Talento ecuatoriano

¿Cómo este tejido ancestral se mantiene vivo en la moda ecuatoriana?

Un tejido que atraviesa los siglos. La macana se ganó un espacio en la historia de Ecuador y en la moda actual.

Por Emilia Palacios Mosquera

Harpers BAZAAR — Ecuador

Mónica Jiménez Ulloa aprendió a nombrar el mundo entre hilos. Nació en Bullzhún, una comunidad artesanal del cantón Gualaceo, en la provincia del Azuay. Es la segunda de tres hermanos y creció viendo a sus padres dedicarse al tejido como forma de vida. A los 10 años, al regresar de la escuela, ya ayudaba a su madre a realizar nudos: la etapa final de un proceso que —en 2015— fue reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial del Ecuador, con más de 1.600 años de historia.

Esta práctica corre en la sangre de su familia y en la de muchos otros artesanos. “La macana ha pasado de generación en generación. Desde mis bisabuelos hasta nosotros”. Su comunidad y otra llamada Bullcay son reconocidas por la elaboración de este material cuya producción puede tomar días o incluso meses, dependiendo de su complejidad.

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Según el Instituto Nacional de Patrimonio Cultural, la técnica comienza con la disposición de los hilos que forman la urdimbre, es decir, la estructura longitudinal de la tela. Aquí se pueden contar desde 100 hasta 1.000 hilos. Sobre estos se atan nudos con cabuya u otras fibras vegetales para formar diversas figuras. Después, se someten a un proceso de teñido en olla de barro con pigmentos naturales obtenidos del nogal, la cochinilla, la buganvilla, el ñachac, la col, la grilla, la cebolla, el añil, entre otros. Para fijar los colores se emplean sustancias como el penco y el limón. Al retirar los nudos, ya aparecen los diseños, que pasan al telar.

Cholas cuencanas luciendo paños en fiesta tradicional. Instituto Nacional de Patrimonio Cultural.
Uso de los paños como parte de la vestimenta tradicional. Instituto Nacional de Patrimonio Cultural.

Este método se conoce como ikat, una técnica ancestral originaria de Asia cuyo nombre proviene del malayo “mengikat”, que significa “amarrar”. Actualmente se practica en países como México, Guatemala, Colombia, Ecuador, Perú y Bolivia.

Diversos estudios sugieren que formas similares de esta técnica ya existían en culturas prehispánicas de Ecuador y Perú hace miles de años.

Tras este proceso inicia el tejido en telar de cintura o ahuno, una técnica prehispánica que exige el manejo preciso de varios elementos de madera que tensan, separan y ajustan los hilos durante la elaboración. Una vez definidos los diseños, el proceso concluye con el anudado del fleco o rodapié, realizado con los hilos sueltos y que —dependiendo de su complejidad— puede extenderse hasta tres meses. Este acabado, que admite distintas técnicas como anudado, bordado, crochet o relleno, es hoy uno de los saberes más amenazados de acuerdo con información pública.  

Cada vez menos tejedoras lo dominan y los diseños elaborados han sido reemplazados, en muchos casos, por versiones más simples. El hilo empleado es tradicionalmente de lana de borrego. Sin embargo, en los últimos años se usa con frecuencia hilo de alpaca, algodón y, en escasas ocasiones, seda, que antiguamente se destinaba a paños extremadamente finos. En Bullzhún y las comunidades vecinas, estos materiales no son solo insumos: marcan el ritmo de la vida familiar alrededor del telar.

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Hace más de 40 años, el padre de Jiménez se trasladó a la vía principal de Gualaceo con la idea de crear un espacio donde pudiera enseñar este oficio y compartir la historia de su familia, en la que todos saben tejer, sin importar el sexo o la edad. Así nació la Casa Museo de la Makana, un lugar donde los visitantes pueden conocer de cerca cada etapa de este proceso ancestral. “Él fue recolectando piezas antiguas de nuestros abuelos para colocar en el museo”. La construcción también mantiene esa ancestralidad: fue levantada en tapial, teja y madera. Recibe visitas diarias de aproximadamente 30 personas, entre ecuatorianos y extranjeros.

Aunque este conocimiento sigue sumando años, ella y sus hermanos, que son la sexta generación de la familia, lo innovan. Su hermano Ismael Jiménez creó la marca Ikat, tras estudiar diseño textil y moda en la Universidad del Azuay. Sus piezas, que buscan líneas vanguardistas que incluyan el tejido, han sido reconocidas por revistas internacionales de moda.

Otra marca del Azuay que innova es Meee Diseño Textil y Moda. En palabras de su creador, Christian Jarama, el proyecto —nacido a finales de la pandemia— busca que la gente “se lleve un pedacito de Ecuador. Estamos enfocados 100 % en rescatar los saberes tradicionales del país”. El nombre surgió del recuerdo de la habitación de su abuela Aurora, quien, según Jarama, era el vivo retrato de la chola cuencana y tenía ovillos, lanas de oveja y materiales para su oficio.

A ese recuerdo se suma el hecho de ser el único de su familia ("la oveja negra") en seguir en esta esfera. A la macana la conoció gracias a sus estudios y a su trabajo con una asociación de artesanos. Fue Narcisa San Martín, tejedora con la que colabora actualmente, quien le presentó el mundo e historia de la técnica. 

La firma ha desarrollado tops, blusas, vestidos y detalles constructivos como filos de mangas y blusas. “Cuando uno sabe cómo es este textil puede utilizarlo en cualquier prenda de vestir”, explica el diseñador. Su objetivo es conseguir que cada creación cuente una historia sobre lo que hay detrás: el proceso, pero sobre todo quién lo hace. Actualmente sigue experimentando con nuevas tecnologías aplicadas al tejido, como cortes láser, convencido de que la macana no tiene limitantes.

Daniela Quiñónez, por su parte, encontró una conexión con la macana. Conocida por su marca Armadillo Store, que colabora con artesanos en todo el país y tiene puntos de venta internacionales, comenzó a explorarla en 2018 y la reconoció por su complejidad, muy similar al de las shigras. “Es un tejido cargado de historia de cada cultura. Muchos artesanos incluían el escudo del país y también un símbolo personal”. Su relación con artesanos y un libro realizado por entidades públicas le permitió reconocer macanas especiales y antiguas que ya no se realizaban.

Una de esas era una macana con un símbolo de perro. Quiñónez consultó con los artesanos y le explicaron que era algo imposible. Sin embargo, luego de varios intentos lograron replicarlo y revivir un diseño que solo permanecía en una fotografía. 

“Para lograr este patrón antiguo se necesitaba la ayuda de cuatro personas para el proceso. Por esa razón ya casi nadie lo hacía”.

Su marca mantiene, dependiendo del pedido, el tinturado natural, lo que implica más tiempo. Hoy en día trabaja directamente con dos artesanas, pero sabe que detrás hay todo un equipo que hace posible que este textil tome la forma de kimonos, capas con gamuza, ponchos, carteras, pulseras y cojines. Ella recalca que estas personas le han advertido sobre copias falsas del material, que ya no pasan por este proceso meticuloso y amenazan su valor cultural y por eso la importancia de reconocer su historia. 

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Para Jiménez, este oficio —que en su voz es un arte y que ha sido su vida— sigue manteniéndose firme y ahora busca enseñárselo a su hijo. “El tejido requiere de mucha paciencia y amor para elaborarse. Yo creo que, al practicarlo desde niña, me formó para la vida. Así es como este arte sigue latiendo”. (I)