Patrimonio

¿Los museos todavía cuentan quiénes somos?

Hoy celebramos el Día Internacional de los Museos con una conversación con cuatro protagonistas del ecosistema cultural.

Por Emilia Palacios Mosquera

PORTADA MUSEOS WEB — Harper's Bazaar Ecuador

Los museos están ahí, en grandes edificios, iglesias, universidades o casas patrimoniales. En Quito forman parte del paisaje cotidiano del Centro Histórico, aunque rara vez los aprovechamos con la intensidad de otras ciudades alrededor del mundo donde las entradas a las exposiciones se agotan meses antes y las filas rodean la cuadra. No voy a decir que los museos son parte de mi rutina. Mi relación con ellos empezó en las excursiones del colegio y en visitas organizadas para complementar clases de historia, arte o ciencias. Pero, en un mundo digital, donde podemos tener una foto en el teléfono de una obra de Guayasamín o una escultura de la cultura Manteño Huancavilca, ¿qué lugar ocupa la experiencia de encontrarse con esas piezas físicamente?

Su nombre proviene del término latino musēum y este a su vez del griego mouseion, que significa "casa o templo de las musas". En la antigüedad, según registros, las personas sentían la necesidad de reunir y conservar objetos valiosos —por devoción, prestigio o memoria— y por esa razón nace, siglos después, el museo. Primero fueron colecciones privadas, gabinetes de curiosidades y tesoros acumulados por monarquías y élites europeas. Con el tiempo, evolucionaron hasta ser escenarios abiertos al público. Son sitios donde las sociedades intentan entender quiénes fueron y cómo quieren contarse.

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¿Cómo dialoga Ecuador con esta realidad? Según el Directorio Nacional de Museos, en 2019, el país tenía 175 registrados: 120 públicos, 29 privados, 18 eclesiásticos y ocho comunitarios. "Quito tiene más de 60, la mayoría concentrados en el centro. Esto refleja históricamente la centralidad cultural como prioridad dentro de las gestiones municipales y eso es innegable. Guayaquil, siendo la segunda ciudad más importante, no tiene más de 10", explica Ivett Celi, directora ejecutiva de la Fundación Museos de la Ciudad. Esta institución acaba de cumplir 20 años en la administración de cinco sitios. A pesar de proyectos recientes, como las activaciones de los museos de Manta, Bahía y Portoviejo, estos espacios todavía se sienten lejanos para gran parte de la población, especialmente fuera de la capital.

Para Francisco Arrieta, director del Centro Cultural de la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE), la cultura latinoamericana funciona muchas veces como “un trofeo en la estantería de la casa. Cuando jugabas básquet y ganabas un premio, lo dejabas ahí y te olvidabas. Nadie lo tomaba en cuenta hasta que se mencionaba en una reunión social. Después, volvía a quedar de lado”. El centro de esta universidad se destaca por custodiar cerca de 35.000 bienes patrimoniales en 14.000 metros cuadrados distribuidos en ocho pisos, donde existen dos museos y dos archivos históricos. Para él, estas instituciones representan "identidad, raíz, compromiso y soberanía". Arrieta indica que se registran entre 300 y 500 asistentes mensuales. Sin embargo, a diario, cientos de estudiantes pasan frente a sus puertas como parte de su rutina, pero pocos entran. La pregunta, entonces, deja de ser cuántos espacios como este existen en una ciudad y pasa a ser otra: ¿qué tan presentes les dejamos que estén en nuestra vida?.

Durante años, los museos cargaron con una imagen solemne. Espacios silenciosos, rígidos y distantes, donde las piezas parecían existir lejos del presente. La dinámica seguía casi siempre la misma lógica: entrar, recorrer las salas, leer los textos y salir. Una rutina que, con el tiempo, podía sentirse agotadora. A medida que las sociedades cambiaron, estas instituciones tuvieron que reinventarse. Lucía Durán, directora ejecutiva de Museo Casa del Alabado, comenta que ya no son solo lugares contemplativos. 

