Más del 50 % de las mujeres tendrá al menos una infección urinaria a lo largo de su vida, y entre un 25 % y un 30 % volverá a tener otra en los meses siguientes, de acuerdo a los especialistas consultados. Es una condición común y, al mismo tiempo, subestimada. Quien la ha vivido sabe que duele, incomoda y desordena la rutina. El ardor al orinar, la necesidad constante de ir al baño e incluso la fiebre y los dolores abdominales pueden ser incapacitantes. Sin embargo, esto que ha sido común para muchas, puede traer complicaciones graves si no se trata de manera adecuada.
Se estima a nivel global que cada año se diagnostican alrededor de 150 millones de infecciones urinarias en mujeres. En 2023, en América Latina, los estudios señalaron que la prevalencia es especialmente alta durante el embarazo, un periodo de mayor vulnerabilidad fisiológica, donde las cifras pueden oscilar entre el 13 % y el 37 %, según la población y el contexto sanitario. En Ecuador, por ejemplo, en ese mismo año, se encontró en un estudio realizado en gestantes del Hospital Básico de Sangolquí una prevalencia de infecciones urinarias del 37,7 %. En más del 65 % de los casos descritos el agente implicado era el mismo: la bacteria Escherichia coli, que es predominante en investigaciones latinoamericanas. Este es un microorganismo que forma parte de la flora intestinal y que, en determinadas condiciones, puede colonizar el tracto urinario.
¿Por qué nosotras somos más vulnerables?
Andrés Mercado, médico cirujano especialista en ginecología y obstetricia, lo explica como una combinación de anatomía, microbiota y hormonas. “Lo primero que tenemos que entender es que la uretra femenina mide entre 3 y 4 cm que, en comparación con la masculina, es mucho más corta. Esto va a hacer que este patógeno ascienda más fácilmente hacia la vejiga y después a los riñones”.
A esto se suman los cambios hormonales. En la menopausia, la caída de estrógenos altera el pH vaginal y reduce la presencia de lactobacilos, bacterias protectoras que ayudan a impedir la colonización de patógenos. Cuando esta barrera se debilita, la E. coli tiene más facilidad para adherirse y provocar una infección.
Factores de riesgo que muchas veces pasamos por alto
Existen hábitos y contextos cotidianos que pueden aumentar el riesgo de desarrollar una infección urinaria. Uno de los más frecuentes, de acuerdo con Mercado, es permanecer durante mucho tiempo con ropa interior o trajes de baño húmedos después de salir de la piscina o la playa. “Una piscina es prácticamente un caldo de cultivo. Entra todo el mundo y pasa de todo. Muchas mujeres tienen infecciones de vías urinarias por esta razón. La bacteria necesita dos cosas para crecer: calor y humedad. Por eso suelen ser más comunes en lugares cálidos como la Costa”.
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El tipo de ropa interior también influye. Las prendas sintéticas no permiten ventilación y retienen humedad y calor; mientras que, el uso de un refuerzo de algodón favorece la absorción y disminuye el riesgo de colonización bacteriana. A esto, Mercado agrega una recomendación clásica: limpiarse de manera correcta (de adelante hacia atrás) para no arrastrar bacterias que pueden estar en la región anal hacia la vagina.
Lo que sí ayuda…
- Hidratación: beber suficiente agua favorece una producción adecuada de orina y cada micción actúa como un mecanismo de arrastre de bacterias. Cuando se pospone constantemente ir al baño, especialmente en jornadas largas de trabajo o estudio, se pierde esta defensa natural.
- Arándanos rojos: Mercado explica que los compuestos de esta fruta interfieren con las “fimbrias” de la E. coli, unas estructuras con las que la bacteria se adhiere a la pared de la vejiga. Al dificultar esa adhesión, el riesgo de infección recurrente puede disminuir en algunos casos, aunque su uso no reemplaza el tratamiento médico.
- Orinar después de tener relaciones: “durante el acto sexual, el contacto entre genitales puede movilizar bacterias hacia la uretra. Vaciar la vejiga después funciona como un ‘barrido’ que reduce la probabilidad de que esas bacterias permanezcan y generen infección”, indica Mercado.
Mitos frecuentes
- Todas las infecciones vienen de tener relaciones sexuales: si bien la actividad sexual puede ser un factor de riesgo, no es la única causa. Este ginecólogo explica que existen infecciones en niñas, adolescentes sin vida sexual activa y mujeres con otros factores clínicos, lo que desmiente la idea de que la vida sexual sea la responsable en todos los casos.
- Rasurarte te hace más propensa o te provoca infecciones: Mercado indica que la depilación o el rasurado no provocan directamente una infección urinaria. Factores como la higiene, la humedad, los hábitos urinarios y determinadas condiciones médicas tienen mucho más peso.
- Son contagiosas: Las bacterias que normalmente causan estos padecimientos habitan de forma natural en el cuerpo. Por esta razón, no son consideradas enfermedades de transmisión sexual y no puedes “pescarla” de otra persona por contacto ni por el inodoro. Sin embargo, la actividad sexual sí puede facilitar que esas bacterias se desplacen hacia la uretra.
- Puedes curarte de la infección sola: también es falsa la creencia de que basta “aguantar” o que las infecciones se curan solas. Probablemente escuchaste estas tradiciones familiares de tomar agua con limón u otros consejos que prometían curar el malestar. El ginecólogo enfatiza que requieren siempre valoración y, en la mayoría de los casos, tratamiento antibiótico profesional.
