El primer acercamiento de Jordy Tapia Robles con el vogue fue en 2017, cuando vio Paris is burning, el documental de Jennie Livingston estrenado en 1990. En ese entonces, junto a un compañero de la Universidad de las Artes, había creado el Club Queer, un espacio pensado para reunir a estudiantes de la comunidad LGBTIQIA+. "Nos quedamos fascinados y nos dimos cuenta de que necesitábamos llevar el vogue al espacio público, pero no teníamos ni idea de cómo se bailaba”.
Tapia nació en Guayaquil y creció en la cooperativa Gallegos Lara, un barrio periférico del noroeste de la ciudad. Vivió en una casa que, como muchas en el sector, fue levantándose poco a poco durante décadas. No es la única persona LGBTIQIA+ de su familia. A los 17 años comenzó a experimentar con su forma de vestir: se travestía, se teñía el cabello y probaba siluetas que desafiaban las expectativas de su entorno. “Más que mi sexualidad, era la exploración de mi identidad”, confiesa a Harper’s BAZAAR Ecuador. Ese proceso íntimo de descubrimiento coincidió con el impacto del documental cuando estudiaba cine, le dio un lenguaje a su propio cuerpo.
La cultura ballroom y el vogue representan uno de los movimientos de resistencia política, social y artística más importantes de las últimas décadas. Nació en Nueva York y se expandió globalmente como refugio para cuerpos disidentes. La escena surgió en Harlem a mediados del siglo XX, con raíces en bailes drag de los años veinte y un auge definitivo entre los setenta y ochenta. Fue una respuesta directa al racismo, la exclusión, la invisibilidad y la violencia que atravesaban las personas afroamericanas, trans y latinas LGBTIQIA+.
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El baile no tiene únicamente una dimensión estética; también es una forma de protesta corporal. Está inspirado en las poses de las modelos de la revista del mismo nombre y convirtió esas imágenes estáticas en secuencias de movimientos cuidadosamente construidos. Cada pose funciona como una fotografía imaginaria; cada transición, como una página de revista que cobra vida. En ese gesto, quienes durante décadas fueron excluidos de las portadas reclamaron el glamour y la visibilidad que la sociedad les había negado.
Los balls —o los grandes bailes— son competencias donde las casas se enfrentan en categorías como: face, realness o vogue fem. Más que concursos, son espacios donde estas comunidades experimentan otras formas de ser vistas, representando aspiraciones, identidades de género o fantasías de clase que desafían la lógica heteronormativa. Frente a la expulsión familiar y la exclusión social, este grupo creó sus propias estructuras de cuidado: las casas. Son familias elegidas lideradas por una “madre” o un “padre” que ofrecen protección, mentoría y sentido de pertenencia. A una escala más íntima aparecen los kikis, competencias autogestionadas donde la comunidad aprende, experimenta y fortalece sus vínculos sin necesidad de grandes producciones.
Ese mismo año en que Jordy vio el documental, Ecuador atravesaba su propio punto de quiebre. El colectivo conservador “Con mis hijos no te metas” había instalado una campaña agresiva contra la inclusión del enfoque de género en la educación. “Sentimos que había aumentado la discriminación” y —luego de que se hicieran públicos varios casos de abuso sexual a niños, niñas y adolescentes en distintas ciudades— los voceros de la campaña guardaron silencio. “Nos cabreamos”, dice Jordy, sin rodeos.
La respuesta del Club Queer fue salir al espacio público, no con pancartas sino con cuerpos. El 27 de octubre de 2017, aprovecharon el Festival de las Luces en el centro de Guayaquil para intervenir la Plaza de San Francisco bailando vogue. “Salimos al espacio público ya no solo en un intento de trasladar el contenido artístico. Era una protesta. Ese fue un momento clave que marcó el inicio del ballroom en Guayaquil y, me atrevo a decir, colectivamente en Ecuador”. La policía llegó, hubo que dispersarse, pero el gesto quedó como hito fundacional.
Jordy no tenía formación previa en danza. “Al principio tenía muchísimo miedo… pero todas las noches en mi casa, dos horas seguidas, estaba bailando frente a mi televisor e imitando. Me grababa, luego revisaba los videos, empecé a subirlos a Instagram”. Esa práctica doméstica —un cuerpo solo, aprendiendo a leer su propio movimiento en la pantalla— fue conectando con otras personas LGBTIQIA+ interesadas en el ballroom. Desde La Nube Casa Cultural le propusieron dar talleres y él aceptó. “Me fui a vivir en Quito unos meses. Cuando acabó ese proceso dije: ‘ya es hora de que hagamos un kiki ball…’ y a partir de eso ya aparecieron más casas, más gente interesada”.
Con la Casa de los Milagros, el proyecto que fundó en Guayaquil, Jordy armó después “Ecuador en llamas”, un intento por llevar el ballroom a lugares donde casi no existía escena, como Machala, Riobamba y Cuenca. En esta última ciudad, el primer kiki ball fue incluso más grande que los de Quito y Guayaquil, gracias a una alianza sólida con instituciones culturales. En las otras ciudades, la violencia armada, creencias culturales y otros factores no permitían que utilizaran sus propios espacios públicos.
