Soy una persona que gesticula mucho. Me río a carcajadas, alzo las cejas cuando hablo y hago muecas sin darme cuenta. Nunca me había preocupado por las líneas que eso puede dejar en mi rostro y mucho menos por la textura de mi piel. Apenas tengo 24 años y me cuestiono si debería preocuparme por esto. Aun así, cada vez que me encuentro con el espejo empiezo a pensar que cada gesto se convierte, poco a poco, en una huella. Mi frente, por ejemplo, ya tiene una pequeña línea, invisible para mis amigos a quienes les cuento esta preocupación, pero para mí cada vez gana terreno.
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El mundo pareciera empeñarse en recordarnos que debemos "envejecer bien". En pasarelas y alfombras rojas, figuras como Kris Jenner aparecen con rostros visiblemente más jóvenes. Internet se llena de análisis minuciosos sobre los posibles retoques de Emma Stone o Bradley Cooper, con videos que comparan cortes de oreja para detectar liftings o levantamientos de cejas. En redes sociales, la conversación se multiplica: desde parches para dormir sin arrugas hasta cremas que prometen detener el paso del tiempo. Aunque uno desee borrar TikTok y apagar el celular, la presión está en todas partes: en películas, en series y en nuestros círculos más cercanos.
¿Por qué tememos envejecer? ¿Por qué nos perturba que el rostro refleje la historia que llevamos dentro? En 2024, Talker Researcher realizó una encuesta a 2.000 mujeres estadounidenses, divididas equitativamente por generaciones. Su trabajo reveló que la Generación Z (56 %) y los Millennials (57 %) están más preocupados por envejecer que la Generación X (46 %) y los Baby boomers (31 %). Casi la mitad de los jóvenes adultos dice sentirse mayor de lo que es; y un 18 % de los Centennials cree incluso aparentar más edad. Sin embargo, la mayoría —un 76 %— intenta aceptar el envejecimiento con dignidad.
El miedo a envejecer no es nuevo, pero se ha intensificado con los años.
En 2012, menos del 20 % de las mujeres estadounidenses entre 18 y 24 años consideraba importante el cuidado antiedad, según una encuesta realizada por la empresa NPD Group. En 2018, otro estudio centrado en este país realizado por The Benchmarking Company reveló que más del 50 % de las mujeres de esta edad afirmaban querer incorporar productos antienvejecimiento a su rutina. Para 2023, Circana, una firma de inteligencia de mercados, explicaba que el 70 % de la Generación Z ya utiliza sérums diarios para contrarrestar la edad.
Para Verónica Varela, neuropsicóloga ecuatoriana, aunque este miedo no es un motivo de consulta inicial en su trabajo, sí se presenta a lo largo de las sesiones. “Mientras se trabaja van saliendo temas como la crisis de identidad. Muchas mujeres perciben el envejecimiento como una cuenta hacia atrás, una pérdida de relevancia e importancia en su círculo y también dentro de su feminidad”. Esta profesional lo llama la pérdida del capital erótico. Es decir, la arruga no asusta por sí sola, sino porque es el síntoma visible de un miedo más profundo. Es dejar de ser deseada, dejar de ser vista o considerada competente. Para ella, la presión del reloj biológico empieza en los 30. Sin embargo, en los consultorios de la ciudad crece otra realidad.
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Carla Navarrete, especialista en medicina y cirugía estética, recibe pacientes desde los 25 años que buscan tratamientos inyectables. "A veces ni siquiera es necesario, pero la sociedad ya te impone ese miedo. Cada vez las personas que acuden son más jóvenes". En los casos donde puede haber dismorfia corporal u otras fobias en torno al envejecimiento, Navarrete no aplica inyectables. Ella recomienda skincare, fotoprotección y, cuando es necesario, la derivación a otros profesionales.
