta a 1893, cuando el médico estadounidense John Harvey Kellogg presentó en la Feria Mundial de Chicago un prototipo denominado “baño de luz eléctrica incandescente”, que posteriormente fue patentado. Sin embargo, su popularización llegó en la década de 1970, cuando Japón comenzó a utilizarlo con fines médicos y con una estructura similar a la actual. Cruz, por su parte, conoció los saunas infrarrojos durante un viaje a Europa. Su experiencia personal la llevó a abrir un centro especializado. Actualmente, reside en California, Estados Unidos, pero viaja constantemente para supervisar sus dos locales en Quito. 

Para Margarita Barreiro, gerente general de Kirei, lo fundamental antes de incorporar esta práctica es contar con una evaluación médica previa. Dependiendo de los objetivos y las necesidades de cada persona, el tiempo de exposición puede variar. De forma general, recomienda utilizarlo entre una y dos veces por semana, hasta completar seis sesiones al mes. En Kirei, un médico funcional realiza una evaluación inicial e incluso solicita exámenes para identificar las necesidades del paciente y diseñar un protocolo integral enfocado en longevidad.

La mayoría de sus pacientes busca procesos de desintoxicación. Estas sesiones tienen una duración aproximada de 55 minutos. Según Barreiro, los análisis suelen revelar niveles elevados de metales pesados, especialmente mercurio. El objetivo del tratamiento es contribuir a reducir esos índices. El costo por sesión es de US$ 50 y suele formar parte de protocolos más amplios que incluyen otras terapias complementarias.

En California Infrared, las sesiones individuales cuestan US$ 30. Sin embargo, Cruz recomienda optar por paquetes, ya que los resultados suelen apreciarse con mayor claridad cuando existe continuidad. Las opciones disponibles van desde US$ 79,99, hasta planes ilimitados por US$ 199,99. Ambos centros coinciden en la importancia de la frecuencia para obtener resultados. 

“El sauna infrarrojo debe ser un complemento a un estilo de vida saludable. Nada es mágico por sí solo, por eso es importante el acompañamiento médico”, sostiene Barreiro.

Entre los principales beneficios están la mejora de la circulación, la recuperación muscular —especialmente en deportistas— y la desintoxicación. Además, algunos estudios han asociado el uso frecuente de saunas con una reducción del riesgo de mortalidad. Cruz coincide en que los beneficios abarcan tanto aspectos funcionales como estéticos. “La sudoración favorece la eliminación de toxinas, limpia los poros y estimula la producción de colágeno, algo que se refleja directamente en la textura y en la calidad de la piel”.

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En un contexto marcado por el estrés y el ritmo acelerado de vida, encontrar espacios de relajación es cada vez más valioso. Reducir los niveles de cortisol es una de las razones por las que muchas personas incorporan esta práctica a sus rutinas. Los deportistas suelen utilizarla para favorecer la recuperación muscular, mientras que los adultos mayores buscan aliviar la rigidez corporal. “Una mejor circulación permite una mayor oxigenación y eso se traduce en una mejor calidad de vida, sin importar la edad”, resume Cruz.

Aunque se trata de una práctica considerada segura, las mujeres embarazadas deben consultar previamente con su médico. En California Infrared también recomiendan evitar las sesiones en caso de presentar fiebre, gripe u otras condiciones que requieran valoración médica. La Clínica Mayo en Estados Unidos ha analizado algunos de sus posibles efectos: desde el alivio muscular, ya que el calor penetra en los tejidos y favorece la recuperación después del ejercicio, hasta disminuir la inflamación. También, influye sobre la salud cardiovascular debido a la dilatación de los vasos sanguíneos y al aumento del flujo de oxígeno. No obstante, la institución aclara que aún existe evidencia limitada sobre sus efectos en enfermedades como la diabetes tipo 2, el Alzheimer o la hipertensión arterial.

En Kirei, ubicado en el Potrero de Lumbisí, las cabinas cuentan con pantallas para ver series o realizar meditaciones guiadas. California Infrared cuenta con dos sedes en Quito: una en el sector de El Bosque, dentro de Plaza Market Shopping, y otra en Plaza Puruhá, en el Valle de los Chillos. Para quienes desean incorporar esta práctica a su rutina, los especialistas recomiendan comenzar en centros especializados antes de considerar la compra de un equipo para uso doméstico. Una instalación propia puede costar entre US$ 10.000 y US$ 12.000, sin incluir gastos de mantenimiento. (I)