En Brooklyn, los días de Sofía Díaz transcurren al ritmo frenético de esta ciudad que nunca se detiene. Su rutina es agitada, sí, pero lejos de causarle estrés, la llena de energía, es lo que le apasiona. Cada mañana llega a su oficina, ubicada en el Garment District de Times Square, a las 9:30. Esta quiteña de 37 años, originaria del Valle de Los Chillos, se desempeña como senior designer para Allison, una marca extranjera. Durante sus almuerzos, sentada en un parque o en pequeños momentos de pausa, su mente viaja hacia Etérea, su marca propia y el proyecto que la conecta con sus raíces ecuatorianas.
Nunca pensó que su vida estaría rodeada de moda. Aunque siempre le gustó esta esfera, decidió estudiar diseño gráfico industrial en la Universidad de las Américas, ya que sentía que todavía no existía una industria definida en el país. A sus 23 años se mudó junto a su familia a Miami, donde pudo darle una oportunidad a la industria.
“Estudié durante dos años en una escuela en Miami, pero no me gustó, por lo que decidí ir a Nueva York para asistir al Fashion Institute of Technology”.

Tras un año en la industria, la ilusión de trabajar en una casa de moda renombre se desvaneció. Empezó a estudiar sobre sostenibilidad, lo que la empujó a imaginar algo suyo, con su propia perspectiva y visión. En 2020, con la pandemia y su encierro, Díaz decidió alquilar un estudio cerca de su hogar para diseñar su primera colección.
Estas ideas no vieron la luz hasta tres años después, cuando viajó a Ecuador por un tema familiar. “Llevé mis patrones con la idea de encontrar a alguien que me ayudara con la producción y me encontré con un pequeño estudio en el Valle. Fue increíble, siento que fue algo orgánico”.
Aunque en un principio decidió que sus ventas se enfocarían en Estados Unidos, gracias a una amiga que tenía una concept store en ese momento, también decidió comercializar su producto en el país. Así nació Etérea. El nombre surgió de un poema que recibió Díaz a los 17 años, una palabra que desde entonces rondaba en su cabeza. “Su significado tiene relación con lo celestial, lo liviano y lo puro. Siento que, para mí, es ese espacio para crear con libertad y explorar”.
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Su primer lanzamiento, titulado Camino, incluyó seis piezas que combinan líneas fuertes y delicadas junto a una paleta en blanco y negro, inspiradas en dos memorias relacionadas con sus origenes. La primera, la imagen de los paisajes andinos y la segunda, la naturaleza que irrumpe en las calles de hormigón de Brooklyn.
“Se unieron con un toque de nostalgia para recordarnos el innegable poder de la naturaleza y la energía mística que alimenta nuestro deseo de crear”.
Para su segunda entrega, en 2025, esta diseñadora volvió a la capital ecuatoriana por seis meses para crear. Cosmos, con una paleta en tonos verdes y amarillos, fue el resultado. “Mi inspiración llegó tras una visita al Museo de la Casa del Alabado. Vi símbolos y dibujos parte de la cosmovisión andina que llamaron mi atención. Entre ellos estaban una figura femenina de la cultura Chorrera y platos ceremoniales”. Esto se vio reflejado en siete piezas con diseños figurativos y también a través de siluetas, color y elementos sutiles.

Asimismo, utilizó textiles como baby alpaca de Perú, lana de Ecuador, algodón, tejidos, serigrafía y bordados a mano en colaboración con artesanos locales. Esta artista no cree en la cantidad, sino en la calidad de cada prenda. “No quiero hacer cinco pantalones, sino uno bueno. Idealmente, mi idea es construir un solo armario de mi marca; es decir, ponerse unos pantalones de la primera línea con algo de la segunda”.
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Díaz busca cada día el equilibrio. Su trabajo, a través de distintos proyectos, tiene esa dualidad entre creatividad y estructura. A lo largo de su carrera colaboró con marcas como J.Crew, DKNY y María Cornejo. Experiencias que nutrieron su marca y la sostuvieron. Su proceso creativo está relacionado con Ecuador; es aquí donde las ideas fluyen a través de la tela, por lo que anhela -en algún momento- tener un estudio local.
Actualmente trabaja con cuatro mujeres en Quito. Además de su página web, tiene dos puntos de venta en Nueva York, uno en Quito y participa dos veces al año en pop-ups. Para ella, el diseño latinoamericano tiene una presencia cada vez más fuerte en la Gran Manzana, donde los clientes valoran piezas con un alto nivel de trabajo artesanal.
En su proceso, la creatividad va de la mano con la técnica: “cómo hacer ropa que siente bien, que esté bien pensada en escala, que utilice materiales agradables y que, además, se venda”. Diseñar, finaliza, es un trabajo de tiempo completo que lo hace todos días. (I)