¿Qué pasa con las mujeres que sufren de esto más seguido?
En estos casos de infecciones recurrentes, uno de los primeros puntos a descartar es la resistencia antibiótica. El uso inadecuado de antibióticos, es decir tomarlos sin indicación, interrumpir el tratamiento antes de tiempo o consumir dosis insuficientes, favorece que las bacterias desarrollen mecanismos de defensa frente a los medicamentos habituales. Un estudio realizado en México mostró que los pacientes con infección urinaria que habían tomado antibióticos por su cuenta —antes de acudir a consulta— tenían un riesgo 6,75 veces mayor de presentar resistencia al tratamiento, en comparación con quienes no lo habían recibido previamente. En la práctica, esto significa que el antibiótico estándar deja de funcionar, complicando el manejo de una enfermedad que, en condiciones normales, podría resolverse con un esquema sencillo.
Mercado insiste en la importancia de no suspender la medicación cuando los síntomas mejoran a los dos o tres días. La sensación de alivio no implica que la bacteria haya sido erradicada. Abandonar el antibiótico antes del tiempo indicado puede favorecer que la infección reaparezca y que las bacterias supervivientes sean más resistentes. En casos de recurrencias frecuentes, el médico puede solicitar un urocultivo para identificar el germen específico y su perfil de sensibilidad, lo que permite ajustar el antibiótico más adecuado.
Las infecciones urinarias no solo afectan al cuerpo
Diversos estudios muestran una relación bidireccional entre salud mental y recurrencia. Una revisión publicada en 2025 en Frontiers in Medicine señala que, en pacientes con infecciones urinarias recurrentes, hasta el 68 % puede presentar ansiedad severa. El estrés crónico, la ansiedad y la depresión no solo quedan como estados emocionales, pueden modificar el cuerpo a nivel químico. La psicóloga ecuatoriana Marilyn Lara Rojas explica que, cuando una mujer vive en un estado de alerta constante, el organismo produce un exceso sostenido de cortisol, la hormona del estrés. Este aumento crónico deprime el sistema inmunológico y debilita las defensas naturales de órganos como la vejiga. Además, la tensión muscular asociada a la ansiedad puede dificultar el vaciamiento completo de la vejiga, lo que favorece la permanencia de orina residual donde las bacterias pueden proliferar.
“Muchas han sido educadas bajo la idea de que deben priorizar el cuidado de los demás (pareja, hijos, padres) y rendir al máximo en el trabajo, ubicando sus propias necesidades fisiológicas en último lugar. Algo tan básico como beber agua o ir al baño cuando el cuerpo lo pide se posterga para después". Según la psicóloga, el cuerpo, ante esta acumulación de demandas, “colapsa” a través de una infección que obliga a detenerse.
La culpa también juega un papel central. Rojas indica que los discursos que históricamente han asociado los genitales femeninos con lo “sucio” o “vergonzoso” llevan a que vivamos una infección urinaria con profundo pudor y la percibamos como un reflejo de nuestra higiene. Frases como “no me cuidé” o “algo hice mal” se repiten con frecuencia. Para la profesional, esto refleja una culpa internalizada que dificulta buscar ayuda a tiempo y que invisibiliza el peso de factores estructurales, como la sobrecarga de trabajo no remunerado, la falta de apoyo y los entornos de alto estrés.
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Aunque pueden parecer un problema menor, las complicaciones potenciales son serias. Mercado enfatiza que la pielonefritis aguda —cuando la infección asciende al riñón— es una de las principales causas de ingreso hospitalario relacionadas con el tracto urinario. En personas que además viven con diabetes, insuficiencia renal o alteraciones anatómicas (como cálculos o vejiga neurogénica), el riesgo de complicaciones aumenta todavía más.
La sepsis de origen urinario es el escenario más grave. Esto pasa cuando la infección sube al torrente sanguíneo, compromete el funcionamiento de distintos órganos y pone en riesgo la vida. El ginecólogo recalca que una infección no tratada no “se queda quieta”: el cuerpo intenta defenderse, la fiebre es uno de esos mecanismos, pero si las defensas no logran controlarla, esta avanza.
En el embarazo, son una de las principales causas de amenaza de parto prematuro y de complicaciones renales.
En un contexto de creciente resistencia antimicrobiana en América Latina, donde el uso indiscriminado de antibióticos es un problema extendido, cada infección mal tratada tiene un impacto colectivo. Esto obliga a los profesionales a recurrir a medicamentos de segunda o tercera línea, muchas veces intravenosos y de mayor costo, tanto económico como biológico.
No siempre las tomamos en serio. En la mayoría de los casos y, desde mi experiencia personal, las infecciones urinarias suelen convertirse en motivo de preocupación cuando el dolor se vuelve incapacitante, cuando se repiten una y otra vez o cuando vemos a alguien cercano hospitalizado por una complicación. Antes de eso, muchas veces las pasamos a la categoría de "molestias pasajeras". Pero hablar de infecciones urinarias es hablar de tiempo, de culpa, de acceso a la salud y de cómo nos enseñaron a habitar nuestro cuerpo. Que no se convierta en una compañera silenciosa depende, en parte, de cuánto nos dejamos acompañar: por la información correcta, por profesionales que escuchen y por nosotras mismas, sin cargo de conciencia. (I)