"Su misión es transformar tu mirada del presente. Aunque existan distintos tipos —arqueológicos, comunitarios, históricos, entre otros— todos comparten una vocación pública. Además, necesitan tocarte, emocionarte y hacerte sentir parte de algo”.

En Casa del Alabado, esa idea se materializa en lo que Lucía llama “constelaciones”: redes de personas de distintas disciplinas que se conectan con el museo y sus piezas. La reserva alberga más de 7.000 objetos con hasta 8.000 años de historia. Artistas, ceramistas, arqueólogos, joyeros y tatuadores acceden a ellas para investigar, reinterpretar y crear a partir de la inspiración prehispánica. En 2025, la misma administración presentó a los quiteños el Museo al Aire Libre, en la plaza de Santa Clara. Los sábados y domingos ofrecen talleres de arte para niños, conciertos y ferias. En ese mismo año, 3.000 infantes participaron en eventos abiertos. Este 2026 inauguraron su primera exposición sobre el agua y el río Machángara.

Durán aclara que las barreras no son principalmente económicas. "La entrada es gratuita el último miércoles de cada mes. Los grupos sin capacidad de pago entran igualmente sin costo. La barrera real es la falta de hábito, la falta de información y la intimidación que generan las estructuras monumentales. El reto es acercar estas instituciones y que la gente deje de tener miedo, que sepa que estos espacios les acogen". Reconoce que el consumo cultural en Ecuador sigue siendo bajo; sin embargo, observa un mayor interés de los jóvenes, que impulsan cineclubes en barrios, galerías independientes y proyectos de creación digital. Celi añade que "ahora, por ejemplo, estos sitios son pet friendly. Puedes ir con tu mascota a disfrutar, sentarte en los espacios verdes, asistir a una feria que se realiza dentro del museo. Eso es importante". 

Para ella, el futuro es transformar estas entidades en "un lugar de encuentro, de tranquilidad, de juntarse y de estar". 

En la PUCE, en cambio, el trabajo tomó otra dirección. Este año, organizaron recorridos teatralizados donde personajes históricos como Jacinto Jijón y Caamaño, el padre Pedro Porras o María Luisa Flores reciben al público dentro de las salas. También incorporaron eventos con lenguaje de señas y una obra basada en cartas y relatos personales de figuras históricas ecuatorianas. "Nos interesa que la gente conecte con los relatos detrás de los personajes. No solo con el prócer o el político", comenta Arrieta. La intención es dejar de mirar la historia como algo distante y construir una relación más cercana con los visitantes. La Fundación Museos de la Ciudad registró cerca de 79.000 usuarios durante julio y agosto de 2024, un incremento del 11 % respecto al mismo periodo de 2023. Además, sus directivos aseguran que cuentan con un promedio de 500.000 visitas al año en los cinco museos. Esto representa el 18,52 % de la población total de Quito (La ciudad cuenta con aproximadamente 2.700.000 habitantes, según información del INEC en 2020). 

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El vínculo que tenemos con estos sitios cambia dependiendo del rincón desde donde se mira. La ecuatoriana María Fernanda Ugalde, de 53 años, es una arqueóloga que trabaja en el exterior. Ella es una de las curadoras más destacadas en el país al ser responsable de la colección de Arte de las Américas en el Museo Rietberg de Suiza. Seguir su pasión implicó viajar, estudiar en los 90 en Alemania y regresar a Ecuador para poner en práctica lo que aprendía. Para esta experta, los museos ecuatorianos hablan, en su mayoría, de la propia civilización y de los ancestros locales, mientras que muchas instituciones europeas construyeron sus colecciones desde la idea de "la otredad". 

Esa diferencia cambia las preguntas alrededor del patrimonio. "En el continente europeo la cuestión es ¿de quién es?, ¿a quién pertenece?, ¿tenemos que devolver o no? En cambio, en Latinoamérica es ¿para quién lo presentamos?”. Actualmente, Ugalde prepara una exposición sobre arqueología amazónica que se inaugurará este octubre en Suiza. Es un proyecto que va más allá de la curaduría y arqueología tradicional. Afirma que es un trabajo colaborativo directo con comunidades amazónicas contemporáneas. 

