Los Juegos Olímpicos de Invierno capturaron nuestra imaginación durante las últimas semanas como pocas cosas lo hacen. No solo fueron la distracción perfecta frente a los temores del mundo y el lodazal de la política global, sino también un brillante recordatorio del espíritu humano: de sus capacidades y de su resiliencia.
Y luego estuvo Alysa Liu.
La patinadora artística estadounidense se llevó dos medallas de oro en los Juegos de Milano Cortina: una en la competición por equipos y otra en la prueba individual. Su última presentación —una explosión gloriosa y técnicamente impecable al ritmo de Donna Summer— nos tiene a todos fascinados desde entonces. Fue una victoria absolutamente merecida, llena de saltos precisos, axels, giros Biellmann y una coreografía imaginativa. Pero gran parte de nuestra obsesión proviene de la propia Alysa. Su alegría desbordante y su desafiante individualismo han sido inspiradores.
Liu se convirtió en la primera mujer estadounidense en ganar el oro olímpico individual en 24 años, tras su también histórica victoria en el campeonato mundial de 2025, donde su título fue el primero para una estadounidense en 19 años. Pero el triunfo de la joven de 20 años fue aún más extraordinario a nivel personal. Esta temporada marcó su regreso al hielo después de haberse retirado del deporte —con apenas 16 años— cuatro años atrás.
Su renacimiento triunfal es una lección sobre cómo ganar en tus propios términos.
Liu creció en California y empezó a patinar a los cinco años, compitiendo a nivel nacional apenas dos años después. Su carrera juvenil estuvo marcada por un éxito casi sobrenatural, dominada por una serie de victorias y un conjunto de récords: fue la patinadora más joven de la historia en ejecutar un triple axel limpio en competición; la primera mujer en realizar un salto cuádruple y un triple axel en la misma rutina; y la atleta más joven en formar parte del equipo olímpico estadounidense en sus primeros Juegos, con 16 años, en Beijing 2022.
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En esos primeros Juegos Olímpicos terminó en séptimo lugar después de algunos pequeños errores que la hicieron descender en la clasificación. Aun así, en ese momento Liu declaró: “Estoy muy feliz de que todo mi entrenamiento haya valido la pena, porque estoy aquí compitiendo. El objetivo de toda mi vida y de mi carrera en el patinaje era competir en los Juegos Olímpicos, así que ahora puedo decir oficialmente que soy una atleta olímpica”.
Más tarde sorprendió al mundo al anunciar su retiro. El sueño, después de todo, ya se había cumplido. Un sueño que había sido posible gracias a su dedicado padre —un disidente chino que se trasladó a Estados Unidos tras las protestas de Tiananmen—, gran impulsor de su carrera y, según su exentrenador, alguien a quien Liu deseaba enorgullecer. Pero también era un sueño que había tenido un alto costo personal. En su comunicado de retiro, publicado en abril de 2022, escribió:
“Estaba tan concentrada en el patinaje que realmente no hacía mucho más”.
Además, sentía que su carrera estaba controlada por decisiones de otros y que nunca había sido realmente suya. Así que Liu no perdió tiempo en recuperar el resto de su vida y descubrir quién era fuera del deporte que la había definido desde los cinco años. Obtuvo su licencia de conducir, comenzó a estudiar psicología en UCLA y caminó hasta el campamento base del Everest.
Cuando regresó al patinaje artístico, parecía una intérprete completamente distinta. Y, por supuesto, lo era. Esta vez lo hacía en sus propios términos, sin medirse con la vara de otros, sino según sus propios deseos, pasiones y ambiciones. Todo, esta vez, sería una elección suya.
Patinó con música de Lady Gaga y con Stateside, de PinkPantheress y Zara Larsson. Mostró una constitución más fuerte y atlética (en su regreso le dijo a su entrenador: “nadie va a hacerme pasar hambre ni decirme qué puedo o no puedo comer”), llevaba piercings, actuaba con atuendos divertidos, y se tiñó el cabello para replicar los anillos de un árbol, marcando el paso del tiempo. Parecía más decididamente ella misma, más cómoda en su propia piel. “Realmente llegué a conocerme”, le dijo al Los Angeles Times, explicando que su carrera anterior significaba que “no podía conocerme de verdad. Solo hacía una cosa”.
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Ese paso atrás para luego saltar hacia adelante puede compararse con otros atletas de élite que han priorizado la salud mental por encima de la búsqueda obsesiva de medallas; y cuya autocompasión ha terminado produciendo grandes éxitos. Basta pensar en Simone Biles, que se retiró temporalmente de la gimnasia en 2020 debido a la ansiedad y luego dominó los Juegos Olímpicos de París 2024; o en Naomi Osaka, que se retiró de Roland Garros y abrió una conversación fundamental sobre la salud mental en el tenis.
“Ahora soy mucho más feliz”, dijo Liu a CNN cuando le preguntaron qué había cambiado para lograr su triunfo olímpico de 2026. La razón era que había regresado por realización personal, no por la victoria. Volvió en sus propios términos: no competía porque pensara que debía hacerlo, sino porque quería hacerlo. Recuperar su propia voz, dijo, fue “liberador”.
El recorrido de la olímpica es un maravilloso ejemplo de lo que ocurre cuando te sales de la carrera, das un paso atrás y reflexionas sobre lo que realmente quieres. ¿Con qué métricas te estás comparando? ¿Estás viviendo tu sueño o el de alguien más? ¿Buscas logros que realmente deseas o aquellos que crees que deberías desear?
La pausa de Liu le dio una perspectiva crucial sobre por qué patinaba. Y así regresó por el puro placer del deporte; al final, fue precisamente eso —además de algunos giros perfectamente ejecutados— lo que le dio el oro y conquistó nuestros corazones. Toda la energía que invirtió en ser ella misma hizo que su actuación fuera aún más cautivadora. Se divirtió, encarnando ese viejo dicho: Baila como si nadie estuviera mirando.
Aunque, claro, el mundo entero lo estaba y tomando nota. Como exclamó Liu con alegría al terminar su rutina ganadora del oro:
“¡De esto estoy hablando, carajo!”.
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Reino Unido. (I)