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Celeste Rivas Hernández tenía 14 años cuando sus restos fueron hallados, el 8 de septiembre de 2025, en el compartimento delantero de un Tesla abandonado en Estados Unidos. El vehículo estaba registrado a nombre de David Anthony Burke, un músico conocido como D4vd. De pronto, frente a la polémica que generó la noticia, en el internet muchos se convirtieron en detectives superdotados. Usuarios comenzaron a revisar letras de canciones, transmisiones en vivo, publicaciones antiguas y videos compartidos en redes sociales.

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Creadores de contenido hicieron teorías, memes, edits y videos. Inclusive, algunos asistieron a las audiencias judiciales para luego hacer un follow-up del caso con sus seguidores. En cuestión de días, una investigación compleja se convirtió también en una narrativa colectiva. Era una historia que el público podía observar, comentar, reinterpretar y consumir en tiempo real. Pero una pregunta quedó suspendida: ¿en qué momento una adolescente desaparecida dejó de ser una persona para convertirse en un caso?

Nuestras vidas ya no están alejadas de las historias de asesinos en serie o casos policiales. Ya los veíamos en las noticias, en los medios de comunicación, pero ahora también se transformaron en una forma de entretenimiento: el true crime. El género tiene antecedentes en la crónica roja, el periodismo narrativo, la literatura de no ficción y los documentales de investigación. Sin embargo, su actual dimensión audiovisual y digital tomó fuerza a partir de producciones como el podcast Serial, estrenado en 2014, The Jinx, de HBO, y Making a Murderer, de Netflix.

Según un estudio global de la consultora Digital i, esta categoría se acerca ya a lo masivo en Occidente. En 2020, representaba el 30 % de los 20 documentales más vistos de Netflix. Es decir, seis títulos dentro del ranking. En 2024, esta proporción ascendió hasta el 75 %, así que 15 de los 20 documentales con mayor éxito en la plataforma están basados en crímenes reales. 

En España, por ejemplo, el 42 % de suscriptores vió al menos 20 minutos de algún título de true crime durante ese año.

La forma en que contamos estas historias también ha cambiado. Ya no solo se cuentan en documentales. Aparecen en podcasts, series dramatizadas, videos de YouTube, transmisiones en vivo, hilos de X, clips de TikTok y usuarios dedicados a reconstruir expedientes. Muchas producciones han pasado de narrar el caso, a incorporar la voz del asesino para que relate su propia historia.

Una publicación de 2023, de la empresa Vivint, realizó una encuesta a 1.000 fanáticos del género en Estados Unidos, y descubrió que la persona promedio de true crime dedica 3,8 horas a la semana a este contenido; una cifra que asciende hasta las 4,6 horas en la generación Z.

Para Verónica Varela, neuropsicóloga ecuatoriana, este auge tiene una explicación que va más allá del morbo. Según relata, existen investigaciones que muestran que las mujeres son sus mayores espectadoras. “La hipótesis más sólida es que buscamos información de supervivencia. A las personas que tienen rasgos ansiosos, lo miran porque les da esta sensación de prepararse, anticiparse al peligro, de estar un paso adelante”.

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Para ella, la visualización repetitiva de este tipo de productos sí tiene un impacto en el cerebro. Lo divide en tres partes: una cognitiva, una emocional y una social-relacional. La primera tiene que ver con la forma en que almacenamos y procesamos la información. Cuando una persona ve constantemente historias sobre asesinatos, desapariciones o violencia, el cerebro puede empezar a sobreestimar la posibilidad de que algo así le ocurra. “También crea una hipervigilancia y un pensamiento catastrófico, porque no es raro encontrar que empiecen a revisar más las cerraduras, evitar ciertos lugares, desconfiar de desconocidos. Entonces se sienten cada vez más inseguras”, explica.

Dentro de la parte cognitiva también está la afición por investigar. Varela señala que después de exponerse repetidamente a estas narrativas, se sienten parte de estas. “Se convierten en detectives aficionados. Crea una falsa sensación de ser expertos, de ser criminólogos, sobre todo en plataformas como TikTok”.

Varela explica que el sistema atencional se engancha fácilmente con los estímulos amenazantes. Esto genera un hiperfoco en situaciones de peligro o en crímenes cercanos. Por eso, cuando un caso se vuelve viral y todavía está en proceso judicial, el público no solo observa, también revisa pruebas, interpreta publicaciones, encuentra supuestas pistas y emite veredictos desde redes sociales.

La segunda parte es emocional. Para la especialista, también se reduce la respuesta afectiva y genera una desensibilización progresiva. “El estar consumiendo el dolor ajeno de una manera constante, agota la capacidad de empatía, no porque a la persona no le importe, sino porque nuestro sistema interno emocional empieza a saturarse de tanto contenido”.

La última esfera es la social-relacional. Ahí, Varela habla de la normalización de ciertos relatos de violencia, sobre todo de género. Lo que antes generaba rechazo social —como bromas, memes o comentarios sobre asesinos— hoy circula en redes con una naturalidad inquietante.

