Meses atrás, de la mano de Jonathan Anderson, Dior llevó a los fanáticos de la moda a dar un paso por los Jardínes de las Tullerías de París para su lanzamiento de primavera-verano de 2026. En cambio este mes, para su colección cruise el escenario fue Hollywood, la ciudad de las estrellas. El evento se realizó en el Museo de Arte del Condado de Los Ángeles, conocido como LACMA. Comenzó después del atardecer, la pasarela en zigzag estaba salpicada de antiguas farolas tenues y coches clásicos. Era melancólico, pero también con un toque de arte pop.
Tras bambalinas, el diseñador comentó a los medios que sus referencias creativas iniciaron con un libro sobre Scotty Bowers, un empleado de una gasolinera de Los Ángeles que, entre las décadas de 1940 y 1980, actuó como proxeneta secreto para estrellas de Hollywood. Esto despertó su interés en "lo que está en la pantalla y lo que no, el trabajador y el no trabajador", tratando de demostrar, en el material textil, el negocio de Hollywood, el arte y la cultura moderna de la ciudad.

En el acto se vieron referencias a los diseños gráficos y los colores del artista estadounidense Edward Ruscha, figura clave del pop art y del pintor realista Edward Hopper, conocido por sus escenas de soledad urbana. Anderson después pasó al dinamismo del ilustrador de créditos de cine Saul Bowers, para luego llegar al mismísimo Christian Dior. Este personaje ayudó a consolidar la idea de que las industrias de la moda y el cine debían trabajar en conjunto. Durante la década de 1950, dejó de ser solo un diseñador de alta costura y se convirtió en un estratega empresarial, viajando a estudios como Warner Brothers y Paramount Pictures, y forjando relaciones con directivos y actores para llevar sus diseños a la gran pantalla.

En 1950, la actriz Marlene Dietrich le dijo al director Alfred Hitchcock que no actuaría en su película Pánico si su vestuario no era diseñado por Dior; de ahí nació la célebre frase “Sin Dior, no hay Dietrich”. Estas palabras luego Anderson las retomó como lema para su colección. En las piezas también hubo cortes de cintura baja, principalmente en los tres vestidos de apertura, adornados con apliques de amapolas en una paleta de amarillo y azul. El creativo puso especial atención en las camisas. Entre las piezas más destacadas estuvieron los vestidos camiseros de corte recto, con micropliegues inspirados en el diseñador español Mariano Fortuny y botones forrados ubicados de forma asimétrica. De igual manera hubo piezas de popelina, algodón y telas transparentes, del tipo que, como señaló Anderson, se vendían en los grandes almacenes durante los años 50.

La mayoría de los looks se complementaron con un pendiente de araña o con versiones del bolso Saddle de la época de Galliano, algunos en ante o cuero para el día a día, y otros, como uno inspirado en los coches Cadillac. Anderson también presentó ropa masculina, haciendo una declaración literal a través de los sombreros de Phillip Treacy que formaban palabras como "Star", "Flow" y "Buzz".

Por su parte, Gucci se ha volcado en la narrativa y la fantasía, y en su presentación realizada el pasado 16 de mayo, reafirmó su visión. Para sus directivos, la marca no es solo una prestigiosa casa de moda italiana reconocible al instante por sus herraduras y sus dos G, sino una empresa global tan relevante para un amplio abanico de generaciones y estratos socioeconómicos como Coca-Cola o McDonald's. Para el evento cerraron el centro de Times Square e instalaron una pasarela dentro del pasaje peatonal triangular donde millones de turistas se reúnen a diario para maravillarse con las pantallas gigantes y las luces brillantes.
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Esta famosa intersección y plaza peatonal es el corazón palpitante del distrito teatral y el centro neurálgico del consumismo estadounidense. Aquí, independientemente del precio, un producto es un producto, y está listo para la venta. Antes de que comenzara el desfile, las pantallas mostraron anuncios irónicos de Gucci para varias categorías de estilo de vida, algunas como ropa interior y joyería de alta gama, que ellos mismos producen. Otras, como Gucci Pets y Gucci Gym, eran falsas. Algunas eran reales, pero todos los anuncios parecían generados por IA (Demna ya había hablado de su interés y fascinación por el auge de esta herramienta).
Esto reforzó el nuevo concepto del "Guccicore", que pretende ser una especie de guardarropa básico para el cliente de la marca, incluyendo prendas como una camisa básica, faldas lápiz y un clásico chaquetón. La icónica actriz Sophia Lamar lució un lujoso abrigo de piel sobre una falda negra con una abertura hasta el muslo, mientras que Paris Hilton, con una divertida peluca castaña que pretendía darle un aspecto algo barato, se puso un vestido amarillo con lazada al estilo de los años 60 y un gran cinturón de banda verde y roja con el logo de la marca alrededor de la cintura. Durante todo el evento hubo varios accesorios para encantar a todo tipo de clienta de Gucci, desde los detalles de herradura en zapatos y bolsos hasta los modernos bolsos tipo saco sin marca y los tacones sexis al estilo de la época de Tom Ford.

Demna también rindió homenaje a la ciudad de Nueva York de forma más sutil: contrató al pintor local Rory Gevis y a la galerista Jeanne Greenberg, y sentó a la leyenda de la vida nocturna Susanne Bartsch y a la drag queen Lady Bunny una al lado de la otra en la primera fila. En las notas de su colección, el diseñador afirmó haberse inspirado en el estilo distintivo de La Gran Manzana: “Quería mostrar esta colección en el tipo de personas que uno podría encontrarse por la calle, individuos con su propia manera de vestir, una pluralidad de estilos que se entrecruzan como las calles de esta ciudad”. Su intención era diseñar un lanzamiento con un glamour desenfadado que evocara más el ambiente de Midtown o Meatpacking que el de Milán.
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A medida que avanzaba el desfile, la atmósfera cambió junto a una música más sensual, maquillaje con cejas finas al estilo de los años 20 y modelos que caminaban con paso pausado en lugar de contonearse. Este glamour desinhibido se percibió con mayor claridad en el caftán negro transparente, gótico y etéreo de la modelo Alex Consani, y en la profusión de joyas arcoíris, así como en el vestido negro cubierto de plumas que lució Cindy Crawford en el cierre.

El evento también planteó dudas: ¿Compran los consumidores artículos de lujo porque sus algoritmos —o una pantalla gigante en Times Square— se lo dictan?, ¿quieren menos logotipos o más (la mayoría de los directores creativos actuales apuestan por lo primero)?, ¿cómo puede la historia y la integridad de una casa de moda centenaria seguir siendo relevante hoy en día? Si el concepto de moda tradicional, que en su día fue cuestionado por diseñadores como Marc Jacobs con sus colaboraciones artísticas en Louis Vuitton o Karl Lagerfeld con sus tablas de surf y balones de fútbol en Chanel, es relevante, entonces quizás Demna esté haciendo algo similar con Gucci, aunque en un momento histórico muy diferente. Para él, la marca es a la vez un producto de lujo fundamental y un espacio de diseño revolucionario. (I)