COYUNTURA

¿Tienen los artistas miedo a opinar?

Entre la presión del público y el riesgo de perder contratos, escenarios e ingresos, los artistas enfrentan una decisión que va más allá de hablar o callar. Dos voces de la escena musical ecuatoriana analizan los costos de tomar una postura.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's — BAZAAR Ecuador

El 14 de septiembre, el rapero estadounidense Macklemore anunció en sus redes sociales que fue excluido de los ocho conciertos que le quedaban como telonero en la gira Loop, del británico Ed Sheeran. La polémica comenzó 10 días antes, durante el concierto inaugural en Nueva Jersey, donde interpretó Hind’s Hall, una canción en apoyo a los estudiantes que protestaban en los campus estadounidenses, y pronunció las palabras “Palestina libre”.

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Después de una petición del Consejo Israelí-Estadounidense para retirarlo del cartel y de las críticas públicas de la cantante Pink, Macklemore contó que había pasado una semana en “conversaciones difíciles”. Según su relato, Sheeran le explicó que Robert Kraft, dueño del estadio Gillette, y otros propietarios de recintos habían dado un ultimátum. Kraft sostuvo que la decisión respondía a lo ocurrido en Nueva Jersey y a un historial de retórica e imágenes que considera antisemitas. Sheeran, por su parte, atribuyó la exclusión a los recintos y al promotor y afirmó que su silencio público no significaba que careciera de una postura. Un día después, los otros cuatro teloneros —Beoga, Aaron Rowe, Lukas Graham y Finneas— se retiraron de la gira.

La discusión dejó de girar únicamente alrededor de Macklemore. También puso bajo escrutinio a Sheeran: qué había dicho, qué había callado y hasta dónde estaba dispuesto a intervenir. El episodio generó una tensión que atraviesa la industria musical, mientras parte del público exige posicionamientos, tomar postura puede comprometer contratos, escenarios y relaciones comerciales. ¿Tienen hoy los artistas más miedo a opinar?

La pregunta obliga a revisar qué esperamos de estas personas. La música popular tiene antecedentes de grandes figuras que pusieron su fama al servicio de una causa. En 1985, Michael Jackson y Lionel Richie escribieron We are the world, una canción que reunió a decenas de estrellas para recaudar fondos contra la hambruna en África. Ese mismo año, Live Aid convocó a músicos como Queen, David Bowie, U2 y Madonna en conciertos destinados a financiar ayuda en Etiopía.

Según una encuesta publicada por ArtsProfessional en 2020, que reunió 513 respuestas de artistas y trabajadores culturales, más del 80 % consideraba que expresar opiniones controvertidas podía conducir al aislamiento profesional. El temor también condicionaba las críticas a quienes financiaban el sector: cerca del 70 % dijo que no cuestionaría públicamente sus acciones por miedo a comprometer su financiación futura. Un informe posterior de Freedom in the Arts, Afraid to Speak Freely, publicado en mayo de 2025, describe un clima de mayor autocensura. 

El 52,1 % de quienes respondieron dijo que rara vez o nunca se sentía libre de expresar públicamente sus opiniones sobre asuntos que afectaban al sector artístico.

La reacción de las audiencias puede tener un costo para las celebridades. Un experimento publicado en Psychology of Popular Media, con 382 participantes, utilizó tuits ficticios atribuidos a actores conocidos. Quienes leían posiciones políticas contrarias a las propias reportaban un vínculo más débil con el actor y atribuían menos importancia al asunto que quienes leían posiciones coincidentes. Aquellos que ya sentían mayor simpatía por la celebridad, en cambio, mostraban mayor tendencia a separar sus opiniones políticas de su trabajo para seguir disfrutando de su contenido. 

Para Gris Onofre, agente musical ecuatoriana, el miedo a opinar no es nuevo. Tampoco lo es la relación entre cultura y política. “Es polémico decir que justamente la cultura tiene una responsabilidad política, pero para mí siempre ha existido el poder cultural e inherentemente va a ser político”. 

A eso se suma una inquietud por quién concentra el poder dentro del negocio. “Todos estamos viendo que realmente lo que consumimos cae en el puñado de muy poca gente que es dueña de absolutamente todo”. El caso de Macklemore pone rostro a esa concentración. Robert Kraft es un empresario multimillonario dueño de los New England Patriots, equipo de fútbol americano de la NFL. Su grupo empresarial, Kraft Group, también es propietario del estadio Gillette, donde Sheeran tenía previstas dos presentaciones. Su influencia, por tanto, no se limita al deporte: también controla uno de los escenarios de las grandes giras musicales. 