Esto también se ha visto en producciones sobre Jeffrey Dahmer o Ted Bundy, donde parte de la conversación se concentró en la apariencia, el supuesto atractivo o el “carisma” de los victimarios, mientras las víctimas y las familias quedaban en segundo plano. 

“Hay producciones en donde se reduce al afectado a un personaje secundario frente al encanto del victimario. La víctima queda hecha a un lado, mientras el protagonismo y la fascinación se los lleva la persona que cometió el crimen”, indica.

Jorge Rosero, neuropsicólogo clínico, coincide en que el consumo constante de contenido violento puede enganchar. Según comenta, este tipo de series, podcasts o películas activa los circuitos de recompensa del cerebro, debido a la tensión, el suspenso y la expectativa de resolver un misterio. “Este proceso es muy similar al mecanismo de gratificación cerebral que ocurre en las adicciones, lo que explica por qué las personas se anclan a estas producciones”.

Sin embargo, Rosero prefiere hablar de normalización antes que de desensibilización. “Normalizamos esta situación, la vamos haciendo parte de nuestra vida cotidiana. Después de dos o tres meses, las personas ya no se asombraban de la violencia, de las muertes; porque ya normalizamos que eso iba a suceder”.

Para él, el fenómeno obliga a preguntarnos qué estamos consumiendo y por qué. “Tal vez ya no es un coliseo viendo a una persona luchar contra un león; ahora es básicamente lo mismo, pero en otro tipo de contexto. Tal vez nuestra naturaleza sigue siendo la misma y eso nos lleva más bien a reflexionar hacia dónde vamos como sociedad”.

Pero, ¿por qué seguimos viendo este contenido? Para Varela, hay un deseo genuino de comprender la mente humana, entender qué conducta hay detrás de un crimen y por qué alguien hizo lo que hizo. Aunque también entra en juego lo que se conoce como morbid curiosity, o curiosidad mórbida.

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“Vemos estas historias para aprender a identificar señales de riesgo sin exponernos realmente a esas situaciones. Es como que necesitamos saber sobre los depredadores aunque no seamos cazados por ellos. Y acá hay otro factor importantísimo, que es el miedo. Este activa un sistema de alerta en nuestro cerebro, aunque sabemos que estamos a salvo”, explica.

Sin embargo, en algún punto se cruza una línea. El morbo no busca comprender, prevenir ni satisfacer una curiosidad que pueda ser útil. Aunque inicialmente puede partir de esta, se concentra en el impacto. Es decir, en el sufrimiento de la víctima convertido en espectáculo. “Es como una pornografía del dolor, donde somos espectadores. No busca nada más, no hay una función adaptativa. Es solo el mero consumo”, dice Varela.

La neuropsicóloga también dibuja una diferencia entre la vida real y las narrativas de true crime. Muchos de estos relatos ofrecen respuestas, hay una investigación, un culpable, un juicio o algún tipo de cierre. Esa estructura puede calmar la ansiedad frente a un mundo que muchas veces parece caótico e injusto.

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Pero cuando un feminicidio o un asesinato todavía está en proceso judicial y se convierte en contenido viral en redes sociales ocurre algo distinto al género clásico. Ya no hay distancia temporal ni una historia cerrada. La investigación sigue en curso, las familias atraviesan el duelo y, aun así, el caso se convierte en un espacio de análisis y entretenimiento para miles de personas.

Ahí, comenta Varela, el público se transforma en ese detective. Todos parecen ser criminólogos, criminalistas, expertos en balística o jurados con la potestad —y, a veces, la superioridad moral— de emitir un veredicto sobre qué ocurrió, quién es culpable y qué debería ser justo o no.

Eso también se ve en el caso de Celeste. Hablamos de una adolescente que fue buscada durante cuatro meses por sus padres, pero que en redes puede terminar reducida a un juego de encontrar pistas, revisar canciones y hacer edits de TikTok. El centro de la conversación deja de ser quién era ella, su familia o la violencia que atravesó, y pasa a ser el misterio que el público quiere resolver.

@regular_goobler R.I.P Celeste either way. D4vid GENUINELY singing his heart out so they don’t give him the death sentence🫩💔🥀 #D4vid #celeste #singing #funny #viral ♬ original sound - GOOBLER

Frente a esto, Varela considera que sí es posible recuperar la sensibilidad, pero que el primer paso es cuestionar el propio consumo. Antes de darle play a un documental, ver un video o seguir una investigación en redes, propone hacerse una pregunta: ¿esto que quiero ver me ayuda a entender algo, incluso dentro de mí, o solo me entretiene con el dolor ajeno?

No basta con responder que es “solo por gusto”. La clave está en mirar con mayor sentido crítico aquello que compartimos y comentamos. También en priorizar producciones que se centren en las víctimas y no en el victimario.

Como espectadores, finaliza la neuropsicóloga, también existe una responsabilidad ética y moral de no seguir reproduciendo contenido que apela únicamente al morbo, que convierte una tragedia en tendencia o que usa el dolor de una persona real para generar entretenimiento. Un cuestionamiento válido antes de encender el televisor, elegir una serie o reproducir un video en nuestro hogar. (I)