No soy de las personas que temen vestirse. Pienso en cómo me siento ese día y adónde voy y luego… simplemente empiezo a probar. Me importa profundamente la expresión auténtica y muy poco encajar, así que es una oportunidad diaria para jugar. Cuando viajo por trabajo durante el mes de la moda, las combinaciones de mi maleta son especialmente variadas. Un día le digo a una amiga que me siento como una “porrista” y al siguiente como “Amelia Earhart”. Pero la única cosa en mi vida que logra frenar en seco toda esa euforia sartorial es vestirme para una cita.
La idea de conocer con total seriedad a un desconocido, con la mínima probabilidad de que haya conexión… pánico instantáneo. Hace poco recordé que una de las primeras citas más divertidas que he tenido fue justo después de una cena de moda, sin absolutamente ningún tiempo para cambiarme. Eso significó que llevaba un vestido rojo amapola de Roksanda, con volantes tan voluminosos que apenas cabía en un taxi. Lo había combinado con un pantalón color menta y un collar grueso de cuentas de Dries Van Noten. Mi cita estaba encantada, probablemente porque esos volantes rojos me hacían sentir cómoda y no intentaban presentar una versión diluida, optimizada para citas, de mí misma.
El riesgo de presentarte tal cual eres exige vulnerabilidad y fortaleza, pero sobre todo, tolerancia a la fricción.
En este momento parece que todo el mundo habla de la fricción y más específicamente del friction-maxxing: la elección deliberada de aceptar pequeñas incomodidades y molestias para mejorar la concentración y la satisfacción vital, con el fin de contrarrestar la cultura tecnológica actual de eliminar los “obstáculos” percibidos y buscar gratificación instantánea. El ensayo mordaz y satírico de Meghana Indurti para The New Yorker se volvió viral la semana pasada por burlarse de la forma en que “optimizamos” nuestras vidas, eligiendo de manera voluntaria servicios y dispositivos que eliminan el esfuerzo y la interacción humana.
Confieso que yo también he caído a veces en la optimización. Con la fricción social como una constante, mi instinto inicial al vestirme para una cita solía ofrecer una versión aguada de mí misma, dejando de lado mi chaqueta torera favorita por algo más digerible para los hombres heterosexuales. Sentía la presión de presentarme como un “outfit de cita” de manual, digno de hashtag. Vergonzoso, lo sé. Y quizá innecesario, considerando que mi perfil incluye una foto mía sonriendo con una gorra floral de natación de Miu Miu. Pero calculé que priorizar la mirada masculina por encima de mi estilo personal ecléctico haría que las citas fueran una experiencia más fluida; y en gran medida tenía razón: menos caras confundidas, menos preguntas molestas o chistes malos a mi costa.
Contenido relacionado: El primer show de Giorgio Armani Privé sin 'El maestro'
La moda no existe en el vacío y tampoco es inmune a este fenómeno antifricción. De hecho, empiezo a pensar que la agenda de la gran tecnología —la obsesión por la “optimización” y la búsqueda de vidas pulidas y controladas— podría ser una de las razones de la uniformidad expansiva y adormecedora que estamos presenciando: en el mercado, en las campañas publicitarias, en el llamado “estilo personal”. A todo el mundo le encanta decir que la moda está guiada por “el algoritmo” y en gran medida es cierto. Bots, humanos con ingresos por enlaces de afiliados, datos y demás nos dicen constantemente qué comprar, cuándo comprarlo y cómo usarlo. Entonces, ¿cómo se ve la resistencia frente a este tipo de vestimenta plana y sin fricción?
Puede parecer contradictorio abrazar la fricción en un momento en que el mundo se siente tan volátil. Y, sin embargo, está bien documentado que algunas de las innovaciones más significativas de la moda surgieron en épocas de agitación:
- El New Look de Dior como una propuesta escultórica e hiperfemenina frente a años de vestimenta utilitaria de guerra.
- La minifalda en la intersección de la revolución sexual, la liberación femenina y el movimiento juvenil rebelde.
A medida que seguimos atravesando hitos históricos a una velocidad vertiginosa —¡una pandemia global! ¡La erosión de las libertades civiles! ¡Un cambio climático drástico!—, es posible que, si resistiéramos el impulso de llevar vidas optimizadas y curadas, desbloqueáramos algo que podría empoderarnos sartorialmente (en las primeras citas y en todos los ámbitos de la vida).
El desfile más friccional del pasado septiembre quizá haya sido el de Versace, precisamente porque generó un debate inmediato e intenso. Entre la avalancha de nuevos directores creativos, la propuesta de Dario Vitale logró destacarse con claridad. Provocadoramente cool y abiertamente queer, este Versace crudo era completamente distinto al sex appeal pulido y digerible de Donatella. Lo amaras o lo odiaras, la electricidad del debate planteó preguntas más grandes que no surgen ante otro minivestido de malla metálica: ¿quién decide qué es sexy? ¿Para quién está diseñada la ropa sexy? ¿Qué parte del legado de una marca se prioriza y por qué? La fricción sostuvo el debut del diseñador y, cinco semanas después del desfile, editores y compradores de la industria seguían suspirando, analizando y desmenuzando cada look.