Si la circulación de la música depende de un grupo reducido de empresas, plataformas y propietarios, las decisiones de esos actores condicionan el espacio disponible para disentir.

Sin embargo, no todos los músicos pueden responder en las mismas condiciones. La agente plantea que figuras de alcance global, como Taylor Swift o Bad Bunny, tendrían una capacidad de presión muy distinta a la de un proyecto independiente si decidieran abandonar una plataforma como Spotify. Para un artista pequeño, renunciar o tomar una posición puede significar perder una vía importante para encontrar público. Entonces, defender una postura convive con una necesidad inmediata de sostener económicamente el proyecto. Más que una elección entre valentía y cobardía, Onofre explica que se trata también de una desigualdad de recursos y de poder de negociación. Eso no significa que la independencia obligue al silencio. 

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Ella menciona al artista ecuatoriano Pedro Bonfim como ejemplo de alguien que ha integrado sus posiciones políticas a su trabajo de una manera que considera inteligente y coherente. Para esta profesional, el compromiso tampoco se expresa únicamente en declaraciones públicas. La agente considera que algunos artistas están reconociendo su capacidad para intervenir mediante otras decisiones: organizar conciertos, destinar la recaudación a una causa o crear espacios que respondan a sus convicciones. Menciona a Olivia Rodrigo al hablar de iniciativas que ponen a las mujeres en el centro de la programación y del apoyo económico. Desde su perspectiva, esas decisiones también constituyen una forma de acción política.

¿Una industria que prefiere no incomodar?

El locutor y músico ecuatoriano Kevin Hidalgo coincide en que el miedo no empezó con el poder de las redes sociales. A su juicio, se ha intensificado dentro de una industria cada vez más preocupada por controlar la comunicación de sus artistas y proteger sus intereses económicos. 

Para él, hay una diferencia entre los artistas que construyeron una comunidad antes de incorporarse al negocio y aquellos cuyas carreras se desarrollaron desde el principio dentro de la industria musical convencional. Esa trayectoria influye en el margen que tienen para hablar.

Hidalgo recuerda a bandas como Oasis y Rage Against the Machine, cuyas identidades públicas incorporaron discursos de clase o posiciones frente a la desigualdad, el racismo y el antifascismo. Luego de eso, “las disqueras entendieron que controlar la narrativa de bandas conformadas por cuatro, cinco, seis integrantes era muy complicado comunicacionalmente y empezaron a apostarle más al formato solista”.

Esos artistas “apolíticos”, sostiene, no son necesariamente producto del azar. “Fueron construidos desde el principio como eso, como personajes que no se pronuncian frente a temas sensibles, que no se pronuncian frente a polémicas que puedan costar oportunidades de negocio”. 

Hidalgo trae a la conversación a James Hetfield, vocalista de Metallica, quien el 10 de octubre, durante un concierto en Las Vegas, defendió sus presentaciones como un espacio para olvidarse de lo que ocurre afuera. “Metallica no está aquí, como otros artistas, para influenciarte con su basura”. Aunque no mencionó a ningún artista por su nombre, sus declaraciones llegaron en medio de la discusión sobre los posicionamientos políticos desde el escenario.

Para Hidalgo, esa distancia resulta contradictoria en una banda que tiene un disco titulado ...And justice for all. La tensión no está únicamente en el nombre: el repertorio de este grupo aborda la guerra, el poder y la injusticia, aunque Hetfield distingue esos temas de la intención de orientar políticamente a su audiencia. 

El músico ecuatoriano no plantea que todos los artistas deban asumir un activismo permanente. “No es que tienen la obligación de opinar”. Lo que reivindica Hidalgo es el carácter colectivo de la música y su capacidad para generar preguntas incómodas desde el escenario. “Todas las generaciones se han enfrentado a la desigualdad, a la pobreza, a la injusticia, y el arte siempre ha estado ahí como respuesta política, recordándonos que podemos construir mundos mejores”.

