El maquillaje tiene la capacidad de transformar el aspecto y la manera en que una mujer se siente consigo misma y su propia belleza. Es un acto que da seguridad o incluso una pausa en medio del día. A veces es armadura, otras, algo ligero; puede ser discreto o audaz, pero siempre responde a un estado de ánimo o a una intención. Es una forma de reconectar con una misma, de elegir cómo mostrarse al mundo sin dejar de ser fiel a lo que hay por dentro.
Bajo esa premisa, los makeup artists son intérpretes de esa identidad. Observan, leen y traducen las personalidades, los rasgos y hacen del rostro un lienzo. Estos expertos construyen esa armonía, entienden la luz, las proporciones y la intención que debe tener cada mirada. Su trabajo es técnico y saben cuándo acentuar y cuándo dejar respirar a la piel. Revelan una versión de quien tienen enfrente, con un estilo propio que cuenta una historia.
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Para Verónica Verdaguer, maquillar es un lenguaje con ideas, emociones e intenciones. “Es escuchar a la persona que tengo enfrente y que me inspire, dejando de lado las tendencias”. Esta ecuatoriana guarda en su formación una filosofía que la hizo cruzar fronteras para instalarse en uno de los nombres más influyentes de la industria global: Estée Lauder. Según Statista, la compañía fue fundada en 1946 en Nueva York por Estée y Joseph Lauder. La marca creció hasta convertirse en un holding que reúne algunas de las firmas más reconocidas del mundo, entre ellas MAC, Clinique, La Mer, Bobbi Brown o Jo Malone. Tiene presencia en más de 150 países. Según su página oficial, está enfocada en el segmento de “prestige beauty”; es decir, belleza de lujo, lo que la posiciona en un nivel aspiracional.


La historia de Verdaguer comienza en Guayaquil, en una infancia llena de curiosidad. Hija de un marino mercante y una “madre presente”, Verónica creció entre conversaciones sobre ciencia, disciplina y libertad. “Mi papá nos enseñó a no tener miedo, a movernos, a conocer”. Tenía una agenda apretada con clases, deportes, actividades y todo a la vez. Su camino parecía estar lejos de los pinceles y las brochas. Estudió economía en la Escuela Superior Politécnica del Litoral (ESPOL), impulsada por su afinidad con los números y por un pensamiento de que las carreras financieras eran sinónimo de éxito. “A los 17 años crees que sabes lo que quieres, pero no es verdad. Con el tiempo entiendes quién eres”. Y a pesar de que fue una excelente alumna, había algo que no terminaba de encajar…
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