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El final del siglo XX fue la era dorada de la diva. En los años 80 y 90, figuras icónicas como Tina Turner, Diana Ross y Whitney Houston consolidaron su legado como algunas de las más grandes de todos los tiempos; y programas como VH1 Divas Live aseguraron que las nuevas generaciones aprendieran de sus antecesoras. A medida que se acercaba el nuevo milenio, parecía que emergería otra generación de divas. Para 1999, Beyoncé —entonces integrante de Destiny’s Child— ya era una superestrella. Pero desde el momento en que irrumpió en escena en el video de “Crazy In Love”, se convirtió en una diva. Todo parecía estar en su lugar.

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La diva es un concepto indefinido y subjetivo. No toda estrella pop es una diva, ni toda diva es necesariamente una estrella pop. Existe en la intersección entre la destreza vocal y un carisma innegable, con una influencia que trasciende la música. Se alimenta de cierto misterio: depende de sus fans, pero mantiene una distancia seductora.

En la última década, nuestra idea de la fama ha cambiado radicalmente. Hoy parece haber más estrellas pop que nunca —de Charli XCX a Addison Rae, Olivia Rodrigo o Zara Larsson—, pero queda por ver si esta nueva generación evolucionará hacia el estatus de diva, ya que las exigencias hacia las celebridades son muy distintas. En una cultura donde los fans demandan autenticidad, cercanía y acceso constante, ¿está la diva en riesgo de desaparecer?

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¿Quién diría que un vestido de carne podría convertir a alguien en una diva? Foto: Kevin Winter. Getty Images.

Al crecer a inicios de los 2000, fui testigo en primera fila de lo que resultó ser la última gran era de las divas. En 2008, cuando Lady Gaga lanzó su álbum debut The Fame, me declaré instantáneamente “little monster”, nombre de su fandom. En un momento en que el pop comenzaba a sentirse predecible y manufacturado, Gaga se percibía como una artista: combinaba talento vocal y musical con una urgencia creativa casi misionera, como si estuviera destinada a cambiar el mundo, un tacón vertiginoso a la vez. Al año siguiente lanzó The Fame Monster, una versión extendida con temas como “Bad Romance”, “Telephone” y “Alejandro”. Este proyecto marcó su transición de estrella pop a diva, como una mariposa emergiendo del capullo vestida de Alexander McQueen a medida.

Era imposible apartar la mirada: sus apariciones en alfombras rojas y escenarios borraban la línea entre moda, performance y arte.

El ascenso de Gaga coincidió con el auge de las redes sociales, conectando el “viejo” y el “nuevo” modelo de celebridad. Fue una de las primeras artistas virales, pero también cultivó los rituales tradicionales de la fama, reservando sus momentos más impactantes para grandes escenarios, desde fingir su muerte en los VMAs de 2009 hasta aparecer con un vestido de carne al año siguiente. En ese sentido, fue la última diva coronada antes del ecosistema dominado por hashtags.

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Ariana Grande es una de las pocas figuras que ha logrado evolucionar de estrella juvenil de Nickelodeon a estrella pop y luego a diva en la era post-redes sociales, lo cual no es poca cosa. Lo consiguió combinando talento y actitud, dejando atrás la imagen de ídolo adolescente para cantar himnos sensuales como “Side to side”. Su capacidad vocal es incuestionable y temas como “Yes, and?” —remezclado junto a Mariah Carey— o “7 Rings” demuestran que posee el carisma necesario. Incluso “Thank u, next”, inspirado en sus relaciones pasadas tras su mediático romance con Pete Davidson, tiene cualidades de diva: al agradecer a su ex, reafirma que no necesita a un hombre.

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Whitney en The Bodyguard. Foto: Alamy.

Otro rasgo esencial de la diva es trascender en la música. Ariana ha dedicado los últimos años a promocionar intensamente las películas de Wicked, la primera de las cuales le valió una nominación al Oscar. Sigue así la tradición de divas como Whitney Houston, cuya participación en The Bodyguard redefinió su carrera y nos dio una versión icónica de “I will always love you”. Antes de ella, Barbra Streisand ya había alcanzado reconocimiento tanto en la música como en el cine, con títulos como Funny girl, The way we were y A star is born

Estas artistas no son solo cantantes: son íconos culturales.

