Apelando a su memoria de elefante, pudimos recorrer esos primeros años, que marcaron su personalidad. Sus padres la tuvieron muy jóvenes y permanecieron juntos hasta que María Gabriela tuvo tres años. Es un número relevante en su vida, porque a esa misma edad —mientras su hogar cambiaba de forma— ella sabía que quería ser cantante. Recuerda los discos de vinilo, los casetes y, sobre todo, el nacimiento del canal MTV. Junto a sus tías —que le llevan no más de siete años—, admiraba cómo las bandas mutaban para incursionar en los videoclips. En la casa de su abuela prefería ver a las cantantes, con sus vestuarios y su performance, antes que dibujos animados. No es un don heredado. En su familia hay lindas voces, pero nadie se dedica a esta profesión.
Gabriela nació hace 41 años y estudió su primera etapa en el colegio Los Pinos, en Quito, junto a sus tías, quienes asistían a clases de coro en las tardes. Ella debía esperar todos los días hasta que acaben sus ensayos. Estaba en primer grado y se ganó un solo en el coro de las niñas grandes para cantar “El patito chiquito”. Esas horas de espera le permitieron encontrar una de sus mayores adicciones: los escenarios. “Tenía seis años y me aplaudieron al terminar. Yo creo que mi alma dijo: ‘De aquí eres’. Tengo una conexión única con el ritmo y las notas. Puedo estar en la conversación más importante del mundo, pero, si escucho una canción, mi cerebro automáticamente se paraliza y me dejo llevar”. Es como una vitamina para su cuerpo. En medio de las fotografías para esta portada no podían faltar aquellas melodías que le subían la dopamina. Desenvuelta, carismática y con un rostro muy expresivo, no tiene miedo a intentar, pero ella ya sabe cómo le gustan las cosas.
“Era una niña muy tímida e introvertida”, comenta entre risas. Estas características no encajan con el perfil de una artista que ganó un reality show, cinco premios MTV y una nominación a los Latin Grammy; además de grabar el soundtrack de una película de Disney y ser embajadora de Unicef en América Latina. Sin embargo, en las clases de música dejaba de ser una persona callada y de pocas amigas. Le gustaba participar y su madre, Paulina Jervis, se dio cuenta de ello. A los 14 años, le obsequiaron una grabadora y, apenas llegaba del colegio —a escondidas—, interpretaba con el micrófono los temas de Shakira. Fue en sexto curso, a los 17, en un talent show, cuando encontró el camino, uno lleno de ciclos, que la han forjado como una mujer de carácter. Una disquera ecuatoriana la vio esa noche, pero nunca se concretó nada porque le pedían una cantidad de dinero que no estaba en sus posibilidades. “Me desilusioné y fue un golpe muy duro. Me enfoqué en mis estudios para tener una beca y estudiar psicología infantil, hasta que mi mamá escuchó en la radio la publicidad del reality Popstars”. Ella sabía que su corazón ya no podía resistir otra negativa, así que su mamá hizo un complot con su mejor amiga para que fuera a la audición. Al final entró y ganó.
En YouTube se puede ver cómo escogieron a las cinco vocalistas que integraron Kiruba en 2003. Este fue un formato de Nueva Zelanda que el canal Teleamazonas adaptó a la televisión nacional. El objetivo era formar una banda de pop femenina y Gabriela fue una de sus integrantes. Los méritos fueron importantes: sacaron dos discos, lideraron las radios locales, llenaron coliseos y marcaron a una generación que veía en esta agrupación un modelo a seguir. Pero algunos quiebres las llevaron a separarse en 2004. “Para mí fue como romper con ese novio de la secundaria que amas con todo tu ser. Lloré amargamente, me sequé las lágrimas y no bajé los brazos. Mi corazón me decía que no era para mí, pero fue uno de los momentos más felices de mi existencia. Creo que pocos artistas han llevado tanta felicidad y, sin duda, fuimos el primer disco de muchas niñas, que jugaban a ser nosotras, que se ponían los guantes y los cintillos”.
Pronto recibió una invitación de una productora colombiana, dueña de la franquicia de Popstars en algunos países, para realizar una audición para una novela. Volvió a ganar el rol principal y vivió en Bogotá nueve meses, interpretando a una joven que quería ser cantante. Ese papel la ayudó a darse cuenta de que no le gustaba la actuación. “Con la mano en el corazón puedo decir que soy muy mala actriz. Y no tengo reparos en reconocerlo”. En cambio, para esta ecuatoriana la música es lo más real que existe, donde puede compartir su alma y crear conexiones emocionales reales. Regresó a Quito con dinero para invertir en su talento y sacó su primer disco como solista: Todo bien. Dejó de ser solo intérprete para componer sus propias letras. En la gira de promoción en 2006 abrió un concierto para Kudai, un grupo chileno de pop rock formado en 1999. “Esa misma noche el mánager quería conversar conmigo y pensé que él me quería representar. Dejé mi alma en ese escenario, con decirte que hasta me tiré al piso. Cuando acabé, los integrantes estaban viendo mi acto y pensé que era mi gran oportunidad”.
