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La nueva obsesión creativa de Quito está hecha de barro

Ecuador alberga una de las tradiciones cerámicas más antiguas de América. ¿Cómo ha evolucionado?

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR — Ecuador

De acuerdo con estudios históricos, la cultura Valdivia, desarrollada en la Costa —Guayas, Santa Elena, Los Ríos, Manabí y El Oro—, produjo cerámica desde aproximadamente el año 3800 a. C. Las excavaciones de Emilio Estrada, Betty Meggers y Clifford Evans —en los años cincuenta— recuperaron miles de fragmentos y figuras que cambiaron la forma de entender el origen de las primeras sociedades agroalfareras del continente, que usaron este material para crear diversos objetos utilitarios del día a día. 

Hoy esa memoria sigue activa. Investigaciones recientes muestran cómo ceramistas ecuatorianos reinterpretan piezas prehispánicas y cómo, en lugares como La Pila, en Manabí, la reproducción de artefactos antiguos funciona como una forma de identidad y transmisión de saberes entre generaciones. Ese mismo interés se siente en ciudades como Quito. Universidades, centros culturales, instituciones municipales y talleres independientes ofrecen cursos que van desde el primer contacto con el torno (herramienta) hasta propuestas experimentales.

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¿Por qué la cerámica sigue tan viva en nuestra ciudad?

Además del puente simbólico con nuestro pasado, la práctica trae beneficios concretos para la salud mental y el sistema nervioso. Un estudio publicado en Frontiers in Psychiatry (2024) evaluó el impacto de un curso de cerámica de 45 horas en 53 estudiantes universitarios y registró una reducción significativa de la ansiedad. Entre las acciones específicas del proceso, golpear la losa de arcilla fue señalado como lo más efectivo para aliviarla, seguido por pintar las piezas en crudo y amasar el material. Otros estudios en revistas —como Journal of Affective Disorders y Art Therapy— coinciden en documentar caídas en los niveles de cortisol y una disminución de síntomas depresivos.

Harper’s BAZAAR Ecuador conoció cinco proyectos donde el barro se convierte en terapia, oficio y lenguaje artístico. Muchos de sus creadores se reencontraron con la arcilla durante la pandemia, pero cada uno ha desarrollado una voz propia: desde talleres íntimos que priorizan el bienestar hasta estudios que exploran la cerámica como objeto de diseño contemporáneo.

Caiman Ceramics 

Paula Espinosa empezó como muchas personas: con un pasatiempo que terminó convirtiéndose en su propio negocio. Esta arquitecta de 27 años comenzó haciendo pequeñas piezas que vendía a sus conocidos, hasta que —en 2020— llegó una oportunidad clave: diseñar macetas para centros de mesa del hotel Casa Gangotena, lo que la motivó a darle un impulso definitivo a su proyecto. Después vinieron encargos para espacios como el café Piedra Negra y el restaurante Piza.

El nombre Caiman nació de su fascinación por este animal y hoy Espinosa define su trabajo como: “diversión a través del material”. Le gusta que cada pieza sea única y destaque por sus variaciones en forma, esmalte y textura. Al inicio se enfocó en sus propias creaciones, pero ahora está 100 % concentrada en talleres y clases con torno alfarero, en su estudio en Cumbayá. Sus paquetes tienen precios iniciales de US$ 95.

Jervis Studio

Probablemente has visto alguno de sus platos en un restaurante de Quito. Irene Domínguez, más conocida por su proyecto Jervis, tuvo su primer contacto formal con la cerámica durante la universidad. Aunque estudió primero publicidad y comunicación, luego viajó a Inglaterra para estudiar escultura. Ahora cuenta con un estudio en el barrio de La Floresta y su obra se caracteriza por esculturas, vessels y piezas utilitarias como vajillas de alta gama —una fascinación que la acompaña desde pequeña—, que se han presentado en restaurantes como: Nuema, Pez Bela, Pía Salazar, Tributo, Clara, entre otros.