“No se trata solo de exhibir objetos de culturas ancestrales, sino de construir las narrativas junto con las comunidades descendientes, que son quienes tienen el vínculo real con ese patrimonio”.  

Ella diferencia el impacto de un museo frente a la divulgación de un paper académico. En 2019, expuso DIVERS[ ]S: Facetas del género en el Ecuador prehispánico, presentada en el Museo Nacional. "En esta primera exposición llegaron personas de todos lados, de todas las edades, de todo tipo de intereses”. El museo le mostró que podía alcanzar audiencias que una publicación científica jamás tocaría. 

Pero, ninguna de esas transformaciones y oportunidades ocurre sin recursos. Celi indica que "ningún museo del mundo es autosostenible. Solo aquellos anclados a grandes fortunas o financiados por el Estado". La diferencia entre los presupuestos de Europa y Latinoamérica es evidente y eso impacta directamente en la investigación, conservación, programación y acceso. Por ejemplo, el Rietberg de Zúrich despliega cinco exposiciones temporales al año—dos de ellas consideradas grandes producciones curatoriales— con cerca de 100 empleados y un modelo de financiamiento mixto.  Por su parte, según documentación del 2022 del Ministerio de Cultura y Patrimonio, el Museo Nacional del Ecuador (MuNA) mantiene alrededor de tres exposiciones temporales principales por año, con una escala operativa menor y dependencia de fondos estatales. En ese contexto, el Gobierno ecuatoriano anunció, en 2025, el inicio del proyecto para construir una nueva sede propia para el MuNA con una inversión estimada de US$ 100 millones. Ugarte comparte que es “clave la inversión desde el Estado. Es su obligación invertir entendiendo que no es algo económico para obtener un rédito. El beneficio, en este caso, es un pueblo mejor formado y mejor disfrutado de la cultura”. Según Celi, la estabilidad de los procesos es la que garantiza el éxito de estas instituciones.

 “La Fundación Museos de la Ciudad cumplió 20 años de estabilidad consecutiva. El Museo Nacional apenas tiene ocho años de vida institucional, cuando debería tener entre 210 a 215 años".

Hay un punto donde todos los entrevistados coinciden: el museo es una experiencia difícil de reemplazar. Durán señala que "una exposición no son solo las piezas. Es el recorrido, el espacio y la manera en que alguien construyó ese viaje para ti". Probablemente lo digital nos permitió acercarnos a obras y objetos que muchas personas nunca verán físicamente. No obstante, vivimos en un momento donde acumulamos imágenes todo el tiempo y rara vez volvemos a ellas. Frente a eso, esta atmósfera propone otra velocidad. Obliga a detenerse, observar y construir una afinidad distinta con esta herencia. Celi lo explica así: “Una cosa es leer en Wikipedia o ChatGPT información fría, sin alimento espiritual. Otra es vivirla a través de algo que te conmueve y que te impacta. ¿Cuántos niños que pasaron por el Yaku ahora son biólogos?, ¿cuántos del Museo Interactivo de Ciencias son científicos? Estas edificaciones tienen la capacidad de transformar la vida porque te entregan un encuentro único".

Los museos resisten y generan conversaciones, de aquellas que probablemente tienes pendiente con tu abuela sobre lo que ella vivía. Una oportunidad que despierta curiosidad para que vayas a visitar más. Aunque mi relación en un inicio fue netamente académica, hoy siento que me une con las personas que quiero. Son un punto de encuentro con mis amigos para consumir arte y un lugar para aprender datos curiosos de quiénes somos y cómo fuimos como sociedad; incluso para conocer cómo una pieza de cerámica puede contarnos más de lo que pensamos. Ahí radica una de las capacidades más valiosas: la posibilidad de generar diálogo y conexión. Para Ugalde, "es el momento de aprender y de contemplar. Siento que siempre recibo algo y eso me parece maravilloso". Ahora depende de cada ciudadano decidir qué lugar le da en su vida cotidiana. (I)