Esta especialista prefiere trabajar con el término well aging antes que con el de antienvejecimiento. "La idea no es que la persona se vea cada vez más joven, sino que tenga un proceso de envejecimiento más amigable". Además de los tratamientos, apuesta por la educación de sus pacientes frente a la información falsa que circula en redes y los ideales inalcanzables que generan. Aproximadamente, el 70 % de sus consultas diarias son para bótox y nota un incremento sostenido de hombres que también buscan cuidarse.
Con Fabián Cruz, dermatólogo clínico especializado en medicina estética y medicina china, la conversación empieza con una foto de su frente de hace varios años. Se puso bótox a los 27, "para saber lo que vivirían sus pacientes". Hoy, su frente no muestra rastro de aquellas líneas. El 80 % de las consultas que atiende son de carácter estético y aunque los pacientes llegan con molestias concretas —una mancha, unas arrugas, la textura de la piel— él siempre empieza por el diagnóstico. Para esto, utiliza Visia, una máquina analizadora facial de las que solo existen cinco en el país, con la que mide arrugas, manchas, daño solar, poros y actividad bacteriana. Estos resultados se comparan con los de 100 personas de la misma edad del paciente y con esa información, decide si hay un proceso de envejecimiento acelerado o no.
"Te puedo decir cuántas arrugas tienes exactamente. Tuve una paciente que al inicio tenía 164 arrugas y después del tratamiento tenía 92”, afirma Cruz. Según él, existen cuatro tipos: las dinámicas, que aparecen al gesticular; las estáticas, que se marcan incluso cuando la cara está en reposo; las del sueño, que se forman según la posición al dormir; y las causadas por el daño solar, las más severas. Además, explica que pocas veces se menciona en redes que una piel deshidratada hace que cualquier línea de expresión se marque con más facilidad.
Para Cruz y Navarrete, la autopercepción juega un papel clave en el deseo de mejorar nuestro aspecto. "Es sano que te veas bien y te sientas bien", menciona Cruz, quien también atravesó un proceso de alopecia que lo obligó a mirarse con esa misma lupa. El límite, para ambos, está en el perfeccionismo, cuando la búsqueda de mejora se convierte en obsesión, el tratamiento ya no es una herramienta; se convierte en un problema.
Aunque la idea de envejecer de la manera más elegante posible nos reconforta (me incluyo en ese grupo), todavía existe un pequeño deseo de congelarnos en el tiempo. Varela lo llama por su nombre, midorexia: la obsesión o el miedo irracional a envejecer. Para ella, más que querer verse joven, es una defensa contra el paso del tiempo. “Es una respuesta a una sociedad que no ofrece ningún modelo de vejez exitosa. La misma se está vendiendo como una enfermedad que hay que curar, no como una etapa que tiene que ser vivida. Mientras el hombre envejece sus canas son símbolo de estatus; la mujer, en la mayoría de las ocasiones, envejece, socialmente, hacia la periferia”.
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Varela no está en contra de los procedimientos estéticos, pero advierte sobre el riesgo de usar la jeringa para tapar miedos que no tienen que ver con la piel. "Si lo haces de manera consciente y desde un autocuidado, adelante. El bótox hará lo suyo, pero qué pasa con el miedo a la soledad, con el miedo al paso del tiempo. Eso no se irá". Su propuesta suena casi radical, pero necesaria. Esta neuropsicóloga recomienda, antes de cualquier tratamiento estético, al menos unas sesiones de psicología. Trabajar lo de adentro antes de intervenir lo de afuera.
Es imposible ignorar que los tiempos han cambiado. Nuestras abuelas, o las que vemos en la televisión y en redes, ya no se ven iguales; nuestras madres se ven más jóvenes y nosotros —con 24, con 30, con los años que sean— ya nos miramos en el espejo con lupa. Quizás el miedo a envejecer nunca desaparezca del todo. Pero vale la pena preguntarse si a lo que tememos de verdad son las arrugas o si lo hacemos por una sociedad que —en dos años— nos pedirá que nos realicemos otro procedimiento para encajar. (I)