En la sala de juntas de un hotel me dijo: “Va a salir una de las chicas, puede que sea en una semana, en un mes, en una década… pero quiero estar cubierto. Quiero que seas nuestra artista invitada. Me explicó que podía llevar todo mi material para promocionar mi disco, pero que le ayudara a culminar una gira con 60 fechas. Era muy vaga la propuesta, pero me fui a celebrar lo épico que fue mi show”. Gabriela confiesa que al día siguiente recibió una llamada a la casa de su abuela. El espacio estaba disponible y no dudó en tomarlo.
En medio de la historia hicimos una pausa para conversar sobre cómo alcanzó ese equilibrio, incluso cuando las cosas salían mal. “Mucho tiempo de buscar respuestas”, afirma. Aunque sentarse frente al mar, ver la inmensidad y hablar con Dios, es de sus actividades favoritas, ha investigado, visitado, leído y buscado todo lo referente a temas de autoconocimiento y espiritualidad. Recuerda que, cuando tenía 38, en unos workshops que realizó descubrió que ella es una “proyector”. Según el human design, un sistema holístico que combina saberes ancestrales y ciencias modernas, es una persona que debe esperar una invitación para iniciar grandes cosas, cuando una de sus cualidades está lista para ser expuesta. “Yo siento en mi corazón que es lo correcto y digo sí, sin pensarlo”. Aprendió a escucharse, a conocerse a sí misma. Con la certeza que le dan los años puede decir que encontró su propósito: alegrar los corazones de la gente. Estar en el playlist de personas que necesitan conectar con letras en momentos específicos. Hoy lo sabe, pero cuando dijo sí a su segundo gran amor (Kudai), no estaba tan segura.
A sus 22 años viajó a México para su primer concierto con esta agrupación en el Hard Rock Cafe. La disquera que los quería firmar en aquel país pidió que la formación se quedara así y —en un Starbucks— los chicos la invitaron formalmente a ser una más de ellos. Primero se mudó a Santiago de Chile por ocho meses y luego vivió en México por seis años. Este grupo y Kiruba fueron muy fuertes a inicios de los 2000. Sorpresivamente, ambos se separaron y hoy permanecen en la memoria de las generaciones a las que marcaron. Ahora han realizado algunos reencuentros y Gabriela está actualmente en gira con Kudai. Combina un pie en el pasado y otro en el presente. Canta esas letras que coreaban adolescentes que ahora ya son adultos. Le pregunto si ha tenido que reinventarse y me comenta que nunca ha pensado en eso. “Sigo siendo yo, sigo componiendo mi música y hay un mercado para todos. Soy fiel a mi arte y me gusta seguir creciendo con las personas que me escuchan”.
Con 13 años de matrimonio y una vida en Australia, esta quiteña afirma que ser parte de Kudai fue como clasificar a un mundial. Sintió que fue un ganar para todo el país. En 2011, la banda decidió tomarse una pausa, en uno de los momentos más importantes. “El resto de los integrantes estaba con el mismo representante desde los 10 años, nunca tuvieron una trayectoria normal y querían una pausa porque los ánimos estaban muy cansados. Fue triste y entendí que todo es cíclico. Ya no fue un sentimiento ajeno porque me pasó lo mismo. Yo quería seguir, pero la decisión no estaba en mi cancha, así que me adapté”. Después de elegirse a sí misma, hizo maletas y se mudó con su padre a Nueva York por tres años. Estudió nutrición holística de manera virtual y una ruptura amorosa la hizo regresar a sus raíces. Siempre con un equipaje listo y gracias a un contacto de su mamá, encontró la posibilidad de viajar a Los Ángeles para componer. De ahí salió su segundo disco: Maletas en la puerta, y conoció a quien se convertiría en su esposo. El común denominador de su historia es la música y Ecuador, a donde siempre regresa. “Son mi refugio, mi casa, mi lugar seguro”.