El misterio de la diva es terreno fértil para mitos y rumores. Recuerdo leer historias sobre las “exigencias” de ciertas estrellas, como Mariah Carey pidiendo media manzana en su camerino o té removido en sentido contrario a las agujas del reloj. Ser diva también implica participar en esa narrativa, como cuando Mariah aseguró “no conocer” a Jennifer Lopez. En ese juego entre personaje y persona reside su magnetismo: es la elusive chanteuse (cantante esquiva).

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La elusive chanteuse en persona, Mariah. Foto: Elsa. Getty Images.

Esto nos lleva a la diva definitiva: Beyoncé, quien encarna el arquetipo en su forma más pura, brillante y multifacética. Ha hecho de todo: canta, baila, rompe récords de premios Grammy y también ha incursionado en el cine. Su espectáculo del Super Bowl 2013 es, sin duda, uno de los mejores de la historia. No es casualidad: siempre ha citado a Diana Ross y Tina Turner como influencias. 

Así funciona el linaje: las verdaderas divas inspiran a las siguientes.

Si las divas se están volviendo una especie en extinción, probablemente se deba a que las exigencias actuales de la fama chocan con las cualidades fundamentales del arquetipo. Tomemos a Adele: como Beyoncé, es extremadamente reservada. Nunca ha revelado públicamente el nombre de su hijo y aunque su álbum 30 gira en torno a su divorcio, los detalles siguen siendo escasos. Es el extremo opuesto a figuras como Lily Allen, cuya sobreexposición —incluyendo detalles explícitos de su vida íntima— ha sido celebrada. Icónico, sí, pero no necesariamente propio de una diva, que siempre guarda algo para sí.

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Beyoncé, la diva intocable por excelencia. Foto: Michael Buckner, Getty Images.

El álbum de Allen representa un tipo de compartir que se normalizó poco a poco desde el cambio de milenio, en el que se ha puesto énfasis en la cercanía. Para las celebridades, la sensación de intimidad se ha vuelto tan importante —si no más— como el talento real. Y ahora, en la era de las redes sociales, esperamos que todas las estrellas sean como Jennifer Lawrence: alguien que se tropieza en los Óscar, come pizza en las entregas de premios y ve Vanderpump Rules. Alguien que sea igual que nosotros.

Incluso Taylor Swift construye una narrativa de outsider, pese a ser una de las mujeres más famosas del mundo. En su último álbum The life of a showgirl, canta sobre la cultura de la cancelación y la fragilidad del éxito, incluso fantaseando con retirarse a una vida suburbana junto a Travis Kelce. Puede ser una estrategia de conexión, pero va en contra del espíritu de la diva. Estas no son underdogs: lideran. Y cuando caen, regresan más fuertes, como Mariah Carey con The emancipation of Mimi o su icónico “Obsessed”.

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También hay una cierta indignidad en la fama contemporánea que ninguna diva aceptaría. En su falso documental The Moment, Charli XCX lo parodia: la artista pasa su tiempo en eventos absurdos o grabando videos triviales. Divas como Beyoncé o Carey jamás participarían en desafíos virales o pruebas de detector de mentiras frente a una cámara, pero hoy eso forma parte del ritual de la celebridad, que es tanto creadora de contenido como artista.

Antes, "diva" era un término peyorativo, un insulto de carácter sexista dirigido a las mujeres que exigían que se atendieran sus necesidades y se cumplieran sus deseos. Pero últimamente, el término se ha incorporado al lenguaje cotidiano: como sustituto del coloquial “girl” o incluso como una versión femenina de “daddy”. Esto sugiere que, en el marco general de la democratización de la cultura en el siglo XXI, nos estamos moviendo hacia un espacio donde cualquiera puede ser una diva.

A lo cual respondo: ¡No mientras yo esté aquí! En un mundo en el que parece que cualquiera puede convencer a los demás de que le hagan lo que quiera, la verdadera condición de diva debería seguir siendo uno de los últimos refugios de la exclusividad: un arquetipo reservado para mujeres que parecen casi de otro mundo y fuera del alcance. Mujeres que nos muestran cómo navegar por la vida con brillantez, resiliencia y mucha actitud. Divas que preguntan: “¿Por qué estás tan obsesionada conmigo?”, incluso cuando ya saben la respuesta. (I)

Este artículo salió originalmente en Harper's BAZAAR Estados Unidos.