Talento ecuatoriano

Dejó Hollywood para apostar por su propio universo creativo

El próximo mes saldrá Claynosaurz, una idea que nació de manos ecuatorianas. Con un diseño de animación expresivo, exagerado y cómico, este proyecto busca conquistar a la audiencia digital.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harper's BAZAAR — Ecuador

Tiene más de 17 años de experiencia, sus dibujos han recorrido varios países y él probablemente ha trabajado en alguna de tus películas favoritas. Pero si hay algo de lo que Daniel Jervis está seguro es que su pasión está en contar historias. Sus manos y su creatividad le permiten crear mundos como aquellos que veía de pequeño en la televisión y en el cine, esos lugares a los que, en secreto, todos queríamos viajar. Hoy, este ecuatoriano de 38 años vive en Canadá, pero en cada animación y dibujo lleva un poco de su país.

Durante los setenta minutos que Harper’s BAZAAR Ecuador conversó con este artista existieron risas constantes. En un inicio, la idea consistía en hablar sobre el próximo lanzamiento de su serie Claynosaurz, un mundo de dinosaurios de plastilina que viven situaciones cotidianas, pero fue imposible no hablar del camino que lo llevó hasta este punto: desarrollar su propia serie, dejar un trabajo de ensueño y dar un salto de fe.

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Jervis, nacido en Quito, es una persona con un gran sentido del humor. Admite que le gusta hacer reír a los demás y, mientras cuenta su historia, suelta algunos chistes. Su familia está ligada a la publicidad y al arte: su padre trabaja en lo primero, mientras que su madre, de origen peruano, es directora de televisión y viene del teatro. Desde niño dibujaba, pero a los 12 años descubrió lo que después le permitiría trabajar en películas como: Ghostbusters, LEGO Batman y Animales fantásticos. A esa edad conoció la técnica del stop motion viendo un programa sobre la magia del cine. “Me inspiré, hice una animación con una cámara web que me dio mi papá y pude aprender de Picaillo, un animador cubano reconocido por su trabajo en Ecuador”.

Pasó el colegio dibujando entre clases. El salto llegó cuando viajó a Argentina en 2007, luego de pasar por un instituto en Quito. En ese momento, aquel país tenía un fuerte legado de animación y era un polo donde canales —como Cartoon Network— producían contenido. A través de préstamos, logró estudiar animación y efectos especiales en Buenos Aires, una oportunidad que también le dio un golpe de realidad. 

“Cuando tú eres una persona que dibuja, todos tus amigos te elogian. Cuando llegué allá me di cuenta de que no eran tan bueno como pensaba”.

Jervis estaba rodeado de personas que dibujaban todos los días, algunos ya casi profesionales. “Eso me motivó. Necesitaba mejorar y al mismo tiempo sentí que por fin encontré mi lugar. Tenía amigos que estaban en mi mundo, gente que era tan fanática de la animación como yo”. Vivió siete años en aquel país y tuvo su primer trabajo formal en 2D en una serie para Disney Junior y luego en proyectos para Discovery Kids.

“Recuerdo haber visto Kung Fu Panda y darme cuenta de que, aunque tenía tres años de experiencia, no sabía cómo hacer lo que acababa de ver. Yo quería irme por el cine”. Eso lo llevó a Gobelins, la escuela francesa que describe como “el Harvard de la animación”. Para prepararse estudió en sus tiempos libres anatomía humana y animal, tomó cursos de pintura y se sumergió en el francés, todo mientras trabajaba. “El resultado fue una tendinitis en el brazo y no podía ni agarrar un vaso de agua. Entonces en vez de irme a Francia tuve que volver a Ecuador”.

Aunque ese momento se sintió como un retroceso porque empezó a trabajar en motion graphics, en proyectos de publicidad y como profesor, pronto todo tuvo sentido. Como no podía levantar un lápiz, pero sí manejar un mouse, Jervis se inscribió en un curso online de animación 3D. Le daban clases en vivo profesionales que trabajaban en Disney, DreamWorks y Blue Sky. “En mi último semestre, uno de mis profesores me dijo: ‘Daniel, tú eres bastante bueno, mejor que algunos animadores del estudio. ¿Qué es lo que estás haciendo ahora?’ A modo de broma le conté que animaba alitas para KFC porque en Ecuador no había una industria de animación”. 

