Han pasado 31 días desde que decidí hacer un cambio. No uno radical ni una promesa imposible de cumplir. Fue una decisión sencilla en apariencia, enorme en la práctica: intentar volver a encontrar tiempo para mí. Desde que fui mamá, el tiempo propio es algo parecido a un lujo. Primero porque era mamá a tiempo completo y después porque, entre el trabajo, las madrugadas, las responsabilidades de la casa y la sensación de que siempre hay algo más urgente que hacer, cuidarme dejó de estar entre mis prioridades.
Aunque la Organización Mundial de la Salud recomienda al menos 150 minutos de actividad física semanal durante el posparto, encontrar siquiera 20 minutos al día es uno de los mayores desafíos de la maternidad. De hecho, una encuesta a 2.000 mujeres, realizada por la firma de investigación Talker Research para Intimina (marca especializada en salud íntima femenina y bienestar pélvico), reveló que el 79 % de las madres siente culpa al dedicar tiempo a su autocuidado y casi la mitad reconoce que sus hábitos personales empeoraron tras el nacimiento de sus hijos.
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No sé si le pasa a la mayoría; sospecho que sí. Lo que sí puedo decir es que dejé de sentirme cómoda con mi cuerpo, con mis curvas y con la imagen que veía frente al espejo. Todavía me pregunto si algún día volveré a ser la de antes o si, más bien, tendré que aprender a conocer esta nueva versión de mí. Por eso decidí empezar este reto.
Ya tenía la costumbre de madrugar para trabajar y tener unas horas de silencio que me permitieran escribir. Ahora, levantarme aún más temprano para entrenar parecía improbable. Podía despertarme a las 4:00, sí, pero siempre encontraba algo que consideraba más importante: ordenar la casa, guardar ropa, avanzar pendientes o simplemente trabajar. Yo siempre quedaba para después.
Puedo ser sincera y decir que había dejado de usar ropa que antes utilizaba con comodidad. Los jeans comenzaron a sentirse incómodos y cada vez elegía prendas más amplias para esconder esa pequeña pancita que permanece en algunas que no tuvimos la suerte de perder peso durante la lactancia. Probablemente, nunca estamos del todo conformes con algo, pero entendí que había una razón más importante: la salud. Así llegué a BeFit, la plataforma de entrenamiento creada por la ecuatoriana María Belén Román, una ingeniera comercial guayaquileña que encontró en el ejercicio una segunda oportunidad para reconstruir su vida y lo transformó en una comunidad de cientos de mujeres.
"Pasé años con problemas de salud mental y encontré en el ejercicio una herramienta para reconstruirme (...) decidí certificarme como entrenadora personal y coach en nutrición deportiva". Así creó un programa pensado justamente para mujeres que no se sienten cómodas en un gimnasio tradicional o que necesitan acompañamiento constante para mantenerse en movimiento. Comenzó en 2021 con solo tres alumnas y una inversión inicial de US$ 160 para pagar Zoom. Hoy reúne a más de 440 integrantes dentro de una plataforma que ofrece clases en vivo, entrenamientos grabados, seguimiento, nutrición y acompañamiento constante. Lo que más llamó mi atención no fue la tecnología ni la cantidad de herramientas disponibles. Fue el perfil de las mujeres para las que había sido pensado el programa.
Mujeres mayores de 30 años, muchas de ellas madres, con trabajos, horarios imposibles, responsabilidades y, en muchos casos, una relación complicada con sus cuerpos.
"Mujeres reales con vidas reales".
La experiencia empieza con algo que, aunque es sencillo, resulta intimidante: tomar medidas, registrar el peso y enfrentarse a números que por mucho tiempo preferimos ignorar. Mido 1,53 metros y la balanza marcó 74 kilos. Después llegaron las fotografías de seguimiento y la primera llamada con Belén. Definimos objetivos y me explicó algo que para muchas es importante en este proceso: no iba a estar sola. BeFit funciona más como una comunidad que como una aplicación de ejercicios. Existe un grupo de WhatsApp donde hay mensajes, avances, fotografías, motivación y esa sensación extraña de saber que al otro lado de la pantalla hay muchas personas intentando exactamente lo mismo que tú: encontrar tiempo para sí mismas.
Aun así, el primer día estuve nerviosa y adaptarse siempre es difícil. Las clases en vivo comienzan a las 5:10 de la mañana y existe un segundo horario a las 7:30. Para quienes no alcanzan a conectarse, quedan las sesiones grabadas para realizarlas más tarde. Yo empecé a primera hora y trato de conectarme tres veces a la semana. No puedo negar que es duro. Me ha costado levantarme de madrugada, encontrar una rutina que funcione y acostumbrarme al cansancio. Incluso me ha pasado algo rarísimo: mientras todo el mundo asegura que el ejercicio da energía, durante varias semanas sentí exactamente lo contrario. Tuve sueño y cansancio. Además, apareció otra batalla: la ansiedad por comer, por repetir porciones o por recurrir a las golosinas como una recompensa rápida en los días largos y agotadores.
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Belén suele repetirnos una frase que marcó uno de los momentos más difíciles de su vida: "Yo creo en ti. Tú puedes hacerlo". Su filosofía es demostrar que no hacen falta máquinas, membresías costosas ni grandes inversiones. "Una silla, dos botellas de agua y las ganas de empezar suelen ser suficientes". El plan de BeFit tiene un valor de US$ 60, el más básico. Con asesoría nutricional, US$ 80; trimestral (con descuento), US$ 160; trimestral con dieta (con descuento), US$ 200.

El programa se adapta a mujeres sedentarias, principiantes o con sobrepeso y ofrece alternativas para cada ejercicio. Además, prioriza el entrenamiento de fuerza, especialmente después de los 30, para preservar la masa muscular. Yo todavía estoy aprendiendo a formar parte de esa comunidad. Creo que solo una vez me animé a compartir una fotografía de mi entrenamiento en el grupo. Pero entiendo que este es un proceso y que aún me estoy adaptando. Luego de un mes, según mi primer control, he perdido ocho libras. No parece una cifra enorme cuando se compara con las transformaciones que llenan las redes sociales, pero para mí significa algo distinto.
Significa que empecé, que encontré tiempo donde pensaba que no existía, que logré reservar unos minutos para mí. Quizás cuando complete los tres meses me sienta más orgullosa de lo conseguido. Detrás de las ocho libras menos hay algo mucho más difícil de recuperar que el peso perdido: la posibilidad de volver a ser yo y, esta vez, no volver a perderme nunca más. (I)