Desde el primer minuto de la entrevista, la energía de la conversación estuvo en otro nivel. No era solo entusiasmo, fue convicción, ganas, constancia y, sobre todo, amor genuino por lo que están construyendo. Casoná no se siente como una marca que “quiere crecer rápido”, sino como una idea que necesitaba existir.
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Quizás por eso —en apenas dos años desde su nacimiento en 2024— ya suma tres empresas y una tienda física en Madrid. Al entrar, las palabras lo dicen todo: “Casa, café y costura”. Debajo, una frase lo resume mejor: “Si tu abuela tuviera un café, este sería el lugar”. La intención es clara, crear un espacio donde uno se siente esperado, cómodo y parte de algo.
Inés Sáinz y Carmelá Osorio, vienen de mundos distintos, pero con una sensibilidad compartida. La primera nació y creció en Marbella, con raíces argentinas por parte de su madre. La segunda, en cambio, es venezolana y encontró en Madrid algo especial. “Tantos latinoamericanos que hemos migrado sabemos lo difícil que es encontrar —en otro país— un espacio que te recuerde a tu tierra. Para mí, España lo fue”, dice Osorio.
Se conocieron trabajando juntas en otra firma de moda en España. Ellas lo llaman, sin dudarlo, su “universidad”. Ahí aprendieron qué funciona en un negocio y qué no, qué querían replicar y qué jamás volverían a hacer. Diseñar, sin duda, pero también entender la parte humana, la estructura, el desgaste y el valor real del trabajo creativo.
“El diseño no solo te une creativamente, te permite construir una comunidad que refleje tus valores”, manifiesta Osorio.
Esa idea fue el punto de partida de Casoná. El nombre no es casual, hace referencia a las casas de la época colonial en América Latina. Espacios donde ocurrió el mestizaje cultural, social y emocional. Viviendas grandes, con historia. Más que vender ropa, Osorio y Sáinz crearon un lugar para quienes buscan pertenecer.
Al momento de diseñar se inspiran en sus hogares, sus historias y sus raíces. En sus moodboards aparecen fotos familiares, pasaportes antiguos, bodas y memorias. Sin dejar de lado referencias culturales como: toreras (chaquetas), cuellos altos, espaldas trabajadas, volúmenes sevillanos y flecos inspirados en mantones (pañuelos grandes). Todo reinterpretado desde un armario atemporal, elegante y contemporáneo. “Tratamos —según Osorio— de que se sienta tanto mío, como de ella”.
La marca trabaja principalmente con deadstock (mercancía que nunca se vendió), dando una segunda vida a materiales ya existentes. Muchos provienen de los mismos fabricantes que producen para marcas como Carolina Herrera, Isabel Marant o Jacquemus. Materiales de alta calidad que, de otro modo, quedarían olvidados. Aunque trabajan con tejidos excepcionales, su discurso se aleja del típico relato de sostenibilidad. Para la firma, lo verdaderamente importante es la gente.
“Para nosotras es más importante que conectes con la costurera que hace tu prenda, que con el hecho de que el tejido sea orgánico", reflexiona Sáinz. "Nuestros propios fabricantes en Portugal, Italia y Ubrique nos dicen que nunca han visto a diseñadores que conozcan a quienes cosen las piezas que crean. Para nosotras, eso tiene más sentido”. En su web, al comprar una prenda, puedes ver quién la hizo y parte de su historia. Un gesto simple que humaniza el lujo y deja claro su objetivo de crear una familia que conecte a la empresa, al cliente y a las manos que están detrás.
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La idea de casa se refuerza también en lo físico. En mayo de 2025, Casoná abrió su primer local, un espacio híbrido que reúne una tienda, un atelier y una cafetería. Esta última nace como un proyecto familiar junto al padre de Sáinz y su hermana Paloma, quien se ha convertido en la host. Al entrar, te acompaña y hace que la experiencia sea íntima y cercana. La decoración es otro capítulo emocional.
“Fuimos a la casa de la abuela de Inés y literalmente la saqueamos: libros, fotos, objetos… gran parte de la tienda viene de ahí”, cuenta Osorio.
Antes de lanzar el proyecto, las diseñadoras fundaron una agencia creativa y de consultoría en retail. Ese fue el motor financiero que les permitió crear su primera colección. Durante estos años, ambas estructuras convivieron. Hoy, Casoná camina sola. En su primer año viajaron por más de 10 ciudades —Madrid, Marbella, San Juan (Puerto Rico), Caracas, entre otras— haciendo pop-ups y construyendo una comunidad cara a cara. Ahora cuentan con un equipo de 13 personas, venden en su tienda física y en plataformas internacionales como: Revolve, Jimmy’s y WOW.
Sus pantalones que rondan los US$ 300 a US$ 400 se han convertido en piezas icónicas. Como ellas explican, son más costosos, pero cada cliente al probarlos, se los llevan sin pensarlo. Además, ofrecen vestidos, bodys, tops, faldas, blazers… para mujer y también cuentan con una sección para hombres.
Su próximo objetivo es reforzar su línea de accesorios (cinturones y gorras) y lograr que cada mujer pueda armar su full look Casoná. “Si tienes una idea, tienes que enfocarte al 100 %. Ahí es donde realmente lo consigues”, concluye Sáinz. Eso fue exactamente lo que hicieron cuando dejaron su trabajo y apostaron por su proyecto propio. (I)