Villalba enfatiza en “el amor de su vida” porque fue la persona que encontró cuando tenía 29 y entendió desde el primer minuto su carrera. Él la conoció escribiendo, en los estudios de grabación, en los conciertos… y respetó ese ritmo tan acelerado que caracteriza a una artista. Sacó su disco, se casó y vivió cuatro años en nuestro país, tratando de equilibrar su rol como profesional, como esposa, como hija, como hermana… fueron tiempos complicados, y encontró en Australia un refugio. “Soy viajera y estoy agradecida de que tenga esa puerta abierta, porque es una suerte”. A más de 15.000 kilómetros de Quito construyó su hogar, en un país que los enamoró y los recibió con cariño. Su esposo, de origen esloveno, montó una empresa para exportar cosas desde Ecuador, que fue el vehículo para llegar hasta allá. Con la pandemia tuvieron que cerrar, pero construyeron un hogar en una ciudad pequeña, cerca del mar, llena de tranquilidad. Puede ir en bicicleta al trabajo y allá “es una ciudadana más”. En un lado del mundo es la cantante ecuatoriana y en el otro es simplemente una mujer, ama de casa, que trabaja para una empresa de moda. “Vivo con un pie en dos mundos: en Latinoamérica, donde me reconocen y soy famosa. Y en Australia, donde soy una rubia más que pasa desapercibida. Me gusta sentir que conecto con la gente no por quien soy o lo que hice, sino por mi personalidad”.
En ese regresar al pasado, ella abrió una puerta a la sinceridad. Reconoce que en sus veinte se encontró en los ojos de los demás. “Te importa mucho lo que opina el resto y cómo te percibe. Cometes muchos errores y siento que todo lo bueno, lo malo y lo loco debe pasarte en esa década. Está diseñada para eso, para gozarla, para vivir al límite y, sobre todo, para aprender lecciones más grandes”. A los treinta —asegura con una sonrisa en el rostro— estás lista para ejecutar lo aprendido, y discernir lo que te gusta y lo que no. Aunque no descarta que el fracaso aún está muy latente. “Así puedes llegar a los cuarenta con todas las tareas realizadas, lista para gozar la vida. Te das cuenta de que nada es tan importante, de que nada es personal, de que lo que importa es
cómo tú te percibes porque aún eres joven”. Esta artista siente que está recolectando lo que ha sembrado, por lo que no cambiaría ninguna decisión tomada.
Todo eso la llevó a este punto, donde el amor propio es la base de su trabajo. Además, encontró en los cuarenta un nuevo aire, más sabio y con mucho más valor. Ahora está trabajando en su tercer disco como solista. Está sacando canciones nuevas con Kudai, y da clases de técnica vocal a adolescentes y niños con autismo. “Tengo una vida bastante llena, no quitaría nada. Lo que sí, agregaría algunas cosas”. Le pregunté qué le hacía falta y no dudó en contestar: “una familia”. Está en sus planes, pero aún no ha llegado el momento. “El concepto de la madre geriátrica me parece una patraña, yo nunca lo he buscado ni he intentado. Solo veo el amor tan lindo que tenemos con mi esposo y me encantaría que trascendiera en una persona. Si no soy mamá, no pasa nada. No sería el fin del mundo”. Para lo que sí está trabajando ahora es para que sus nuevas canciones, llenas de “buena vibra”, reflejen todo este camino. Apostó por temas más bailables y tiene algunas baladas, en inglés y en español.
“Mi vida es una vacación y por eso soy tan feliz”, enfatiza al terminar la entrevista. Para Gabriela, no hay que tener miedo de hacer las cosas que te gustan. Empezar de cero no es malo. “Enfócate en ti, conócete e intenta descubrir lo que te hace feliz. Nunca sientas que es tarde porque ahora es el momento indicado para hacer lo que quieras”. Las cosas que se hacen con el corazón se sienten y funcionan. ¿Un ejemplo? En esta sesión de fotos, en cada cambio sus ojos brillaban, bailaba y se emocionaba con el resultado. Se sentía ella misma, incluso usando el arte de otros. Quería que vieran a esa Gabriela que no se da por vencida. (I)
Créditos*
Fotógrafo: Daniel Queirolo. Dirección de arte: Estefanía Córdova. Estilismo: Charlotte Lavarone. Modelo: Gabriela Villalba. Maquillaje: Alejandro Pineda. Peinado: Valentin Kicelitsa. Multimedia: Distrito Audiovisual. Diseñadores y marcas: Micaela Ismodes Sole, Maison Moderna by Natalie Abd-elmaksound, Denisa Rad, Tokyo James, La Piscine, Carmine Vallone, Acidsiia y Javier Gonzalez. Asistente de fotografía: Juan Camaniero.
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