Fuera de la música, el caso de la escritora irlandesa Sally Rooney muestra hasta dónde pueden llegar las consecuencias de un posicionamiento. El 14 de octubre, la autora de Normal People y su editorial, Faber, anunciaron que dejarían de suministrar sus libros en el Reino Unido. La decisión se relaciona con su intención de destinar regalías a Palestine Action, una organización de acción directa que el Gobierno británico declaró terrorista en 2025. Según Faber, la legislación vigente impedía transferirle los ingresos de sus ventas británicas en esas circunstancias.

No se trata de una prohibición estatal de sus novelas por su contenido. La editorial suspendió el suministro, de acuerdo con Rooney, por las posibles consecuencias legales de esos pagos. Las librerías podían seguir vendiendo los ejemplares que ya tenían. La autora, por su parte, sostuvo que había sido transparente sobre sus convicciones y que estaba dispuesta a asumir las consecuencias. Su caso introduce un matiz en la pregunta sobre el miedo a opinar. Hay artistas que mantienen sus posiciones aun cuando estas comprometen la circulación de su obra y sus ingresos. La discusión no pasa solo por quién habla o quién calla, sino por las condiciones y los costos de esa decisión.

En el circuito ecuatoriano, estas tensiones adquieren otra escala y distintas formas. En el Quitofest de 2024, Mugre Sur simuló el ahorcamiento de una figura de cartón de Daniel Noboa, una intervención que provocó el rechazo del Ministerio de Cultura y pedidos de sanciones desde sectores políticos. La discusión enfrentó a quienes interpretaron el acto como una incitación a la violencia y quienes defendieron su carácter de expresión artística y crítica al poder.

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Pedro Bonfim, mencionado antes por Onofre, fue una de las voces que respaldaron a la agrupación. El entonces vocalista de Lolabúm defendió la dimensión política de la creación: “El arte debe ser un lugar para entendernos como actores políticos”. 

También estuvo el caso de Jombriel. Durante la campaña presidencial de 2025, el cantante participó en eventos tanto de Daniel Noboa como de Luisa González. Sin embargo, su aparición en una transmisión de TikTok con González, un día antes de la segunda vuelta, desató críticas en redes sociales. “Lo único que hice fue hacer mi trabajo”, respondió el artista, que defendió sus presentaciones como parte de su actividad profesional.

Hidalgo percibe que los artistas jóvenes  temen perder oportunidades si se pronuncian sobre temas sensibles. A esa preocupación se suma, según su diagnóstico, el menor interés de los grandes medios locales ecuatorianos por la música independiente, algo que Onofre también critica. 

Hidalgo concluye que la decisión final sigue siendo del artista. Hablar puede costarle oportunidades; callar puede distanciarlo de la comunidad que lo escucha. La pregunta no es solo quién se atreve a opinar, sino quién puede asumir las consecuencias de hacerlo. Para cerrar, repasamos algunos de los casos más emblemáticos de artistas que han hecho pública su posición política.

1. Sinéad O'Connor (1992)

O'Connor rompió una foto del Papa Juan Pablo II durante una presentación en vivo en Saturday Night Live tras cantar War de Bob Marley, como protesta contra los abusos infantiles en la Iglesia Católica. 

2. Sacheen Littlefeather y Marlon Brando (1973)

Brando rechazó su Oscar a Mejor Actor por El Padrino y envió en su lugar a la activista indígena Sacheen Littlefeather para denunciar el trato estereotipado a los nativos americanos en Hollywood y la represión militar en Wounded Knee. 

3. Richard Gere (1993)

Durante la entrega de los Oscar de 1993, Richard Gere se salió del guion para denunciar públicamente al gobierno chino por la violación de derechos humanos en la ocupación del Tíbet. A raíz de este gesto, el actor denunció haber sido vetado de la ceremonia por años y marginado de importantes producciones cinematográficas debido a la influencia económica de China en Hollywood.

4. Robert De Niro (2018)

De Niro ha utilizado plataformas públicas y galas de premios para expresar duras críticas contra Donald Trump, denunciando su liderazgo y el impacto de su política en la democracia estadounidense. 

5. Courtney Love (2005)

En una alfombra roja de 2005, Courtney Love advirtió abiertamente a las jóvenes actrices que evitaran asistir a reuniones privadas con el productor Harvey Weinstein en su hotel. Eso pasó más de una década antes de que las acusaciones masivas del movimiento #MeToo confirmaran sus palabras y llevaran a Weinstein a prisión. (I)