Lía Cevallos, de 35 años, es economista de formación, aunque su experiencia profesional ha tomado otro rumbo. El punto de partida no fue una escuela de diseño, sino un taller de costura que su madre abrió en Cuenca en 2010. A partir de ese espacio, el proceso de Cevallos fue progresivo, primero como apoyo y luego asumiendo el control del proyecto, lo que le permitió construir su habilidad desde la práctica. “No es que teníamos conocimiento. Fue de la nada. Aprendí en el día a día con las costureras, haciendo y probando”, confiesa a Harper’s BAZAAR Ecuador. Más que una formación técnica, se trató de entender el proceso desde adentro, a través de la repetición y el error.
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Cevallos creció en una familia relacionada con la producción (desde una fábrica de muebles hasta la cercanía constante con talleres), lo que terminó influyendo en su forma de pensar el diseño. “Eso te abre un espacio en la mente de que es posible hacer las cosas”. Su emprendimiento empezó con otro nombre. Antes se llamaba “Anacleta Coqueta”, como un juego de palabras que construyó junto a su madre. Con la evolución de la marca, ese primer gesto fue depurándose hasta quedarse en Anacleta Design, una decisión que responde a un proceso de madurez.
Durante los primeros años, la producción respondía más a la urgencia del día a día que a una estructura definida. Se hacía lo que se necesitaba. No había una lógica de colección ni un concepto detrás de cada lanzamiento, recuerda Cevallos. Es con el tiempo que Anacleta empieza a organizarse bajo el formato de cápsulas, incorporando una intención más clara tanto en lo creativo como en lo operativo.
“Tener esta estructura nos ayuda un montón a controlar costos, a ordenar procesos y a mejorar la forma en que la marca se presenta”.
Esa transición marcó la manera en que se construyen las prendas. Si antes la producción partía de decisiones más inmediatas, hoy cada cápsula se articula desde un punto de partida específico: puede ser una necesidad personal, una conversación con quienes visitan la tienda o, en algunos casos, un material. “Vi la tela, me encantó, solo compré sin pensar qué iba a hacer”, dice sobre Laced, su cápsula más reciente, que nació a partir de un encaje elastizado y de una idea inicial vinculada a lo femenino y lo sensual. El proceso se desarrolla de forma directa en el taller, donde trabaja junto a tres costureras, a partir de prototipos que se ajustan al cuerpo.
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Actualmente, la marca produce alrededor de tres cápsulas al año y la versatilidad es uno de los ejes constantes en la marca, no por seguir una tendencia, sino por buscar funcionalidad. “La idea era que puedas usar las prendas de varias formas… en el día, en la noche”. Esa lógica responde tanto a su propia rutina como a lo que observa en su cliente. “Si no creamos para la gente real que nos consume… es muy difícil conectar”. Por eso, Anacleta no se construye desde una estética fija. Cada cápsula puede moverse entre referencias distintas —desde cortes más estructurados hasta exploraciones más libres en capas y en texturas— sin responder a una sola línea visual. Estas se desarrollan en volúmenes limitados —en el caso de Laced, entre 50 y 56 piezas en distintos modelos y colores—, lo que permite ajustar sobre la marcha y responder a la reacción del público.
“Todo es muy variable. Hay cápsulas que se resuelven de forma inmediata y otras que se quedan en pausa durante meses, en espera de encontrar su forma final”.
Dentro de ese recorrido, Cevallos manifiesta que hay momentos que redefinen la dirección del proyecto. Una de las cápsulas inspiradas en Japón, desarrollada a partir de cortes más limpios y estructurados, marcó un punto de quiebre al agotarse en una semana. “Ahí entendí que cuando el concepto está claro… la gente conecta más”. A partir de ese momento, la construcción conceptual dejó de ser secundaria y pasó a organizar el desarrollo de cada cápsula, en diseño y en comunicación.
A esto se suman las colaboraciones con artistas visuales, que aparecen como una extensión natural del proceso creativo. “Como no sé dibujar, esta fue la manera de poder conectar con el arte”. Entre ellas, destaca una cápsula junto a la ilustradora Claudia Fuentes, en la que trasladaron sus dibujos —figuras femeninas en proporciones no convencionales— a kimonos de lino mediante serigrafía en gran formato; y otra con el artista Faidog, donde sus pinturas fueron fotografiadas e impresas sobre tela para luego convertirse en prendas. En estos casos, la ropa funciona como soporte, incorporando otros lenguajes sin perder su dimensión funcional.
“Siento que soy yo, expresándome a través de la marca”.
Anacleta, una tienda de diseño
El espacio nace desde una limitación concreta: la capacidad de producción. “No teníamos lo suficiente para ofrecer al público”. A partir de ahí, la decisión fue ampliar el portafolio incorporando otras marcas locales, en un momento en que el diseño independiente en Ecuador aún tenía poca visibilidad. Lo que empezó como una solución operativa terminó consolidándose como una plataforma que reúne distintas propuestas bajo un mismo criterio.
La selección responde a una lógica comercial, de afinidad y de coherencia. “Son marcas que me gustan, que su propuesta es interesante o diferente… que tienen algún valor agregado”. Con el tiempo, este espacio ha construido una comunidad y —para su fundadora— ha traído consigo una tensión: la convivencia entre la marca propia y el espacio multimarca. “Es un poco difícil diferenciar la marca de la plataforma”, admite. En un mismo lugar (físico y digital) conviven distintas propuestas, lo que a veces diluye la identidad de Anacleta como proyecto individual.
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A futuro, esta cuencana contempla la posibilidad de separar ambos universos. Por un lado, mantener la tienda como un espacio multimarca; por otro, desarrollar un punto dedicado exclusivamente a Anacleta, donde la propuesta pueda leerse con mayor claridad. (I)