En el corazón tropical de Ecuador, donde la selva respira lento, nace un material capaz de transformarse en joya. La tagua, conocida como palmera de marfil o científicamente como Phytelephas aequatorialis, prospera en las zonas húmedas del país, especialmente en las orillas de los ríos. Sus frutos, agrupados en grandes racimos llamados mocochas, resguardan decenas de semillas. Son estas esferas —firmes, orgánicas y naturalmente luminosas— las que dan vida a collares, aretes, anillos y una infinidad de piezas artesanales.

De distintos tamaños y formas, estas palmas, que también tienen otros usos, pueden tardar entre 14 o 15 años en dar sus primeros frutos. Cuando estos caen de manera natural, se recolectan, se secan y se trabajan con precisión hasta revelar su textura compacta y su resistencia, cualidades que le dieron el nombre de “marfil vegetal” alrededor del mundo. Las culturas locales lo usan desde tiempos precolombinos, pero su comercialización internacional comenzó aproximadamente en 1865, con destino a Europa, donde se utilizaba para fabricar botones. A finales del siglo XIX, la tagua se convirtió en uno de los principales productos de exportación de Ecuador.

Tras la Segunda Guerra Mundial, la industria tuvo un gran retroceso cuando el plástico reemplazó casi totalmente el uso de la tagua. En 1989, con la prohibición internacional del comercio de marfil animal, la tagua experimentó un “renacimiento” como sustituto verde. Actualmente, marcas de lujo como Ferragamo, Loewe y Givenchy la utilizan para sustituir plásticos y derivados sintéticos. Ecuador, un país que considera esta palma en peligro y exporta más de 300 toneladas al año de esta semilla, según el Senae, busca que artesanos y emprendimientos se reinventen para darle un nuevo sentido.

“Es la búsqueda de la pepa perfecta”, explica Ariana Coello…
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*Créditos
Fotografía: Daniel Queirolo. Dirección de arte y moda: Estefanía Córdova.