También te puede interesar: Las 7 mejores tendencias de maquillaje coreano que debes probar
Otra diseñadora que encarna y celebra la fricción es Miuccia Prada. Sus desfiles anti-algoritmo dejan incluso a los críticos de moda más experimentados necesitados de días para digerirlos: ideas tan opacas y deliciosamente densas que te dejan incómoda y confundida. Quizá sea precisamente porque prioriza una belleza más enredada; un trabajo tan original que enciende el deseo y, al mismo tiempo, desplaza nuestra forma de ver la moda. Si no me crees, basta con mirar la interminable cantidad de diseñadores que imitan sus combinaciones de color, las microfaldas de Miu Miu y los zapatos náuticos.
Y quizá la friction-maxxer definitiva de la moda sea Rei Kawakubo, un talento generacional que ha construido un imperio desafiando las normas sociales y los estándares convencionales de belleza. Sus siluetas únicas desafían la gravedad y la lógica, transforman el cuerpo y empujan los límites de cuánto espacio “debería” ocupar una persona. Vestir sus piezas se siente como llevar una armadura y abrazar esa experiencia completamente singular es parte de la performance.
Uno de mis vestidos favoritos es un Comme des Garçons negro con falda burbuja, hombro afilado y un cuello embudo acolchado tan alto y tan rígido que me cubre media cara. Como todo buen arte, provoca una respuesta emocional y, a veces, confusión. Pero la ventaja de un cuello embudo extraalto es que puedes fingir que no escuchas ninguna pregunta.
¿Cómo nos liberamos de la asfixiante uniformidad sartorial que trae consigo una vida optimizada?
Empecemos por las compras. Si nos dicen constantemente que nuestras vidas son laboriosas y llenas de inconvenientes, es lógico que el pináculo del lujo sea un checkout de un solo toque y la entrega más rápida posible. Mejor aún si el producto viene recomendado por una celebridad o influencer, eliminando el riesgo de tomar una decisión “equivocada”. Pero ¿cuáles son las prendas más valiosas de tu guardarropa? ¿El vestido de gingham cottagecore de US$ 40 que sentiste la urgencia de comprar antes de que internet pasara a la moda tomato-core? Probablemente no. Para mí, es una camisa perfectamente gastada que perteneció a mi abuelo. O un short diminuto de crochet con cristales que compré en la venta de archivo de una amiga, que tardé seis meses en usarlo. Son piezas reunidas con el tiempo, adquiridas a través de esfuerzos presenciales o de vínculos personales. Y quizá por las circunstancias en que llegaron a mí —duelo, serendipia, admiración por una amiga— su valor supera al de cualquier It item.
Comprar de segunda mano es la forma perfecta de tantear el terreno de las compras con fricción. Hurgar entre prendas vintage requiere trabajo; las tiendas suelen estar desordenadas y, francamente… tienen olor. Pero te prometo que te sentirás mucho más involucrada que al desplazarte sin fin por un sitio donde todo se ve igual. Lo que encuentres será inherentemente único. Aprenderás sobre diseñadores ya desaparecidos y sobre qué décadas te favorecen más, todo por una fracción del precio. Es como enamorarte de música nueva en un concierto en lugar de dejar que Spotify te arme una playlist. O incluso en esas temidas citas: cuando atravieso la incomodidad inevitable, siempre me llevo algo —descubro un restaurante nuevo, una historia divertida o una razón para llamar a una amiga—. Así que persisto. (Y, para que conste, el aroma a perfume vintage se soluciona fácilmente en la tintorería del barrio, cuyo dueño queda igual de encantado con mis nuevos hallazgos).
La “optimización” se ha vendido como la solución a los supuestos inconvenientes de la vida, pero la realidad es que estamos colectivamente distraídos, aburridos y solos. Sé que cuando necesito pensar, no hago scroll: salgo a caminar. Mis mejores ideas aparecen cuando estoy afuera interactuando con el mundo, incluso si es detrás de un peatón lento o en una exposición abarrotada. Vivir requiere esfuerzo y a veces vestirse también: ya sea una blusa extravagante que tarda un poco más en abotonarse o una chaqueta escultural que se engancha con el marco de una puerta o una pared.
Mi hermana menor es profesora de psicología, especializada en redes sociales, dinámicas de red e innovación, y hace poco me comentó que, desde el punto de vista psicológico, la incomodidad social es donde el crecimiento es posible. ¿Y ahora mismo? El crecimiento se siente urgentemente necesario. Brindo por abrazar más fricción en 2026… y por más outfits que dejen en shock a mis citas. (I)
Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.