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Ese profesor le contó que iba a supervisar el trabajo de animación en Ghostbusters, el remake con elenco femenino, e invitó a Daniel a sumarse al equipo, lo que suponía viajar a Australia y entrar de lleno en una gran producción. En 2016, con 29 años y después de un duro proceso de trámites, Jervis empacó sus maletas para embarcarse en esta aventura al otro lado del mundo. “Fue una experiencia hermosa, pero dura. Cuando llegué éramos un equipo pequeño, pero el tipo de al lado había ganado un Oscar por La brújula dorada y había trabajado en las tres películas de El Hobbit. Y el otro era animador senior en Kung Fu Panda. Mi supervisor fue director de animación en The Jungle Book. Todos tenían premios y para mí era la primera película”. La tecnología era distinta. Los sistemas le resultaron ajenos ni siquiera pudo abrir el programa para trabajar. “Yo pensaba: ‘me van a regresar a Ecuador’, pero no era una presión del estudio, sino una carga autoimpuesta. No podía fallarle a mi gente, a mis amigos, a mis compañeros de Ecuador”. 

Con el tiempo y mucho feedback, Jervis logró adaptarse al ritmo del equipo. El proyecto duró cinco meses y después aplicó a otras empresas de animación como Animal Logic, donde trabajó en LEGO Batman. Se quedó dos años en Australia, antes de conseguir un empleo en Canadá, en Framestore, uno de los estudios de efectos visuales más importantes del mundo. “Llegué como junior y terminé siendo líder de animación; varias veces me ofrecieron ser supervisor”. Hoy habla de ese estudio, donde pasó casi ocho años, como su segunda casa. Allí fue parte de proyectos como la versión live action de La dama y el vagabundo, Detective Pikachu, Christopher Robin (Winnie the Pooh), Animales fantásticos y Paddington en Perú. A esta última la sintió como “un cierre perfecto” por la conexión personal con la historia. 

“Soy mitad peruano y soy migrante. Le dije a mi supervisor: ‘yo tengo que estar en esta película, estoy hecho para esto’”.

Hace dos años, Jervis decidió dejar ese puesto de ensueño y apostar por unos dinosaurios de plastilina. Para entonces ya trabajaba medio tiempo en Claynosaurz. Esta “bestia rara”, como la llama, empezó como coleccionables digitales (NFTs) en pleno boom cripto. La acogida fue buena, tanto que con ese ecosistema lograron financiar el proyecto. Su objetivo es construir una franquicia desde el área digital, sin seguir el método tradicional de los grandes estudios de Hollywood. “Ellos gastan US$ 100 millones en una franquicia original que nadie conoce. No sabes si va a funcionar hasta que la estrenas; si fracasa, perdiste un montón de dinero”. En su caso, la fórmula ha sido probar y fallar rápido, trabajar directo con la comunidad y escuchar sus reacciones. “Hicimos dinosaurios, los lanzamos como coleccionables, a la gente les gustó y creamos la historia junto a ellos. Después nos pasamos a Instagram, TikTok, Twitter y mostramos cosas rápido”.

Entre junio y julio planean lanzar los primeros cortos de la serie a través de YouTube, pequeños micropilotos que servirán como una carta de presentación. La proyección es estrenar una primera temporada el próximo año. Jervis no tiene miedo: se siente cómodo en este formato de startup creativa.

 “Siento que ser ecuatoriano y todo lo que viví trabajando en Argentina, en Ecuador, animando alitas, haciendo freelance, usando mil sombreros, me da una ventaja enorme. Este caos es donde me siento cómodo”.

Claynosaurz se basa en la pasión de contar historias de Jervis. Habla de la amistad y de ser tú mismo. Son un grupo de dinosaurios weirdos, cada uno con algo que lo hace distinto. Es el reflejo de su propia vida: ser ecuatoriano en contextos donde no encajaba, ser migrante en países ajenos, seguir coleccionando cartas Pokémon y juguetes siendo adulto, hacer chistes aunque no siempre “toquen”. “Como artista siempre vas contra la corriente, te dicen que no vas a hacer dinero, que no tiene sentido. Pero mira hasta dónde he llegado”.

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Todavía extraña Ecuador. Cuando le dijo a su papá que quería ser animador, él le advirtió que probablemente tendría que vivir afuera. Daniel lo define como un autoexilio: se fue por su pasión. “Si hubiera podido hacer lo que hago ahora en Ecuador, no me habría ido nunca”. Pero incluso lejos, en cada personaje, en cada broma y en cada mundo que crea, sigue estando ese niño, curioso y arriesgado, que siempre buscó sacar una sonrisa a los otros. (I)