Esta es la historia de una mujer que aprendió el oficio como se hacía antes de que existieran escuelas formales de joyería en el país. A martillazos, con la meticulosidad alemana y el amor de quien construye piezas para que se hereden. Edda Morillo tiene 63 años, 33 de ellos dedicados a la joyería, y una certeza que repite como principio de trabajo: “mis piedras no se caen nunca”.
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No es una frase publicitaria. Es la garantía de una maestra que aprendió su arte en dos tradiciones distintas. Es la dueña y directora de Fiamma, un taller que ha construido creaciones para tres generaciones familiares. Cuando Morillo decidió estudiar joyería, en el Ecuador no existía educación formal. Se aprendía, como en la edad media, de mentor a estudiante. El primero que la inspiró fue Jorge Espinosa, con quien se tituló como maestra joyera ante la Junta Nacional de Defensa del Artesano. Después viajó a Idar-Oberstein, en Alemania, una de las capitales históricas de la talla de piedras preciosas, donde completó su segunda formación.
No fue un camino fácil ya que entre su familia, la tradición dictaba estudiar economía u otras ciencias relacionadas.
Su padre fue uno de los más sorprendidos.¿De dónde te vas a mantener?, ¿cómo vas a comer?, le repitió varias veces. Edda no hizo caso y se apoderó de su pasión, que formalizó en el país europeo. Ahí entendió una distinción que sostiene hasta hoy: “hay una gran diferencia entre ser un diseñador y ser un maestro joyero”, explica, refiriéndose a quienes dominan el dibujo, pero desconocen si una pieza resistirá el uso diario sin desarmarse.
La disciplina europea marcó su manera de trabajar. En Quito, recuerda, bastaba con “hacerle al ojito” al calibre de una chapa de metal. En Alemania, un margen de un milímetro fuera de la medida exacta significaba empezar de nuevo. Ese rigor, sumado al respeto por la herramienta, que sus profesores le enseñaron casi como un código de honor, es la base de la confianza que hoy sostiene su taller.

Morillo asegura que ella y su colega Sabine Brandhuber fueron de las primeras mujeres dedicadas a las joyas en la capital ecuatoriana. No pasaron desapercibidas entre los más antiguos del sector. “Nos veían con pena, con esa idea de que no íbamos a durar ni media tarde”. La respuesta no fue una discusión, sino disciplina sostenida durante tres décadas. Abrió su primer espacio a los 29 años, frente al Swissôtel Quito, donde trabajó durante más de una década antes de mudarse a Cumbayá. En este sector, reside la mayoría de su clientela.
Esa relación es para Morillo, el corazón del oficio. No trabaja con distribuidores ni cadenas.
Cada modelo es individualizado y sale exclusivamente de su firma. Sostiene que ninguna de sus obras ha fallado jamás en manos de un cliente. Esa confianza es generacional. Hoy diseña los aros de matrimonio para los nietos de quienes fueron sus primeros compradores.
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Su proceso creativo empieza siempre por la piedra, nunca por el boceto. Le atraen los colores intensos en el cuarzo rosa, el peridoto, los granates, las amatistas, las aguas marinas y las turmalinas. Dibuja a mano, con técnicas tradicionales, antes de definir pesos y proporciones. Su estilo, sin embargo, se aleja deliberadamente del barroco quiteño que aprendió a admirar en su formación. “Mis joyas son bien nórdicas”. Las mismas tienen líneas limpias, piedras protagonistas y acabados pulidos, sin plumas, perlas ni flores ornamentales.

La exclusividad es para ella, una regla casi sagrada. En una ciudad donde “todas las clientas se conocen”, nunca repite más de cuatro modelos de un mismo diseño y lo hace en una variedad de colores para que no sean exactas. Aquí, la discreción funciona con la misma lógica que un consultorio médico. Los compradores llegan por…(I)
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