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Estos eventos en la Capital, como los que suele haber en la avenida Naciones Unidas, fueron el primer acercamiento de Ariela de Armas García al ballroom. Ella tiene 20 años, es una mujer trans que nació en Cienfuegos, Cuba y llegó a Ecuador a los nueve años. “Mi papá vino primero por su cuenta y luego en 2015 nos trajo”. Desde niña, su feminidad era imposible de pasar por alto. “Era bastante visible el hecho de que era queer, siempre fui femenina”. Al migrar a Quito, esa diferencia se mezcló con el acento cubano y la condición de extranjera. Aprendió a adaptarse, a modular gestos para sobrevivir en el colegio, pero la incomodidad con la forma en que los otros leían su cuerpo crecía.
Su hermana menor también es una chica trans y le dio esa fuerza para seguir conociéndose. Verla nombrarse primero le ofreció un camino posible. Tras terminar el colegio, a los 17 años, Ariela comenzó un tratamiento hormonal. En 2023, decidió ir a su primer kiki. “Fue en la Avenida de las Naciones Unidas, en pasarela quedé en segundo lugar y en vogue fem gané. Y esa fue la primera vez que participé”. Ella llegó preparada. “En YouTube hay muchísimo material. Entrenaba con mi hermana”. Asimismo, indica que el salto del dormitorio a la pista no es solo técnico, es una declaración. Para Ariela, el vogue es seguridad. De allí que, cuando habla como “madre de casa”, insista en que lo primero que trabaja con sus hijos e hijas es la actitud:
“Crear esa autoestima a la hora de batallar”.
“Una house es como un equipo de fútbol. Las personas que no pertenecen a ninguna se les dice 007”. Su primer hogar fue la House of Te amo, una de las casas dominantes en la ciudad por esos años. Con ellos se presentó en teatros, ganó visibilidad y entendió, desde dentro, cómo funciona una estructura jerárquica interna. Pero también vio sus límites —como la falta de cohesión interna— que acabó desarmando el proyecto.
Después de un tiempo como 007, Ariela decidió fundar su propia casa: la House of Cuchillos, junto con Miguel, bailarín contemporáneo de Guayaquil. El nombre viene de un apodo cariñoso de él. “Yo justamente quería que nuestra casa fuera filosa, que fuéramos competitivas. Se supone que cada uno es un cuchillito. La inauguramos en 2025, durante un ball en el Centro de Arte Contemporáneo".
Como “madre”, su rol mezcla disciplina y cuidado. “Tengo que representar, que te vean como un ejemplo a seguir. Yo las amo y no las dejo competir si sé que no están listas”. Los entrenamientos son semanales, de unas dos horas, e incluyen calentamiento, trabajo técnico, improvisación y juego. Aunque también se reúnen para comer, arreglarse juntas antes de los balls, acompañarse en la vida cotidiana... “La comunicación es bastante horizontal, entre todos aportamos”.
Ariela explica que el vogue es algo que se tiene que estudiar, más que todo hay que entender "la esencia de dónde viene”. En sus sesiones insiste en que el vogue fem tiene cinco elementos: hands performance, floor performance, spinning and dip, catwalk y vogue fem desde abajo. “Esos elementos tienen que contar una historia, usualmente relacionada con tu propia feminidad y tu transición”. Solo así la secuencia deja de ser una suma de trucos y se convierte en narración.
Mientras tanto, la escena en Quito sigue creciendo a punta de kikis autogestionados, asambleas internas y acuerdos colectivos para enfrentar sus propias situaciones como precariedad económica, racismo y discriminación. Ariela no idealiza el espacio, pero sabe que es necesario. Para ella, el ballroom es el lugar donde pudo consolidar la mujer que es hoy y, al mismo tiempo, proyectarse más allá de la pista. Actualmente, estudia psicología clínica y ha retomado con fuerza el modelaje que practicaba de niña, caminando para diseñadores y marcas ecuatorianas como Lorena Cordero, Santo, Sacada de Fá, entre otros.
En Guayaquil, Jordy ha decidido pensar el vogue desde otro lugar. Es docente en la universidad donde estudió. Sin embargo, no ha dejado de involucrarse con esta cultura. Desde la Casa de los Milagros —hoy un laboratorio de investigación y creación— trabaja sobre preguntas que van más allá del baile: cómo atraviesa la violencia armada el cuerpo que baila, qué significa ocupar el espacio público en una ciudad donde las plazas se cercan y se vigilan, qué alternativas económicas pueden construirse para que las personas LGBTIQIA+ no dependan únicamente del trabajo sexual o la peluquería.
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Su investigación lo llevó incluso a cuestionar la “pureza” del ballroom y a proponer elementos nuevos, como integrar cuchillos y machetes en las performances. No como gesto decorativo, sino como forma de hacer audible y visible la violencia cotidiana en Guayaquil. Su frase resume bien ese giro: si el ballroom nació como respuesta situada a una violencia específica en Nueva York, ¿cómo podría no transformarse al hacerse cargo de las violencias ecuatorianas?
Para Ariela, el vogue es el camino para sostener su carrera académica y su trabajo en moda desde un lugar de fuerza, no de concesión. Para Jordy, es el punto de partida para pensar la ciudad, la economía y la política desde los cuerpos que no han sido invitados a decidir nada. Hay algo cuando bailan, una fuerza poco explicable en palabras, necesaria de ver para entenderla, aplaudirla y reconocerla. (I)
*Creditos
Fotografía: Daniel Queirolo. Maquillaje y peinado: Aracely Chicaiza. Vestuario: Alejandro Jácome.