“La mesa es un lienzo en blanco donde tú, como el pintor, vas poniendo lo que quieres y cómo lo sientes”, comenta Jessica Salcedo. La comparación resume su manera de entender este arte, donde cada elemento responde a una decisión y refleja el estilo de quien lo prepara. Su relación con esta práctica comenzó en casa. Creció en una familia que disfrutaba de recibir invitados y prestaba especial atención a los detalles del hogar. Desde pequeña, sintió interés por las mesas y, con el tiempo, encontró en ellas una forma de expresar su creatividad.
Lee más: ¿Existe una verdadera alternativa al bótox?
Durante años, lo habitual era tener dos vajillas: una para el uso diario y otra, más elegante, reservada para ocasiones especiales. Esta costumbre ha ido evolucionando y, con ella, la forma de elegirlas y combinarlas. Encontrar piezas de distintos estilos y precios permite incorporarlas a lo cotidiano, sin esperar a una celebración. De ahí surgen los tablescapes, composiciones que integran platos, cristalería, mantelería, flores y objetos decorativos. El resultado es un ambiente armonioso que cuenta una historia.
“Hay una diferencia entre poner la mesa y montarla. La primera es colocar los cubiertos en su lugar, mientras que la segunda es transmitir algo y crear una experiencia”.
Pero la estética es solo una parte. La mesa es el lugar donde se comparte una comida, se alargan las conversaciones y surgen recuerdos. Por eso, preparar el espacio implica pensar en el momento que tendrá lugar a su alrededor. Para Salcedo, la planificación comienza por definir a quiénes recibirá. “Mis mesas nacen en el momento en que armo mi lista de invitados”. Definir quiénes asistirán y qué se quiere transmitir en el encuentro permite establecer el punto de partida para elegir la temática y la decoración.
El menú también determina la disposición de los cubiertos y la cristalería. Antes de preparar cada puesto, es importante tener claro qué se servirá y colocar únicamente los elementos necesarios. Asimismo, cada invitado debe disponer de suficiente espacio para comer con comodidad, sin que los objetos interfieran en la conversación ni en el movimiento. Ese criterio se manifiesta también en los detalles que no siempre se perciben a primera vista. “Siempre pongo un detalle para que el invitado sienta que he pensado en él y, al sentarse, descubra algo más”. Puede ser una tarjeta o un pequeño gesto que haga que cada persona se sienta bienvenida.
No existe una fórmula concreta para esta práctica: el proceso implica tomar decisiones, combinar elementos y dar espacio a la creatividad.
“Montar la mesa ya no es algo rígido. Ahora existe el mix and match, que consiste en saber mezclar con criterio”. Se pueden combinar colores y materiales, así como piezas heredadas con contemporáneas, para crear montajes que no dependen de una colección completa, sino de cómo dialogan entre sí. Esta idea invita a mirar los objetos más allá de su función habitual y a usarlos de maneras inesperadas: una jarra como florero o un candelabro como soporte para flores.
El primer paso es elegir una pieza protagonista. Puede ser una vajilla estampada, un mantel o un arreglo central que determine el resto de las elecciones. A partir de ahí, lo demás debe acompañarla, sin competir por la atención. Para mantener la armonía, recomienda definir un hilo conductor, como un color o una textura, y evitar mezclar más de tres colores. Las flores, dice Salcedo, “no pueden faltar; transforman por completo el resultado y le dan vida”.
Te puede interesar: El estudio que lleva más de 60 años retratando a los quiteños
Las capas aportan profundidad al montaje. Un mantel puede combinarse con individuales y platos base, siempre que exista una relación con la temática. Si la vajilla tiene colores intensos o estampados llamativos, conviene elegir un mantel y una cristalería más sencillos. La clave está en lograr un equilibrio visual en el que cada pieza complemente a las demás. Las copas, por su parte, suman altura y reflejan la luz, lo que crea distintos planos dentro del ambiente.
Diseñar una mesa es una manera de preparar la reunión, pero su significado va más allá de lo que se ve. Alrededor de ella se comparten historias, se mantienen tradiciones y se crean recuerdos. “Los momentos más increíbles que he vivido han sido en la sobremesa”. Quizás ahí reside el verdadero arte de esta expresión: crear un espacio que invite no solo a sentarse a comer, sino a quedarse sin prisa y prolongar la conversación. (I)