Su trabajo entra en la categoría handbuilt ceramic: no utiliza torno de alfarero para dar forma a las piezas, sino técnicas como el pellizco y las placas. Cada año lanza una colección de esculturas utilitarias que se venden como piezas únicas, además de los pedidos que realizan sus clientes. Asimismo, brinda talleres a lo largo del año para técnicas básicas, vajillas, juegos de té y más. Los precios oscilan entre los US$ 125 y US$ 220.

Pibä Diseño 

Este negocio nació dando clases completas de cerámica, pero hoy su sello está en algo distinto: experiencias de pintura en las que las personas plasman sus ideas sobre piezas ya elaboradas. Detrás del proyecto está Isabela Velasco, quiteña de 34 años y diseñadora de interiores, que encontró en la arcilla la forma de unir su amor por los espacios con los objetos que los habitan. La chispa surgió en 2018, cuando vivía en Argentina y se enamoró de las tiendas de decoración hechas a mano (que no encontraba en Quito), una inspiración que dio nombre a la marca. De regreso en Ecuador en 2019, Pibä comenzó con macetas de fibra de vidrio, metal, madera y cemento, hasta que decidió que el barro debía ser el centro de todo. 

Tras un periodo de aprendizaje, dejó las clases largas para enfocarse en sesiones únicas: ella produce bowls, tazas, platos, floreros, fuentes, servilleteros y portavasos; y la gente llega a intervenirlos en el taller o en eventos como cumpleaños, baby showers y encuentros corporativos. Las piezas están pensadas para usarse todos los días, con precios que van aproximadamente desde los US$ 7,50 hasta los US$ 40 por unidad. Las experiencias de pintura sobre cerámica cuestan alrededor de US$ 30 por persona y se han convertido en una forma de celebrar, compartir y desconectarse de la rutina.

Quitensis Cerámica

Valentina Gachet, de 30 años y bióloga de profesión, encontró la cerámica hace seis años como un espacio para unir ciencia, territorio y experiencia sensorial. Aprendió con maestros que llevan más de cuatro décadas en el oficio en Quito, de quienes heredó técnicas, pero sobre todo la idea de dejarse sentir a través de este material. Así nació Quitensis, un proyecto cuyo nombre alude tanto a “oriundo de Quito” como al epíteto científico de especies nativas y endémicas de los Andes, una referencia que se traslada directamente a sus piezas.

“Ahora considero la cerámica como un oficio vivo, que implica el cuerpo y el alma”. Sus diseños —desde tazas y esculturas, hasta aretes y collares— dialogan con la naturaleza y con símbolos, que están disponibles en sus redes sociales y en espacios como Olga Fisch Folklore. Quitensis combina encargos personalizados con colecciones propias que se renuevan cada tres meses. Desde su estudio en Tumbaco ofrece clases de construcción manual y en torno, con precios desde los US$ 135 por persona.

Terracota Studio de Cerámica 

En el centro histórico de Quito, David Jácome le da otro giro a la cerámica. La lleva al terreno de la escultura, donde las formas orgánicas se juntan con figuras humanoides que parecen contar historias. Para este profesional en artes visuales y diseño industrial de 30 años, el barro es energía y conexión.

“A mí me cautivó la versatilidad del material. Tiene sus procesos y sus propios tiempos, lo que nos permite desarrollar la paciencia y el desapego”. Su estudio, que ya tiene más de tres años, brinda clases de alfarería y técnicas de construcción manual, además de experiencias de un día para que la gente pueda familiarizarse con el material y decidir si quiere seguir practicándolo. También ofrece clases en otras técnicas como: linograbado, xilograbado y litografía. Los precios van desde los US$ 70.

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Cuando tienes el material en las manos y solo existe la conexión con esa pequeña bola de barro, algo cambia, coinciden estos artistas. El ruido se reemplaza por silencio y concentración. El control se suelta y el desapego crece. Un arte ideal para todas las edades. (I)